Crónica de septiembre 2016 de José Ramón Sales. Crónicas Rebeldes

 

 

 

EL SIGLO DE LAS LUCES

José Ramón Sales

 

 

 

 

Estamos en un nuevo «siglo de las luces», no cabe duda. Pero si antaño esta denominación hacía referencia al desarrollo intelectual, acuñando que nuestro razonamiento humano podía combatir la ignorancia, la superstición y la tiranía en aras de alzar un mundo mejor, la actual definición deambula por otros derroteros. Lejos está el siglo XVIII, tan querido por Lovecraft. El XXI nos muestra un panorama igualmente radiante, aunque la luz obedezca a una tipología diferente dentro del espectro luminoso.

La invención del cinematógrafo, a medio caballo entre Lumiére y Edison, trajo hasta nosotros los que vino a llamarse «el séptimo arte». Hoy se antoja una falaz aproximación para lo que es una cadena de montaje industrial. Nunca mejor dicho, la mutación de la industria del cine es tan espectacular como la de la Masa, alejándose de la que fuera su constante durante un siglo. Ya saben que por edad yo me eduqué en las viejas salas de barrio y soy testigo directo de la pérdida sustancial de ese lustre o pátina que solía envolver los productos artesanales de los grandes cineastas. Hoy soy testigo del gran despliegue de luz y sonido que hacen los filmes, en los que la interpretación y el argumento han pasado, entre otras muchas cosas, a un lugar secundario. Y tal y como se viene anunciando en las revistas especializadas, todo parece indicar que esta forma cerval de evasión aún mutará mucho más. Yo creo que habría que ir pensando, tal y como propuse en otra ocasión, en cambiar el conocido nombre por otro más apropiado como el de LuzVisión, o algo por el estilo. A fin de cuentas, las películas a día de hoy hacen dinero y se enjuician por sus inmensos y omnipresentes efectos especiales.

Notarán enseguida mi tristeza ante la pérdida, sobre todo por el arte que la juventud deja de conocer en términos cinéfilos. Claro, que siempre existirán un pocos jedis, amantes de artes sabias y antiguas. Pero no crean, no estoy tan abúlico como pueda parecer, gracias a que tengo a mi alcance una ingente cantidad de material, producto de esa época adorada y añorada, en la cual puedo afinar mis sentidos y calmar mi exigente paladar; nada áspero ni insensible a causa del desgaste, se lo aseguro.

Hace poco estuve merodeando por una iglesia de mi ciudad, la cual tiene un especial significado para los creyentes  y para los amantes del rezo como sinónimo de las dádivas que el cielo otorgará por tan espiritual afección. De espectacular y maravillada concepción, capaz de conducir los ánimos del que se interna en sus ornamentadas entrañas hasta el regazo de Dios, en aquellos instantes me encontré con una serie de paneles divisorios, producto de las costosas reformas que estaban teniendo lugar a fin de reconvertir el sacrosanto lugar en un centro que también diera lugar a la peregrinación turística; más interesante en cuanto a engordar el peculio. Lo que más llamó mi atención fueron los «luminosos» letreros en los paneles, que junto con el nombre de la empresa expresaban cosas como: «arquitectos del alma», «reformadores del mundo espiritual», «el triunfo del espíritu de Occidente».

La luz política también brilla ahora más que antes gracias a la potencia y tecnología de los televisores. Otra comparación resultaría ridícula. Los líderes políticos de nuestro siglo son personajes capaces de hacer tonterías en El hormiguero, bailar una jota o cantar una saeta. Lo que sea, con tal de captar audiencia y votos. Es otra mutación, que ya comenzó en su momento con Ronald Reagan y Arnold Schwarzenegger. Espero llegar a ver a Julia Roberts en la presidencia americana y a Luis Tosar en algún cargo relevante en nuestro país; o a Maribel Verdú, ya puestos. Tal vez hasta llenarían mejor su bolsa, puesto que las minutas salariales —y empleo el calificativo con toda propiedad— de los políticos son más jugosas y sabrosas. Un destello fulgurante entre los salarios y las pensiones mínimas de un país con medio pie en la miseria social. Claro, que si uno puede ponerse un sueldo, para qué voy a ir con remilgos. Hay que ser generoso con la inteligencia de uno.

Como ya sé que toda la farándula de la política no tiene solución a nivel global, al menos me gustaría vivir lo suficiente para ver cómo queda toda esta caterva de lúcidos despropósitos que engrosa diariamente la programación televisiva y la células de nuestros sufridos, y a la vez miméticos cerebros, capaces pues de responder al unísono como las filas de obreros de un hormiguero. ¿Habrá nuevas elecciones? ¿Se pondrán de acuerdo los partidos en sus extrañas alianzas? Pito, pito, gorgorito…

Cambio de tercio.

Siguiendo la estela de luz, abrí hace una semana un libro publicado en nuestra patria por la insigne Random House Mondadori, y cuyo título obviaré. Sin embargo no lo haré con la página en la que se reseñan las ediciones de la obra, porque no tiene precio. Vean ustedes:

 

Primera edición: febrero, 2004

Segunda edición: marzo, 2004

Tercera edición: marzo, 2004

Cuarta edición: marzo, 2004

Quinta edición: marzo, 2004

Sexta edición: marzo, 2004

Séptima edición: abril, 2004

Octava edición: abril, 2004

Novena edición: mayo, 2004

Décima edición: mayo, 2004

Undécima edición: julio, 2004

Duodécima edición: julio, 2004

Decimotercera edición: julio, 2004

Decimocuarta edición: julio, 2004

Decimoquinta edición: agosto, 2004

Decimosexta edición: agosto, 2004

Decimoséptima edición: septiembre, 2004

Decimoctava edición: septiembre, 2004

Decimonovena edición: octubre, 2004

 

Nada menos que diecinueve ediciones en ocho meses. Entre ellas, cinco en el mes de marzo y cuatro en el mes de julio. Claro, que nunca se habla de la cantidad de ejemplares en cada tirada; y mientras ello no sea de dominio público, esto y nada es lo mismo. Por otro lado, el libro en cuestión tiene 527 páginas, pero parece El Quijote en cuando a tamaño y volumen. Poco texto en un formato de letra extra grande y papel grueso consiguen dar la sensación de obra importante y que el importe de la compra esté justificado. A tenor de lo leído en las primeras páginas, también podría hablar de la cantidad sobre la calidad, pero me envuelve una visceral apatía.

Desde luego, con estos pocos ejemplos queda claro que estamos desde luego muy lejos de aquello llamado La Ilustración, valga la redundancia. Pero siguiendo con el haz luminoso, también observo una querencia en el trabajo de muchos traductores, cuyo sentimiento les lleva a cobrar un protagonismo inmerecido emulando los dones del autor. He podido comparar las traducciones de diversas obras, y me he quedado tan abobado como cuando observo las cruciales diferencias entre los diálogos originales de las películas extranjeras y lo expresado por nuestros insignes dobladores. Todos parecen quedar dejar su impronta artística en la obra realizada por otros. «Una tormenta de agua», en otra traducción pasa a ser «una tormenta de rocío». Expondré una ínfima muestra sacada de un libro emblemático, Otra vuelta de tuerca de Henry James: 1 Traducción de Sergio Pitol. 2 Traducción de Antonio Desmonts.

Veamos:

1 …pero al despertarla no se desvaneció su miedo, pues también la madre había tenido la misma visión que atemorizó al niño.

2 …pero despertarla no disipó su terror ni lo alivió para recuperar el sueño, sino que, antes de haber conseguido tranquilizarlo, también ella se halló ante la misma visión que había atemorizado al niño.

1 Alguien relató luego una historia, no especialmente brillante, que él, según pude darme cuenta, no escuchó.

2 Otra persona contó otra historia, no demasiado impresionante, y vi que Douglas no la seguía.

1 Y, en efecto, esperamos hasta dos noches después; pero ya en esa misma sesión, antes de despedirnos, nos anticipó algo de lo que tenía en la mente.

2 En realidad, esperamos hasta dos noches después, pero en aquella misma velada, antes de separarnos, Douglas dejó entrever lo que estaba pensando.

1—Por supuesto —exclamó alguien—, diríamos que dos niños significan dos vueltas. Y también diríamos que nos gustaría saber más sobre ellos.

 2—¡Pensaríamos que son dos vueltas, por supuesto! —exclamó alguien—. Y también que queremos conocer la historia.

 

Pues ustedes ya la conocen, para que a partir de ahora sepan lo mucho que pueden influir los traductores en la historia, y sobre todo en el estilo, en lo que tienen a bien leer. De hecho, una nefasta traducción puede echar a perder una obra. Por eso alguien dijo una vez que los únicos trabajos fiables son los que proceden de nuestra querida España. Vete tú a saber…

 

 

 

 

 

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