Crónica de septiembre de 2015 de José Ramón Sales "EL ABSURDO CINEMATOGRÁFICO"

 

 

 

EL ABSURDO CINEMATOGRÁFICO

José Ramón Sales

 

 

 

El cine a nivel global se ha vuelto cada vez más y más infantil. Dar un repaso a la cartelera de los últimos años y a su evolución basta para atestiguarlo. Las mentes pensantes detrás de todo ello aducen que el espectador de cierta edad ya no se molesta por ir al cine, prefiriendo quedarse en la comodidad de su hogar disfrutando de su dimensionada pantalla en conjunción con su equipo de alta fidelidad, sin tener que aguantar a los alborotadores de turno, siempre a mandíbula batiente y al ritmo de las crujientes palomitas. Algo hay de razón.

Que el cine se hipertrofie de héroes del comic, de personajes de juguetes, de historias sacadas de los videojuegos o de las novelas gráficas, es un síntoma del tipo de espectador medio que llenas las salas de cine en medio mundo. Pero este tipo de catarsis visual puede ser coherente con sus honestos principios, siempre y cuando no se decida extrapolarlo a otros géneros más adultos. Pero comencemos por el principio y veamos cómo empezó todo esto del absurdo cinematográfico.

Con Méliès el cine descubre sus posibilidades como fabulador de escenas fantásticas, las que rivalizaban con el visual más cáustico de Eisenstein o de Grifftih. Pese a las notoriedades de estos cineastas comprometidos con la realidad, una gran parte de ellos fueron influenciados por el expresionismo alemán, quedando fascinados con las potentes imágenes de directores como Murnau o Lang.

La fábrica de sueños comenzaría enseguida a producir una versión disparatada, tan célebre como divertida, donde actores inolvidables de la talla de Charlot, Keaton, Lloyd o Laurel y Hardy entre muchos otros, harían las delicias de varias generaciones. A esta serie de carreras, choques, golpes y caídas imposibles, le sucedió toda una caterva de películas del oeste, llena de cabalgadas y tiroteos sobre locomotoras, donde el más pintado podía romperse la cerviz, destrozarse la espalda o ser cosido a balazos y aun así quedar más fresco que una rosa. Las series de aventuras, donde el héroe se lanzaba a las aguas precipitadas o se despeñaba por un barranco, no tenía más consecuencias que las de alguna pobre contusión. La tónica siguió con la aparición del sonoro, donde estos personajes de serial rivalizarían con puntales de la talla de Flash Gordon. Y uno no sabría decir cuál era el marco de la ciencia ficción, ya que, por lo general, todas las producciones pecaban de una imaginación desbordante.

El público es aquella época, pretendidamente más inocente que el nuestro, asimilaba bien todas aquellas locuras visuales, por inverosímiles que fueran. Entre tanto, un nueve frente luchaba por ofrecer un cine menos insensato, donde la fantasía no acampara a sus anchas. Los años treinta ofrecieron un panorama más sobrio en cuanto al absurdo. Directores como Lubitsch, Renoir o  Lang, contrastaban sus trabajos con los de Whale, Dreyer o Browning, más orientados al terror y al fantástico. Los cuarenta y cincuenta fueron un poco más de los mismo, si bien las escenas fantasiosamente ridículas se ceñían a los géneros más proclives a este tipo de secuencias. Si por un lado se veían melodramas de Bette Davis, por otro, las naves espaciales y los alienígenas más disparatados invadían nuestra amado  planeta, mientras que los chicos británicos del free cinema se dejaban la piel en un intento por abordar un tipo de cine más realista

Quizás con la llegada de los sesenta se acentuó un poco el ideal de cinéma vérité, cuyos efluvios manan hacia el cine más descarnado de los setenta. Pero esta pequeña evolución fue interrumpida abruptamente con el arribo de Steven Spielberg y George Lucas en los ochenta. Indiana Jones recogió de nuevo el estandarte del viejo héroe de los seriales de los treinta, remozándolo para la actual generación, a la que gradualmente sumió en un estado de impoluta niñez, gracias a Indiana Jones, ET o los Goonies. El éxito de taquilla de estas producciones desató un sinfín de filmes de corte parecido, siendo el génesis del actual estilo, cuyo lazo final lo pondría Michael Bay y Roland Emmerich con sus creaciones y montajes acelerados.

El mundo del videoclip frenético no tardó en abonar el terreno a los productos más proclives, si bien su impronta invadió casi cualquier metro de celuloide. Antesala del nuevo siglo, el brebaje estaba listo para aquellos consumidores más ávidos de experiencias catárticas y con más cantidad de testosterona a flor de piel. Pero con esto, el lado más irreal del cine caló en las producciones tenidas como más serias. Al punto, que a día de hoy casi no podemos visualizar una película donde los absurdos no hagan su nefanda aparición. El producto Disney adopta ahora el rostro del cine más habitual, y éste el de Disney, de tal forma que pronto no existirá una línea distintiva entre ellos. En un ir más allá, el cine se vuelve cada vez más grosero, sangriento y ridículo, dejando atrás lo tenido como artístico y de buen gusto. No soy yo solo el que habla de la pornografía de la violencia y de los nefastos mensajes que actualmente alzan el vuelo sobre la platea. Mensajes que, aunque parezca mentira, calan entre el público más impresionable; esto es, el joven e inexperto.

La ostentación de lo ridículo echa a perder muchísimas películas. Aunque lo más lamentable es ver que el público acoge estas manifestaciones con risas, y hasta con agrado. Una indolencia imperdonable. En la red ya comienzan a crearse rankings sobre las escenas más ridículas del año, y no es para menos cuando la coherencia abandona la mente de ciertos productores, guionistas y directores, alcanzando ya a los críticos.

Comprendo que la falta de cierto tipo de conocimientos haga de las suyas, y no se sepa que en el espacio no pueden escucharse las explosiones porque en el vacío no hay sonido, o que la inercia de una nave en el espacio hace que no le haga falta mantener sus motores encendidos, o que un gigante nunca podría sostenerse sobre sus dos piernas. Y así no puedan apreciar que en Gravity los restos orbiten en sentido contrario de lo establecido, u otros fallos sin gravedad. Otro asunto son los tremendos gazapos que vemos constantemente en las producciones históricas, plagadas de invenciones y tergiversaciones descaradas. De esto también se ha hablado mucho. Pero ahora no estoy apelando al conocimiento, sino más bien a la capacidad de observación y al sentido común. Como cuando un arma o un carcaj de flechas parecen tener una munición inagotable. O cuando en las brutales peleas los puños o los codos estallan sin cesar en pleno rostro sin dejan rasguño alguno, y tras incontables golpetazos contra las paredes y muebles, uno se levanta como si nada. Caer de una altura respetable sobre el capó de un vehículo o alguna otra filigrana por el estilo, como ser atropellado, tampoco hace mella hoy día en el chico de la película. El catálogo de necedades es tan extenso que da escalofrío. Lo peor es cuando se cuelan en los ámbitos más formales, en los que tan solo haría falta echarle un pulso a la realidad para desenmascarar la patraña. Exposiciones que están alejadas del sentido común, pues en la vida real nadie se comporta de la manera que nos muestran. No importa que lo disfracen con una bonita fotografía y una música apropiada. El cine nos muestra un endémico repertorio de situaciones alejadas de lo que tenemos como natural. ¿Es normal que una mujer de carácter se espante ante el cochecito de juguete teledirigido de un niño, grite y caiga de bruces como si hubiera visto al monstruo del lago Ness, en una cinta que no es una comedia? Por no hablar del nefando y constante recurso de las series, donde suele imperar un cúmulo de coincidencias y conexiones exageradas entre los personajes con el fin de crear un mayor efecto dramático. Nada coherente, y sin embargo nos hemos acostumbrado tanto ello, que apenas le damos importancia. Lo más lógico es que reaccionáramos cuando el marido al que se creía muerto desde hace cinco años, se presenta ante la pobre y atónita mujer alegando que, en realidad, ha estado preso del narcotráfico en las selvas colombianas.  Lo chocante es que se trata de un tío apuesto y cachas, salido de una pasarela de modelos. ¿Hay alguien que no pueda prestar atención a este absurdo, uno de tantos en Criadas y malvadas? Es un ejemplo de cientos de miles, implantados en el cine desde sus inicios, y cuyo recurso ha resistido el envite del tiempo. En vista de lo cual, no diferimos tanto de aquellos primeros espectadores, embaucados con la magia visual del cinematógrafo.

Particularmente, apenas hay cinta a la que no le encuentre algún absurdo. Y no es que me dedique a buscar las peras al olmo. No soy persona quisquillosa; aunque claro está, depende con qué, o quien, se me  compare. Puede que tenga muy desarrollada la capacidad de observación, que sea más sensible de lo habitual, que haya visto mucho cine, que posea algo de cultura, y que, como escritor, no pueda permitirme dejar cabos sueltos en las novelas, por pequeños que sean. Otro gallo cantaría si escribiera ciencia ficción o novelas de espada y brujería, que no es el caso. Por este motivo cada género debe ser consecuente con su génesis y docto cuerpo, pues es en ese traspasar el umbral que define cada género, cuando nos encontramos con el absurdo, y donde la trampa y el cartón piedra lucen como nunca antes, satisfechos de la cómplice audiencia, gestada a su medida y condición. De ahí el sobredimensionado 007 actual, una especie de Batman con smoking, que dentro de poco se quedará obsoleto. No duden que lo siguiente será una especie de transformer bondiano al servicio de su majestad. En fin, creo sinceramente que al cine se le debería despojar ya del calificativo de «séptimo arte». Hoy en día resulta pretencioso.

 

 

 

 

 

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