Crónica de octubre de 2015 de José Ramón Sales "Juego de Tronos"

JUEGO DE TRONOS

José Ramón Sales

 

 

 

Sé lo que estarán pensando al ver el título de la crónica: «otro ensayo cinematográfico». Pero no, se equivocarían, pues la obliteración en el ensayo es tan diáfana como una aurora en los trópicos. No voy a decir que no roce el asunto, o me sirva de él, como adulador que soy del rifirrafe; sin embargo, los aconteceres mundanos atrapan mi atención ya que superan con creces los lances de mis amadas películas.

Vanidoso como soy de mis haberes, aunque no de mi portento, les diré que soy un aficionado a esa cuchufleta llamada crítica de cine, afición que profeso desde hace tiempo cuando, en un rapto de abstracción, me dejo llevar por lo liviano. Si alguno quiere distraerse un rato, está aburrido y le gusta el cine, puede buscar en Google tecleando mi nombre junto con el de Filmaffinity, y accederá a la larga lista de títulos.

Lo mío es una forma de inocente divertimento en los momentos de fatiga intelectual; un cansancio que me asalta cuando trabajo a fondo en las novelas o cuando intento leer o ver algo que me atrape. De paladar tan exigente como el de Aristarco de Alejandría, y cumpliendo años sin parar, el lazo se estrecha cada vez más. Apenas existen historias que me hagan vibrar y me atrapen, al margen de las reales. Siempre llevo varias lecturas en danza, y veo más cine del que debiera. Y no es que el cine sea cosa de tontos y las pantallas idioticen, aunque algo de verdad hay; lo infausto es llevarlo más allá de un límite coherente, traspasado el cual deberíamos hablar de cierta perversión, a fin de limar el anterior adjetivo, mucho más truculento. A fin de cuentas, eso de la perversión suena a morbo desatado, y lo prefiero al de idiotez desatada.

Pues, como les iba diciendo, entre tanta chorrada visual, reiterativa hasta la más brutal de las exasperaciones, donde aquello del «planteamiento, nudo y desenlace» viaja a lomos de una borrica llamada Fatuidad, y donde los absurdos son el pan nuestro de cada día, hete aquí que unos y otros lancean mi psique con la aclamada Juego de tronos. Ustedes ya saben de mi aversión a los seriales —siempre y cuando no sean los mi inteligente saga—; pero como mi necesidad es grande y chica mi entereza, abrí los brazos como un taimado que ve en algo así su salvación cinéfila. Pueden reírse, a fin de cuentas no lo voy a ver, y mucho menos oír, y no me cabe la menor duda de que ahora están sonriendo maliciosamente. Ya sé que los seriales existen desde que Dios creó al hombre y le insufló un extraño hálito inspirador, al menos es lo que se chismorrea en la campiña celeste; aunque algo parece indicar que no todos los especímenes fueron creados a su imagen y semejanza. Tal vez sea que unos cuantos en la cadena de almas no integran bien los elementos divinos. Algo así como el fallo en el software de Volkswagen, para que ustedes lo entiendan mejor.

Tan fasto acontecimiento en la cadena celestial ha tenido consecuencias lamentables en la terrenal. Estos pocos desgraciados, entre los que me encuentro yo, somos una especie de tropo intentando corregir la consustancial sinécdoque. Entes errantes, genios extravagantes y mentes desbocadas, que buscan su alimento y razón de ser en áreas poco frecuentadas por el vulgo. Así pues, mientras la mayoría goza con un montón de cine y libros gordísimos, yo me muero de envidia mientras me debato en un mar de frustraciones, agravadas con la edad. Y es que dicen que los mayores ya han visto tanto, que pocas cosas les sorprenden, de no ser los disparates sociales. Claro, que no estoy hablando de esto ahora. Hablo de lo mensurable que es mi inquietud, siempre espoleando mi ánimo desde que era joven y me percaté de lo poco que iba a poder abarcar en mi vida, ante un escenario tan colosal. Y encima ahora el tiempo me pisa los talones. ¿Cómo puedo perder el valioso tiempo viendo unos seriales interminables e inescrutables, cuando me queda tanto por ver en términos cinematográficos? ¿De verdad me puedo permitir el lujo de leer «cualquier cosa», teniendo tantas joyas por descubrir? De todas formas, dicen que la excepción confirma la regla. Aunque no sé si se trata de una frase hecha para paliar los sinsabores de su artífice y quedar más a gusto consigo mismo. En mi caso, apliqué una cita que terminaba de escribir en la nueva entrega de Aristarco: «Vivir para albergar esperanzas, no albergar esperanzas para vivir». Un hermoso retruécano, ¿no les parece?

Pertrechado ya con mi mejor arma, templé mi ánimo y me dispuse a ver Juego de tronos. Capítulo tras capítulo, en unos pocos días me he zampado tres temporadas. No me pidan que les hable de los nombres de los protagonistas, ni de los reinos o sus tierras; eso lo dejo para los acérrimos de la serie. De lo que sí puedo parlotear, es de lo fácil que resultaría esbozar una correlación con los sucesos actuales de nuestra sociedad, sus batallitas y sus juegos de poder. Hasta podríamos establecer un ferviente paralelismo entre los personajes principales y los de este lado del charco. Claro es, que todo novelista que se precie y hable del mundo antiguo o futuro, sabe que una de sus mejores bazas reside en crear ese nexo. Por dicho motivo, George R.R. Martin, el creador de la saga literaria, lo elabora a la perfección, sabiendo que no resulta presuntuosa toda la carga dramática que vuelca en la historia. Ahora como antes, las mismas cosas nos fustigan implacablemente, haciéndonos cometer una y otra vez las mismas tropelías. El hedor del poder, las venganzas y las sangrías son reales. Siria nos los recuerda ahora, como antes lo hicieran otras masacres.

Los hombres, tipos machitos de pelo en pecho, —a pesar de que la moda actual los prefiera tan depilados como otrora lo exigían los antiguos griegos—, juegan a sus deportes predilectos: los torneos medievales y las peleas caseras, ya sean en las fiestas, en el patio del castillo o entre las tiendas del campamento. Siempre a ver quién puede más, quién derrota a quién, quién lanza mejor la flecha, o el hacha o lo que sea. Competir es lo suyo. Igual que ahora. Entre iguales, entre naciones. Un mal connatural de una raza agresiva, tan cuestionable como la religión. Fundamentalistas los hay en los dos lados. Víctimas también. ¿Por qué el hombre es tan violento? ¿Por qué necesita medirse y competir y sentir que derrota a los demás en algo? A un hombre, a un país que lo represente. Tristeza siento, y no alegría, que no desánimo, pues si leyeron mis anteriores crónicas ya sabrán que tengo muy claras las respuestas.

Uno de los aspectos mejor logrados de la serie, es el de reflejar el inextricable camino que toman las acciones a largo plazo. Esto crea una reflexión, por cuanto es una verdad como un templo. Y es que, consciente o inconscientemente, algunos sucesos son un escarnio a lo que consideramos un tótem: el Bien y el Mal. Vervigracia, un personaje adopta una postura idealizada, aquella más noble para el corazón; sin embargo, esto desencadenará una serie de sucesos que culminarán en el horror más absoluto. Por el contrario, una elección desafortunada y ciertamente malvada, crea una cadena de acontecimientos que coronará en algo positivo, restaurando los valores perdidos. Es como el pez que se muerde la cola. Tal vez por esto el Bien y el Mal se llevan tan bien. Parecen dos eternos enamorados que discuten y se reconcilian. Su misma diferencia los atrae, quedando claro que no puede vivir el uno sin el otro.

Llegado a este punto tan original, tal vez se pregunten por mi opinión sobre la serie. Pues bien, me parece aleccionadora en cuanto a las metáforas; cáustica en cuanto a la acción; muy buena en lo que a interpretaciones se refiere, y lenta en su desarrollo. Esto último es el mal —para algunos— de las series. Los primeros y últimos capítulos son el señuelo, y las grandes jugadas en el tablero apenas se dan. Algún caballo, alguna torre e incluso algún alfil, pero nada de movimientos definitorios. Y así, algo que estaría finiquitado en diez o quince horas, lo estará en cincuenta, o mejor dicho en la suma que tenga en mente los de la HBO, puesto que, aunque la idea original era ajustar las temporadas a los siete libros, Michael Lombardo, el presidente de programación, dice que están negociando para extender su duración. Estas palabras son concluyentes: «Los libros son el esquema del mundo que estamos construyendo. Pero la serie necesita funcionar en sus propios términos y seguir avanzando». La pregunta que me hago es: ¿Viviré para contarlo?

 

 

 

 

 

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