Crónica de noviembre de 2015 de José Ramón Sales "JFK. Un crimen resuelto"

 

 

JFK. UN CRIMEN RESUELTO

José Ramón Sales

 

 

 

Tres han sido los misterios del siglo XX que me han subyugado: el hundimiento del Titanic, el asesinato de Marilyn Monroe y el magnicidio de JFK. Y nunca hubiera podido sospechar que dos de ellos quedarían al fin desvelados en los comienzos del siglo XXI. Despejadas las incógnitas que llevaron al frío abismo del atlántico al navío más famoso del mundo, por fin queda desvelado el enigma que siempre ha envuelto el asesinato de John F. Kennedy.

Todo comenzó con la muerte de un hombre llamado Nicholas Merton, profesor de matemáticas que trabajó en la «Teoría de Juegos»; una fórmula revolucionaria que sería decisiva en el campo de la estrategia de la Segunda Guerra Mundial, y que le valdría ser fichado por el FBI en los años siguientes y estar así bajo las órdenes del omnipotente tándem formado por Hoover y Clyde Tolson, quienes dominaron los entresijos de política americana durante cincuenta años.

Cinco días después del asesinato de Kennedy en Dallas, Paddy Maloney, un compañero del FBI, buscó y entregó a Merton con mucha discreción una carta sellada. Le instó a que la leyera cuando pudiese estar a solas, alejado de su despacho, y le pidió que después la archivase en un lugar descolocado donde nadie pudiese encontrarla hasta que llegase el tiempo de la desclasificación de documentos secretos, muchos años después.

Dicha carta, el trabajo y personalidad constatables de Nicholas Merton, y la ingente cantidad de datos que proporciona en su alegato póstumo, publicado por su hija en 2013, siguiendo con la cláusula testamentaria del finado, son el sello de garantía de quien dice la verdad sin tapujos. Una verdad que surge con la muerte de este insigne profesor, acaecida el siete de septiembre de 2012.

Como el propio Merton aclara:

«No necesito esperar al juicio de los dioses, cualesquiera que sean. Conservo aún la capacidad de juzgarme, y ya lo he hecho. El proceso ha durado más de sesenta años. Soy culpable. Pero no dejaré que los jueces de este país hagan de mí un espectáculo. En este país no prescriben los crímenes y yo he sido encubridor de algunos de los peores. Usted, que me está leyendo ahora, debe saber que ya he muerto. Júzgueme usted, si quiere. Esta confesión solo saldrá a la luz por decisión testamentaria y con la aprobación de mi hija. Ahora que lee usted esto, mi nombre aparecerá únicamente en una placa de un cementerio. No me busque».

Nicholas Merton, como agente del FBI, vivió de cerca los acontecimientos, antes, en, y después del asesinato de famoso presidente, cuya controversia ha suscitado hasta día de hoy todo un enjambre de hipótesis, vertiendo ríos de tinta y creando una legión de fanáticos del suceso. La carta inculpatoria de uno de los agentes que intervino en el tiroteo y una vida basada en un silencioso estudio del poder, aunado al fin de una existencia en la que el sentido de la misma se obtiene bajo confesión, da su fruto final, regenerando el alma. Basándose pues en ese documento y en sus propias experiencias, el profesor esclarece, por fin, los secretos de la trama.

Puedo decir a la claras, y creo que sin lugar a equívoco, que nos hallamos ante una de esas obras «malditas» que tanto gustan de estigmatizar las fuerzas oscuras. Trabajos que agreden al omnipotente entramado de corrupción desde el que se gesta la barbarie; tal y como ha venido aconteciendo desde que el mundo es mundo. Y sin ir más lejos, tal y como sucedió con la magnífica investigación que Juan Ignacio Blanco llevó a cabo con el caso de las niñas de Alcacer. Y es que, cuando el crimen tiene su raíz en el poder, todo intento por esclarecerlo se torna en una batalla perdida.

A modo de ofrenda hacia la loable acción de Merton, he prescindido de una prosa alambicada, pues no pretendo sentar cátedra, sino conseguir que esta crónica sea leída con facilidad por la mayor cantidad se seres humanos posible. Y quiero ponérselo verdaderamente fácil. También he de convenir que me ha sido del todo imposible soltar esta magnífica y sincera obra, cuyo valor va más allá del tema JFK, relegándolo, aunque parezca mentira, a un segundo plano. El magnicidio es el pie de entrada a algo mucho más importante y monstruoso: el ente mortal que representa la ambición del hombre y el engranaje de poder que lo cimenta. Utilizando su bagaje, e ilustrándonos con notoria simpleza, el profesor consigue que veamos con absoluta nitidez todo el proceso, y comprendamos que estamos ante algo que nos viene utilizando y dominando desde el alborear de los tiempos, si bien en la actualidad el grado de sutileza compite con la tenebrosidad y complejidad de la mutación. Y así podemos comprender, a través de los sucesos históricos del siglo XX y principio del XXI que desliza ante nosotros, por qué los políticos son meros títeres al servicio del poder económico, y del lobby que representan unos pocos, siempre entre las sombras. Y también contemplamos a esos «simples» a los que aducía Adso de Melk en El nombre de la rosa, y vemos cómo viven en la inocencia que deviene el desconocimiento. Por dicha razón es tan importante el libro de Nicholas Merton, a pesar de la insólita bruma que lo envuelve.

Siguiendo con el caso JFK, al final la teoría del complot ha sido cierta. Era lo más lógico. Nadie puede disparar un rifle de cerrojo con tanta velocidad y precisión desde el lugar en el que Oswald lo hacía, como ya se comprobó. Tampoco la teoría de esa bala loca podía ser creída. Y después de ver la película de Abraham Zapruder, en la que se aprecia a la perfección cómo el presidente es alcanzado en la cabeza por un disparo lateral, era cosa de necios pensar en otra cosa que no fuera una conspiración. Pero la cinta contiene otros elementos interesantes, y que no pueden escapar al análisis de alguien que tiene un mínimo de conocimientos en lo que a seguridad presidencial se refiere.

Para empezar, es extraño que la escolta lateral desaparezca cuando el coche llega a la altura de la valla. Es tan improcedente como lo que siguió a continuación. El protocolo de seguridad dice que hay que acelerar el vehículo presidencial a la menor sospecha. Se oyeron varios disparos y algunos alcanzaron el vehículo; sin embargo, este continuó a baja velocidad. Solo cuando los tiradores hicieron su trabajo, aceleró. Otra de las normas indica que se debe proteger inmediatamente al presidente, cubriéndolo con el propio cuerpo. Pero el hombre se seguridad del vehículo ni se inmutó. Nadie lo hizo. Quizá lo más recomendable en este caso sea transcribir un resumen de esa carta que el agente Paddy Maloney le entregó a Merton:

 

Perdóname Señor porque he pecado. He pecado ante Dios y ante los hombres. Ante los hombres porque he matado. Siempre creí que lo hacía en cumplimiento del deber. Ahora sé que era para alimentar, reforzar y cubrir la ambición de un malvado. Estaba allí cumpliendo órdenes de Hoover. Sé que el único crimen que no llegué a cometer será la causa de mi próxima muerte. El crimen que no cometí fue el asesinato del Presidente Kennedy. Yo era uno de los dos agentes que estábamos detrás de un seto en Dallas, cerca de la plaza por la que iba a pasar la comitiva, con un rifle de mira telescópica bajo la gabardina, y con órdenes de disparar en cuanto el coche del Presidente pasara bajo el ángulo estrecho de apenas tres grados que permitía alcanzarle de frente en una trayectoria ya establecida, que no podía modificar. Doy gracias a Dios que cuando se dieron esas circunstancias, y lo tenía en la cruz de mi telémetro, una inspiración me hizo levantar el punto de mira y mi proyectil se perdió en el aire. No pude matar al primer Presidente católico e irlandés que tenía América. Supe, en una fracción de segundo, todo el error y el horror de mi carrera. Ya sé que mi gesto no fue útil. Apenas dos segundos después de mi disparo, el de mi colega, dos metros más allá, le acertaba en el cuello. De la conspiración para matar al Presidente yo solo sabía lo imprescindible. Mi jefe directo, Rockbottom, nos había seleccionado a otro y a mí como tiradores, y nos había hecho saber que otro tirador estaría preparado dentro del coche, que las escoltas laterales de a pie se habrían retirado en ese tramo y que un pobre diablo, un maldito comunista, cargaría con la responsabilidad del atentado.

No he cumplido la segunda parte de las órdenes que se me dieron. Ni fui al punto de reunión establecido, ni viajé de vuelta a Washington de inmediato, ni devolví el rifle en el garaje que se me había dicho. Por la televisión del miserable hotel donde me alojo, y donde escribo esta confesión, he visto el principio del plan de cobertura, la detención de Oswald, dos días de propaganda con su historial de perfecto chivo expiatorio, su foto con el rifle en la mano, su cara de incomprensión. He visto su muerte rodada en directo en la comisaría, a manos de Jack Ruby, que debe ser el ejecutor mafioso que aparecía en el plan. Espero poder tener tiempo de dar esta confesión a un amigo, a la única persona en el mundo en la que, no sé por qué, confío. Le pido que la archive, para que no pueda aparecer durante los próximos treinta o cuarenta años. Quiero que me sirva lo escrito como aclaración ante mis conciudadanos. Yo tenía órdenes de matar a Kennedy y no las cumplí. No ha servido de mucho.

Washington a 28 de Noviembre de 1963

Paddy Maloney

            Tirador de Primer Nivel

            Special Operations Branch

             FBI

 

Por supuesto, Merton nos regala con muchos otros detalles a lo largo de su impagable escrito. Tales, como la lenta y meticulosa formación del chivo expiatorio que fue Oswald, a quien se le inculcaron una sarta de mentiras.  Un libro que, bajo el título de Kennedy era un estorbo, no tiene desperdicio, como se suele decir. No se lo pierdan. Los amantes acérrimos de los enigmas quizás sigan alimentando su afición favorita, resistiéndose a que los buenos misterios se resuelvan. Y hasta es posible que la cosa continúe como si nada, insuflando aire al mito con cada década. Por lo que a mí refiere, el caso queda definitivamente cerrado.

 

 

 

 

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