Crónica de mayo de 2017 de José Ramón Sales "Urgente, se necesita James Bond"

URGENTE: SE NECESITA A JAMES BOND

 

 

Visto lo visto, se requiere que el Servicio de Inteligencia británico, el MI6, ceda a nuestro Servicio Nacional de Inteligencia, el CNI, a 007, una vez haya puesto en orden parte de los actuales conflictos desatados en su país; que no son pocos. Y es que, la Unión Europea reclama una vez más que España se ponga al día con la corrupción, el paro, los contratos basura y las diferencias creadas entre la gente pudiente y la menos favorecida, cuyo desfase crece de forma proporcional a la demagogia de los gerifaltes de turno, esos que nos hipnotizan con su bien pensada retórica y nos hacen soñar con un futuro de chocolate.

Pero no solo es retórica y demagogia, las artes empleadas para conseguir prosélitos, sino que también entra en lid aquello de lo que ya les hablé hace tiempo: la coerción. Un método muy estudiado, que emplea desde un buen vendedor de tecnología, hasta el político de turno. No me pidan que explique una vez más de qué va el famoso método, baste con decir que tiene que ver con la escenografía, el sonido, los colores y la actuación. Hasta el tono, timbre y las pausas dentro de un discurso, forman parte del juego.

La televisión es hoy día la fuente que entra en nuestras casas con el fin de engancharnos y convertirnos en sus adictos. Aquí, como algo que tomamos como natural en nuestras vidas, la coerción tampoco es presentida. Y así, sin darnos cuenta, influye en nuestro modo de pensar y entender la vida, sin que tan siquiera nos atrevamos a cuestionar nada, pues lo que dice la tele es casi como la palabra divina. En lugar de leer e informarnos con más propiedad, dejamos que la tele haga el trabajo por nosotros; y claro, no podemos estar equivocados, pues si lo dicen en la tele…

He leído y hablado con gente del medio, lo suficiente como para darme cuenta de la manipulación que se ejerce en el mundo de la publicidad y del periodismo. Tampoco voy a decir que todo sea un camposanto; pero lo cierto es que todas las cadenas de televisión siguen un ideal político, y sus programas y periodistas deben plegarse a las exigencias de quien les paga. Cuando esto no ha sucedido, el programa y el presentador han sido cesados. Nadie debería perder de vista, que todo es un asunto de dinero y poder mediático, por mucho que nos lo quieran vender como algo altruista, que, a fin de cuentas, es la misma artimaña que emplean los políticos para vendernos sus productos.

Las cadenas de televisión persiguen audiencia, algo que consiguen con facilidad desde los tiempos de María Castaña, a través de todo lo que genere temor, y, consecuentemente, preocupación, lo que hará que te intereses más. Así pues su función será hablar, añadir y aumentar todo lo concerniente a estos temas, aun cayendo en la morbosidad de algunos de sus aspectos. Saben que esto vende y se lo dan al público.

A fuerza de resaltar lo que siempre ha habido en este país y en otros, han conseguido ya que las elecciones internas de un partido político tengan más audiencia que Eurovisión. No digo que sea algo reprobable que las personas se preocupen de la política y demás asuntillos; lo que digo es que no hace falta que uno esté enganchado todos los días al este Gran Hermano, máxime cuando todavía todo sigue siendo, como siempre, Palabras y Promesas, al uso de una novela de Jane Austen, pero sin tanta gracia. Aún está por ver todo. Y la Unión Europea sigue exigiendo que nos comportemos.

Las generaciones venideras a buen seguro hablaran de nuestra efímera existencia, como “aquellos telespectadores de principios del XXI enganchados a los temas políticos que vendían por aquel entonces las cadenas, hasta que la venda cayó de los ojos con el tiempo, y cayeron en la cuenta de que, a fin de cuentas, el poder económico es lo que rige el mundo”.

¿Por qué a unos cuantos les es tan fácil manipular a unos muchos? Creo que, aparte del tema de la cultura y el intelecto, hay una tendencia a soñar despierto con una vida más allá de esta y de un mundo perfecto. Luego está la comodidad, pues resulta muy pesado eso de leer e informarse correctamente sobre las diferentes materias, en lugar absorberlo de unas cadenas de televisión, ávidas de audiencia y para quienes la apostasía no forma parte de su vocabulario.

Tampoco entiendo que siempre estemos tan empecinados en contemplar el presente —lo que yo denomino mirarse el ombligo—, y no echar mano de lo único que tenemos para aprender algo sobre nosotros y nuestro mundo; esto es, el pasado, pues el futuro… Y hasta ahora, no existen pruebas sobre que todo en nuestro mundo, global, nacional o personal, vaya a cambiar. Si se hiciera la prueba de colocar toda esta información dentro de un ordenador para que barajara posibles resultados, prorrumpiríamos en un sentido sollozo al contemplar el análisis.

Hay quien me tacha de soberbio, de hablar y expresarme con esa misma soberbia, de ser poco humilde. Puede que tengan razón. Por lo que sé hay dos tipos básicos de comunicadores: el pacífico y el agresivo. Me temo que yo pertenezco a estos últimos, aunque no sé discernir si ello es soberbia o no, a pesar de que puedo entender que el orador o escritor temperamental pueda dar esa imagen. Si ofendo a alguien, pues lo lamento mucho. A mí también me ofenden a diario con toda esa bulimia mental, esa credulidad a pies juntillas, y muchísimas otras fórmulas de conducta, que tiene mucho que ver con la muy interesante patología social.

Mientras tanto, los años pasan y el mundo a mi alrededor sigue con los mismos y sempiternos problemas, y las generaciones con sus ansias de poder cambiarlos. Desde luego, tal y como se plantea el nuevo siglo, con mucha más idiotez de la acostumbrada —no sé si será por la ingesta de alcohol y el deterioro de las neuronas—, y donde se está haciendo ya una apología de la estupidez, tal y como otros ya enunciado antes que yo, nos vendría de perlas un James Bond con algo de humor. Lástima que el bueno de Roger Moore se nos haya ido. Siempre se dijo que era el peor Bond de todos. Yo no lo veo así. Solo diferente. Claro que, siendo yo demasiado chico para las de Sean Connery, las de Roger Moore acompañaron mi juventud, cuando cada estreno era aclamado con bombo y platillo y todo un acontecimiento que formaba largas colas en las entradas de los cines. Una época en la que el cine era casi un asunto espiritual, y donde el exceso y la maravilla solo podían contemplarse en las cintas de 007. Para aquellos que vivieron los setenta y ochenta siendo jovencitos de pelo en pecho, las andanzas del Bond de Roger Moore siempre constituirán una luz de nostalgia en el firmamento de nuestras vidas.

Habría que añadir a este sucinto epitafio, que Roger Moore siempre fue un tío guapo y con solera. Era divertido y le gustaban las bromas, y esa impronta la dejó en El Santo, Los Persuasores y en las siete películas de 007. Tenía muy buenos amigos y ejerció durante muchos años como gran embajador de la Unicef; una labor que le fue contagiada por su amiga Audrey Hepburn. Un hombre así, y a pesar de las muchas enfermedades con las que tuvo que lidiar en los últimos años, merecía vivir hasta la generosa edad de los ochenta y nueve años. Siempre se sintió a gusto con el personaje de Bond, cuyo papel ya se lo ofrecieron cuando Sean Connery estaba en pleno auge con su maravillosa versión de 007. Tal vez sería por su flema inglesa y su carácter; sea como fuere, no renegó de este papel, como bien lo demuestra los libros que editó a última hora sobre el famoso personaje de Ian Fleming.

Adiós, Roger, 007, agente secreto de primer orden y ser humano lleno de nobleza. Este servidor te recordará hasta el día de su partida y disolución; entre tanto, creo que de vez en cuando volveré a recordarte en una de esas divertidas películas; aunque puede que me tachen de eso que ahora se llama micromachista. Espero que no. Tampoco me quita el sueño.URGENTE: SE NECESITA A JAMES BOND

 

 

 

 

 

Visto lo visto, se requiere que el Servicio de Inteligencia británico, el MI6, ceda a nuestro Servicio Nacional de Inteligencia, el CNI, a 007, una vez haya puesto en orden parte de los actuales conflictos desatados en su país; que no son pocos. Y es que, la Unión Europea reclama una vez más que España se ponga al día con la corrupción, el paro, los contratos basura y las diferencias creadas entre la gente pudiente y la menos favorecida, cuyo desfase crece de forma proporcional a la demagogia de los gerifaltes de turno, esos que nos hipnotizan con su bien pensada retórica y nos hacen soñar con un futuro de chocolate.

Pero no solo es retórica y demagogia, las artes empleadas para conseguir prosélitos, sino que también entra en lid aquello de lo que ya les hablé hace tiempo: la coerción. Un método muy estudiado, que emplea desde un buen vendedor de tecnología, hasta el político de turno. No me pidan que explique una vez más de qué va el famoso método, baste con decir que tiene que ver con la escenografía, el sonido, los colores y la actuación. Hasta el tono, timbre y las pausas dentro de un discurso, forman parte del juego.

La televisión es hoy día la fuente que entra en nuestras casas con el fin de engancharnos y convertirnos en sus adictos. Aquí, como algo que tomamos como natural en nuestras vidas, la coerción tampoco es presentida. Y así, sin darnos cuenta, influye en nuestro modo de pensar y entender la vida, sin que tan siquiera nos atrevamos a cuestionar nada, pues lo que dice la tele es casi como la palabra divina. En lugar de leer e informarnos con más propiedad, dejamos que la tele haga el trabajo por nosotros; y claro, no podemos estar equivocados, pues si lo dicen en la tele…

He leído y hablado con gente del medio, lo suficiente como para darme cuenta de la manipulación que se ejerce en el mundo de la publicidad y del periodismo. Tampoco voy a decir que todo sea un camposanto; pero lo cierto es que todas las cadenas de televisión siguen un ideal político, y sus programas y periodistas deben plegarse a las exigencias de quien les paga. Cuando esto no ha sucedido, el programa y el presentador han sido cesados. Nadie debería perder de vista, que todo es un asunto de dinero y poder mediático, por mucho que nos lo quieran vender como algo altruista, que, a fin de cuentas, es la misma artimaña que emplean los políticos para vendernos sus productos.

Las cadenas de televisión persiguen audiencia, algo que consiguen con facilidad desde los tiempos de María Castaña, a través de todo lo que genere temor, y, consecuentemente, preocupación, lo que hará que te intereses más. Así pues su función será hablar, añadir y aumentar todo lo concerniente a estos temas, aun cayendo en la morbosidad de algunos de sus aspectos. Saben que esto vende y se lo dan al público.

A fuerza de resaltar lo que siempre ha habido en este país y en otros, han conseguido ya que las elecciones internas de un partido político tengan más audiencia que Eurovisión. No digo que sea algo reprobable que las personas se preocupen de la política y demás asuntillos; lo que digo es que no hace falta que uno esté enganchado todos los días al este Gran Hermano, máxime cuando todavía todo sigue siendo, como siempre, Palabras y Promesas, al uso de una novela de Jane Austen, pero sin tanta gracia. Aún está por ver todo. Y la Unión Europea sigue exigiendo que nos comportemos.

Las generaciones venideras a buen seguro hablaran de nuestra efímera existencia, como “aquellos telespectadores de principios del XXI enganchados a los temas políticos que vendían por aquel entonces las cadenas, hasta que la venda cayó de los ojos con el tiempo, y cayeron en la cuenta de que, a fin de cuentas, el poder económico es lo que rige el mundo”.

¿Por qué a unos cuantos les es tan fácil manipular a unos muchos? Creo que, aparte del tema de la cultura y el intelecto, hay una tendencia a soñar despierto con una vida más allá de esta y de un mundo perfecto. Luego está la comodidad, pues resulta muy pesado eso de leer e informarse correctamente sobre las diferentes materias, en lugar absorberlo de unas cadenas de televisión, ávidas de audiencia y para quienes la apostasía no forma parte de su vocabulario.

Tampoco entiendo que siempre estemos tan empecinados en contemplar el presente —lo que yo denomino mirarse el ombligo—, y no echar mano de lo único que tenemos para aprender algo sobre nosotros y nuestro mundo; esto es, el pasado, pues el futuro… Y hasta ahora, no existen pruebas sobre que todo en nuestro mundo, global, nacional o personal, vaya a cambiar. Si se hiciera la prueba de colocar toda esta información dentro de un ordenador para que barajara posibles resultados, prorrumpiríamos en un sentido sollozo al contemplar el análisis.

Hay quien me tacha de soberbio, de hablar y expresarme con esa misma soberbia, de ser poco humilde. Puede que tengan razón. Por lo que sé hay dos tipos básicos de comunicadores: el pacífico y el agresivo. Me temo que yo pertenezco a estos últimos, aunque no sé discernir si ello es soberbia o no, a pesar de que puedo entender que el orador o escritor temperamental pueda dar esa imagen. Si ofendo a alguien, pues lo lamento mucho. A mí también me ofenden a diario con toda esa bulimia mental, esa credulidad a pies juntillas, y muchísimas otras fórmulas de conducta, que tiene mucho que ver con la muy interesante patología social.

Mientras tanto, los años pasan y el mundo a mi alrededor sigue con los mismos y sempiternos problemas, y las generaciones con sus ansias de poder cambiarlos. Desde luego, tal y como se plantea el nuevo siglo, con mucha más idiotez de la acostumbrada —no sé si será por la ingesta de alcohol y el deterioro de las neuronas—, y donde se está haciendo ya una apología de la estupidez, tal y como otros ya enunciado antes que yo, nos vendría de perlas un James Bond con algo de humor. Lástima que el bueno de Roger Moore se nos haya ido. Siempre se dijo que era el peor Bond de todos. Yo no lo veo así. Solo diferente. Claro que, siendo yo demasiado chico para las de Sean Connery, las de Roger Moore acompañaron mi juventud, cuando cada estreno era aclamado con bombo y platillo y todo un acontecimiento que formaba largas colas en las entradas de los cines. Una época en la que el cine era casi un asunto espiritual, y donde el exceso y la maravilla solo podían contemplarse en las cintas de 007. Para aquellos que vivieron los setenta y ochenta siendo jovencitos de pelo en pecho, las andanzas del Bond de Roger Moore siempre constituirán una luz de nostalgia en el firmamento de nuestras vidas.

Habría que añadir a este sucinto epitafio, que Roger Moore siempre fue un tío guapo y con solera. Era divertido y le gustaban las bromas, y esa impronta la dejó en El Santo, Los Persuasores y en las siete películas de 007. Tenía muy buenos amigos y ejerció durante muchos años como gran embajador de la Unicef; una labor que le fue contagiada por su amiga Audrey Hepburn. Un hombre así, y a pesar de las muchas enfermedades con las que tuvo que lidiar en los últimos años, merecía vivir hasta la generosa edad de los ochenta y nueve años. Siempre se sintió a gusto con el personaje de Bond, cuyo papel ya se lo ofrecieron cuando Sean Connery estaba en pleno auge con su maravillosa versión de 007. Tal vez sería por su flema inglesa y su carácter; sea como fuere, no renegó de este papel, como bien lo demuestra los libros que editó a última hora sobre el famoso personaje de Ian Fleming.

Adiós, Roger, 007, agente secreto de primer orden y ser humano lleno de nobleza. Este servidor te recordará hasta el día de su partida y disolución; entre tanto, creo que de vez en cuando volveré a recordarte en una de esas divertidas películas.

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