Crónica de mayo de 2016 de José Ramón Sales "En el Otoño"

 

 

EN EL OTOÑO

José Ramón Sales

 

 

 

A menudo me pregunto por qué me cuesta tanto identificarme con mucho de lo que me rodea. Me digo que quizás se deba a la edad, y me pregunto sobre la certeza de tal apreciación. También se abren interrogantes en relación a mi mayor exigencia a la hora de leer, conversar, contemplar un filme, escuchar una noticia o un tema musical, entre algunas otras cosas.

Mis casi cuatro años de crónicas dejan clara mi postura sobre cuestiones sociales. Pero esto es otro tema. Aquí no me las veo con las cosas que suelen disgustarme, sino con las suelen agradarme; esos pequeños placeres con los que uno se rodea en el decurso de la existencia, cada cual con los suyos. A veces se trata de pequeñas manifestaciones, al uso de unos minúsculos duendecillos atisbando desde el lecho del bosque. Otras, más bien como el envite de una ola embravecida que rompe contra las rocas. Por eso: ¿Hacerse mayor es sinónimo de rigidez física y emocional?

Por la vieja pantalla en cinemascope de mi mente se desliza un cúmulo de rostros y personajes variopintos, de esos que ya tienen las raíces enquistadas en los suelos, y puedo ver esa intransigencia, falta de adaptabilidad, e incluso resignación ante mucho de lo que los rodea. Como si a las almas con suficiente edad les costara fluir con un tiempo que ya no parece el suyo. Y es chocante, sí, muy chocante, porque la edad debería deparar lo contrario; es decir, un moldeamiento o una sabia adecuación a los rigores de la vida, ya que, si no somos capaces de adaptarnos después de tantos años, ¿cuándo si no?

La edad, tal y como he citado en más de una ocasión, nos resta números en el montante donde se salda lo asombroso. Uno tiene la sensación de haber visto, leído u oído mucho de lo que pasa frente a su nariz. En general, la mayoría de las charlas me son aburridísimas, y las sinopsis de los libros y filmes tan angustiosamente familiares como la trama humana. ¿Me estaré volviendo un viejo quisquilloso? Pondré algunos ejemplos bastante simples.

Ya saben que soy enemigo recalcitrante de las series; no porque estén mal, ni mucho menos, sino por el tiempo que me quitan. Son demasiadas las cosas que me llaman, como para perder el néctar de la vida en algunas pocas cosas, entre ellas los siempre mastodónticos seriales que nunca parecen acabarse. Yo en esto soy más práctico, y todo lo contrario, tiendo al resumen. Simplemente hago empleo del aforismo en términos visuales.

Pues hace poco, a instancias de un buen samaritano y las continuas alabanzas en las revistas especializadas, ni corto ni perezoso visioné el primer capítulo de la primera temporada de Daredevil. El tratamiento dado al guión me pareció interesante y adulto; pero hete aquí, que en una secuencia me enfrento al héroe golpeando al saco de entrenamiento igual como lo haría un auténtico patoso. Esto resulta chocante en un tipo que es una filigrana dando palos. Pero, ¡vale! Pongamos que soy demasiado puntilloso y que muchos no tienen por qué saber cómo se trabaja un saco. Bien, pues poco más adelante, el héroe tiene una monumental pelea con un especialista, el cual le hace pupa y lo hace sangrar. Tendrían que verla para saber de lo que hablo. La cosa es, que en la siguiente escena la chica no sabe que el tipo que la ha salvado es el que tiene delante; y ¡oh, magia virtual!, nuestro chico no tiene un solo rasguño en su rostro. Es algo así como la heroína de Los Juegos del Hambre, a la que nunca se le acaban las flechas. No importa donde se halle Katniss con su limitado carcaj ya vacío, porque en el siguiente plano se habrá llenado de nuevo.

Y ya que estoy con esto de las series, pues en la tercera temporada de Isabel, que veo por obra y gracia de mi querida esposa, el capítulo ocho me revuelve las tripas. No era este el único suceso relatado en la serie que merecía mi repulsa, pues la expulsión de los judíos con poco más que la camisa puesta, la implantación de la Santa Inquisición y otras cuitas, ya habían menoscabado mi simpatía por los Reyes Católicos. En el capítulo que les menciono, ante la barbarie desatada por el cardenal Cisneros a fin de convertir a los musulmanes a la fe verdadera, estos terminan por rebelarse. Entonces, el machote del rey Fernando se encamina con sus huestes al foco de la sedición y arrasa a todo bicho viviente. No contento con esta sangría, y a fin de dar ejemplo y atemorizar a los que se atrevan a cuestionar la autoridad real, después de haber cortado el cuello a todos los hombres, casa por casa, ordena pasar a cuchillo a todas las mujeres y niños de Lanjarón. Si esta abominable carnicería la hubiera llevado a cabo los reinos rivales de Portugal o Francia, nuestros favores estarían claros. Lo que resulta ignominioso, es que al ser nuestros Reyes Católicos apenas le demos importancia. Decididamente me he hecho mayor, y al igual que mis carnes, veo que mi espíritu se debilita y se vuelve demasiado sensible ante tales atrocidades, producto de la excesiva beatitud de una reina «empeñada en bautizar a todo lo que se mueve», como se citaría en un episodio de la truculenta El Ministerio del Tiempo.

 

Tal vez se deba a una deformación profesional a causa de mis tareas como escritor, pero lo cierto es que la retórica de los políticos, además de reiterativa, me parece burda en extremo, y muchos altos cargos no parecen haber pasado de las lecturas de Marvel. Lo mismo puedo argüir de los presentadores y presentadoras de televisión, cuyo léxico chirria en mis oídos, cuando no llega hasta su bendita boca una palabreja sacada de Dios sabe dónde, y que tal vez la RAE incluya en alguna de sus revisiones en un futuro próximo. Y es que los bellacos acampan en demasía en el orbe literario y los truhanes hacen suyo lo que no les pertenece. Porque hablar bien es un arte tan digno como la palabra escrita, y en manos de demagogos y de la simpleza resabida se alzan eriales allá donde deberían cultivarse las margaritas y el azahar. Quizás cuando me haga más duro de oído estas cosas remitirán en mi vida; pero lo cierto es que me molesta bastante en boca y manos de los que deberían ser expertos.

A los libros, como la música y el cine, no los trato mejor. Si a los diez minutos de empezar un filme me acosan los diálogos baratos —adjetivo eufemístico—, de esos que de tan malos ni te hacen sonreír, pulso el stop, ¡y a otra cosa! Por lo general, mi cupo de chorradas —semánticas o no— suelo llenarlo cada día sobre las 19:00 pm. Otras, a eso de las 16:00 pm.

Cuando era menos experto abría un libro con la misma reverencia de un sacerdote al leer las Sagradas Escrituras. También es cierto que eran otros tiempos, cuando publicar un libro estaba relegado a los más meritorios. Sólo hay que echar una ojeada a la genealogía literaria de nuestro país. Ahora los abro componiendo una mueca de escepticismo. Entre los que no saben de qué va esto de escribir y ser escritor, y los que lo saben, y por eso recurren al experto que se los escriba —véase famosillos del mundo entero—, hoy día hay más posibilidades de errar que de acertar. Sin ir más lejos, e incurriendo en la fatalidad de apartarme de los clásicos, y no por ello estoy denigrando la literatura de consumo, lo intenté hace unos días con una obra muy bien considerada de una autora extranjera, al menos en cuanto a editorial y las alabanzas cantadas. El error fue no atender bien a la biografía de la autora, la cual había escrito varios ensayos sobre decoración y arquitectura, y este era su primera novela de ficción. Por norma general, el primer y segundo libro de un autor no suelen ser algo relevante, a no ser que sea un genio o domine a la perfección el arte de escribir ficción. El buen escritor, como el buen vino, se hace con el tiempo. Al menos, es lo que yo creo. Pues, como iba diciendo, esta buena mujer, llevada por su pasión hacia su profesión, y desconociendo las claves de toda eficiente narrativa, me hizo abandonar sus continuas y exuberantes descripciones tras unos pocos capítulos. Me pasa a menudo, demasiado a  menudo, acotando mi mundo como lector.

¿Y qué quieren que les diga de la música? Últimamente solo escucho ruido y poca melodía; cantantes que dan grima y a quienes se les rinde culto como a David Bowie o Michael Jackson. No citaré nombres, pero son dignos ídolos de sus acólitos. Dios los cría, y ellos se juntan. Suelen ser cantantes, grupos y canciones que pegan fuerte en los comienzos, pero que el tiempo los engulle con maravillosa facilidad. A ver, no me tengan por un megalómano de la música culta; sé apreciar lo bueno, pero no me ciño a un solo estilo. Aunque, decididamente, los tiempos de Prince ya pasaron, y ya se sabe que en el país de los ciegos el tuerto suele ser el rey. Pero no todo es terreno baldío y música de consumo, de vez en cuando surge alguien auténtico como Pablo Alborán. Si no son capaces de conmoverse con alguna de sus canciones, como Palmeras en la nieve, es que están hechos de hielo… o algo peor.

Pero sí, en el otoño ya casi no existen las sorpresas. Uno entiende de miradas, del sentido que conllevan las palabras, de los tonos, de las situaciones que se plantean antes de que el juego comience, y como diría aquel viejo escritor: el planteamiento, nudo y desenlace. Un poco coñazo, vaya.  

Me despido ya, rogándoles que no pierdan más el tiempo con el tema de la dichosa política, cuna de infortunios y desaguisados. Hace meses ya les advertí que la lujuriosa comunidad de Aquí no hay quien viva, se estiraría de los pelos antes que ponerse de acuerdo, entretanto colgaban la ropa sucia en el patio. Y digo sucia, porque era obvio que no estaría bien lavada.

 

 

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