Crónica de marzo de 2016 de José Ramón Sales "LA VOZ DEL ESPÍRITU"

 

 

LA VOZ DEL ESPÍRITU

José Ramón Sales

 

La razón por la que hay tantas opiniones es que nadie conoce la verdad.

                                   

                                                                                         Joan Konner

 

 

           Nací en una época en la que la religión católica estaba firmemente adosada al régimen político de mi país. Como el resto de los niños de mi barrio, fui bautizado y tomé la comunión vestido de marinerito. En el colegio la asignatura de religión era un tema obligado, y a través de las enseñanzas de unos y otros aprendí que masturbarse, el sexo sin ánimo de procrear, mentir, y una interminable lista de cosas eran pecado, por lo cual uno debía confesarse a riesgo de ir al Infierno, donde sería pasto de las llamas y de horribles tormentos. Esto me hizo temer a Dios, y sentir miedo al contemplar la terrible recreación de la tortura y muerte de Jesucristo a manos de los hombres, aunque bajo el dictamen de Dios, su propio padre, lo hacía más impactante. Desde entonces, y a pesar de haberme desligado con los años de toda esta represión, no puedo dejar de sentir una desazón al llegar la Semana Santa y contemplar las sangrientas procesiones en las que se recrea algo horroroso y digno de ser olvidado. Ahora lo veo como un enfermizo culto a la sangre, la tortura y la muerte, a pesar de que luego hablen de la resurrección. En la mente de un niño no es precisamente esto lo que le deja huella, sino aquello que lo amedranta.

Cuando estudias ensayos diversos sobre religión, y en especial la católica, y contemplas su recorrido histórico, sus desmanes, latrocinios, las guerras y la sangre vertida, no puedo dejar de horrorizarme. Observo el poder eclesiástico, sus riquezas, el balance de sus muchas empresas, los inconmensurables tesoros del Vaticano y otras oscuridades, y siento que una gran pena estruja mi corazón. Y al mirar fuera de las fronteras de mi nación, veo lo que ocurre en Inglaterra a nivel escolar, y me produce auténtico miedo toda la apología cristiana y el fundamentalismo creciente en Estados Unidos. Lo que escucho y leo me produce pavor; sobre todo cuando los políticos buscan alianzas con los líderes religiosos importantes, algunos de los cuales cuentan con varios millones de adeptos en sus sectas religiosas, gracias a una campaña tan antigua como el mundo y que a edad temprana ya definiría Petronio: «El miedo es lo que hizo a los dioses de este mundo».

 

No es mi deseo hablar aquí del mensurable y taimado erial, ni tampoco de lo que más me preocupa entorno a ello; aunque quizás lo haga en otra ocasión. Lo primero  tiene que ver con los niños y la religión, y la segunda con el tema de la fe. Deberían existir leyes que protegieran la mente de los niños, tan impresionables a esas edades. Todo lo referido a las creencias sobrenaturales de los padres debería aguardar al tiempo en el que los hijos, con capacidad ya para enjuiciar y discernir, eligieran libremente el camino a seguir. Pues de lo contrario, ¿qué valía tiene cuando al niño se le han inculcado tales creencias desde la más tierna infancia? Y además, se la entrenado a no cuestionar ni desarrollar su juicio y razón plenamente, al admitir cosas de difícil asimilación a través de algo tan perverso como la fe. Si la religión, en sus creencias, separa a los hombres más que los une, y si la fe erosiona y condiciona la inteligencia y la libertad, y como tal  alimenta la radicalidad y la intolerancia, aplicado en la mente de un niño me parece abominable, y lúcidamente pernicioso en cuanto a la implantación de la idea creacionista del mundo y otras ideas de corte similar.

He leído y sigo leyendo mucho sobre estas cuestiones. Entiendo que la fe impide el pleno desarrollo del intelecto a muchos niveles, y que la mayoría de los feligreses no leen sobre religión, y ni tan siquiera han leído su libro sagrado. No les hace falta. A la mayoría les basta con la palabra de sus mayores y sacerdotes. Mi búsqueda de algo que diera comprensión a un hecho que promueve mi asombro más cerval, lejos de arrojar luz sobre la impronta humana y congraciarme con sus creencias sobrenaturales, me ha proporcionado una visión fría y hasta peligrosa de algo que tiene y tendrá consecuencias funestas en los días venideros.

Personalmente, libre al fin de las insidias de los hombres y de la imagen de un Dios iracundo que comanda generales y ejércitos celestiales, y que, como buen político, no duda en librarse de los que atenten contra su autoridad, condenándolos al suplicio eterno bajo la atenta mirada de sus subalternos terrenales, puedo orientar este ensayo de forma más intimista y personal. Y esto es posible porque desde hace unos años he mantenido algunos «acalorados» coloquios con mi esposa sobre estas cuestiones.

En el último de nuestros diálogos, y por primera vez de forma clara y precisa, abrió su mente y su corazón de una forma tal, que me permitió formular una serie de preguntas clave, las cuales al fin me han ayudado a comprenderla. Y es que siempre la tuve como persona inteligente, y me costaba asimilar que ella profesara la fe católica a pies juntillas.

A través de un diálogo abierto y sincero, me fue grato comprobar que no estaba equivocado. Me hizo saber que no cree en la fatuidad del entramado católico porque está en manos de los hombres y de su imperfección. Ninguno creemos en «las historias» que relata La Biblia. Convenimos que a los niños se les debe inculcar buenos preceptos morales, sin que tenga necesariamente que intervenir la religión. Entendimos lo que la fe, llevada a sus últimas consecuencias, representa, y contemplamos con mente clara la tara que produce en nuestro desarrollo intelectual. Yo descubrí que su creencia se ciñe al personaje de Jesús, a quien, real o no en hechos y palabras, toma como modelo, el cual resume en la premisa de amar al prójimo, y que, alentada e inspirada por ello, acude a misa para honrar su recuerdo. Pero lo mejor de todo fue cuando intentó explicarme lo que sentía cuando rezaba, intentado crear una energía positiva que cuidara de las vidas de nuestros hijos. A partir de una analogía con el deporte, a fin de que pudiera darme una idea, ejemplarizó con la pereza y el esfuerzo cuando uno entrena, y el bienestar que luego experimenta después de la sesión. Ella siente un bienestar físico y psicológico, que podríamos definir como espiritual, y que no está emparentado con la idea del «Gran Psicólogo Divino», o con la relajación de pensar en una vida después de la muerte. Simple y llanamente, se siente bien. Por supuesto, no todas mis preguntas tuvieron una respuesta legible. Pero entiendo que en aguas algo turbias no todo lo tiene. Al igual que yo, fue adoctrinada de niña en el catolicismo, y esto siempre deja, querámoslo o no, un sedimento. Después está su condición de madre, siempre padeciendo por los hijos de esa forma tan especial.

Resumiendo, por fin pude acercarme a sus sentimientos espirituales, bastante alejados de la doctrina religiosa común, lo cual, he de confesar, me alegró sobremanera. Tanto, como haber logrado que mis hijos hayan crecido en libertad de expresión, a pesar de que mi juventud e inexperiencia me hiciera bautizarlos y que tomaran la comunión, pues ya sabemos del talante católico, y uno no desea que su hijo se quede sin entrar en el reino divino de los cielos. Aunque, si he de ser sincero, me hubiera ocasionado serios disgustos con mis padres y suegros; una generación que hoy día colma las misas. Aun con todo, mis dos retoños mantienen intacta su virginidad intelectual, y si algún día se vuelven fervorosos cristianos, desde luego será por mérito propio y haciendo uso de su razón cabal. Entre tanto, charlamos de vez en cuando animadamente, y me alegra comprobar que, al igual que yo, se mantienen en equilibrio y alejados de los extremos, pues ellos se mecen en la luz del pernicioso fundamentalismo. Y es que, a pesar del ateísmo propiamente científico, existen cosas inexplicables ante las que no podemos cerrar los ojos. Tal vez haya otras dimensiones, el mundo de los espíritus o un Más Allá energético. Son muchas las manifestaciones como para no tomarlas en cuenta. En cualquier caso, estamos seguros de que están lejos de las interpretaciones mundanas, pues como dijo Aristóteles: «Los hombres crearon a los dioses a partir de su imagen; no solo conforme a su forma sino también a su manera de vivir». En cualquier caso, estoy orgulloso de que mi familia haga suya la frase de Fiodor Dostoievski: «En lo que a mí concierne, hace ya tiempo que decidí no pensar más si el hombre creó a Dios o fue Dios quien creó al hombre». Y es que la espiritualidad, como ya sabemos, no solo es patrimonio de la religión.

 

 

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