Crónica de marzo de 2015 de José Ramón Sales -crónicas rebeldes- "El escritor calculado - Cómo ser escritor y no morir en el intento"

EL ESCRITOR CALCULADO

Cómo ser escritor y no morir en el intento

José Ramón Sales

 

 

 

Razonamientos torpes y maniqueos se esnifan a diario por cientos de narices ávidas e insensatas cuyas fantasías sin límite, llevadas de una simpleza acorde y festiva, deviene en «cajón del desastre». Un nefando preludio éste rayano en altanera pedantería. Cierto. Pero no por ello menos exacto. Mis ilustres coetáneos en la ardua aventura de ser escritor pronto apretarán filas ante tales desmanes, aquí expuestos con suficiencia y altanera valentía.

Haciendo un alarde de puro y estoico raciocinio al uso de un buen detective, expondré sin tapujos algunos de los problemas externos e internos que se solapan a todo aquel que desea ser escritor partiendo de cero. Y digo cero puesto que son muchas las connotaciones que conlleva esta meta cuyos inicios dependen mucho del currículum de cada persona. Así pues, no siendo universitario, licenciado en alguna insigne rama, o laboralmente implicado en el periodismo, la enseñanza, la política o bien en el ámbito artístico u otras de similar prestancia, podemos entonces definirnos y entrar en la llana y deficiente categoría de muchos de los aspirantes a escritor.

Ya tenemos pues un punto de partida donde la ignorancia tiene mucho que ver. La misma nos llevará a abordar nuestro recién comenzado sueño desde una óptica muy irreal y ensoñadora, llevados de lo mucho que vemos y leemos en la red donde una legión de soñadores suspiran mecidos en sus ínfulas fantasiosas y apuntalados por sus  fatuas reflexiones. Aspirantes llenos de altruista filosofía cuyas falacias argumentales les hace planear sobre su propio fracaso con grandes dosis de estoicismo. Es una manera elegante de digerir la íntima insatisfacción que les acompaña.

Antes de ahondar en lo concerniente a la formación del escritor analizaremos el yermo terreno delante en cuyo linde se alza un vetusto muro, tan ciclópeo como la muralla que presentó Merian C. Cooper en su célebre «King Kong». Una muralla tras la que una serie de reinos pactan fructíferas alianzas que consolidan su poder. Ante ello, las tribus dispersas de las tierras limítrofes corretean de un lado para otro en un conato defensivo y desesperado. Su punto débil radica en la falta de cohesión y en la arbitrariedad de sus estrategias.

Entidades como la encomiable AEN (Asociación de Escritores de Noveles) intentan luchar contra el gigante acometiendo la titánica empresa de socavar lo que se alza como una meta imposible. Y es que el dinero y el poder lo es todo en las sociedades y aquí su pacto es igual de oneroso. Las grandes plataformas editoriales cuentan con unos medios que nunca podrán ser alcanzados por el resto, desde la edición a la publicitación de sus obras. Y es claro que hoy día el marketing lo es todo a la hora de vender y llegar al gran público. ¿Qué será pues de aquellos pobres escritores que se autoeditan sin orden ni concierto en medio de una laguna de carencias técnicas apropiadas y una gestión deficiente de las obras? ¿O de aquellos otros que publican en editoras como «El gato al raso», tan desconocidas como carentes de medios? Fácil es asumir que los autores tan sólo darán rienda suelta a su ego al ver su obra en papel y poco más. Principio y fin de una muerte anunciada. Estas editoras no pueden llevar sus obras al terreno idóneo de una fehaciente exposición a la vista del público, ni a la publicidad de las mismas. Los libros aquí nacen y mueren con una celeridad pasmosa, tan solo aliviada por las baldías energías de los escritores, quienes en su aplastante mayoría nunca pasan de una línea bien definida. Los que más lejos llegan vierten su pulso en presentaciones de tercera, en charlas de tres al cuarto en algún rincón urbanita, y en abúlicas peroratas en foros literarios o en sus propios blogs. Y la inmensa mayoría se retrata a sí mismo mostrando con orgullo la portada de su anodina y entrañable obra junto con el correspondiente booktrailer, al tiempo en el que evoca las excelencias de lo que ha pergeñado y ha expuesto en Lulú o en Amazon.

Sentadas las bases de contra quien nos vemos las caras pasemos a ver cuál sería la forma más sensata de alcanzar un meritorio segundo puesto en todo este tinglado repleto de mayestáticos despropósitos. Para empezar, cerrar filas. Algo en contra de los que pululan del otro lado del muro es su falta de unidad. Son muchos pero totalmente disgregados. Y si el gigante unificó sus fuerzas, nada podrá hacerse mientras el resto de opositores no haga lo mismo. Como tal cosa está lejos de suceder, podríamos terminar aquí con este ensayo. Pero el morbo es el morbo.

En mis paseos por los foros literarios constantemente me llevo las manos a la cabeza a pesar de la madurez que se ceba en mi cuerpo y alma. La inmensa mayoría profesa unas convicciones acomodaticias y caducas, no siendo ilógico argüir que no saldrán nunca del ostracismo. Sin embargo, puedo sentir su íntimo dolor y frustración a pesar de sus trasnochadas convicciones. Y es que saberse derrotado y sin esperanza alguna es muy duro, por lo cual uno se contenta con una serie de argumentaciones muy elaboradas. A tal punto, que uno termina por creérselo.

Por citar un par de ejemplos en cuanto a la necesaria originalidad en el escritor, me encuentro con un mal endémico adosado muy propiamente a las características de sus diseñadores. La proclama es que la originalidad ya la lleva puesta cada cual, pues no importa que una misma historia se escriba cientos de veces, ya que cada uno la expondrá de diferente manera. Ya ven. Ni un ápice de aliento creativo que impulse a buscar la genuina originalidad, tan esquiva como necesaria. Triste, muy triste. Así estamos, venga a publicar versiones miméticas de «El Señor de los Anillos». Si tienen curiosidad echen una ojeada a las ediciones en nuestro país sobre el género de «Espada y brujería» y verán de lo que hablo. Una infinidad de novelas todas iguales, casi un calco las unas de las otras. Y podría exponer muchas más casos cuya mentalidad comporta gran parte del problema que estamos tratando.

En otro foro me encuentro con aquello de que si el escritor nace o se hace. Y todos, jóvenes y menos jóvenes,  están de acuerdo en que nace. Tremendo. Una suerte de don especial y sensible que separa a unas personas de otras y que se cultiva leyendo y escribiendo. Quien lo tiene, lo tiene, y el que no, ajo y agua. Entonces yo, habitante indeseado, fustigo las mentes acomodaticias de los foros alegando que aún en el caso de poseer ese don, esto no lo exime de aprender y estudiar el oficio. Veamos si no a un pintor, un escultor, un actor nato o alguien con dotes para el canto o la música. El don por sí mismo no basta, hay que educarlo y conducirlo a través de manos expertas. Ya sea en una academia de bellas artes, en una escuela de interpretación, etc. Pero lo verdaderamente chocante y pretencioso es que el escritor quiere pasarse por alto todo esto. Sin haber estudiado alguna de las ramas de filosofía y letras, ni haberse educado en talleres y cursos de escritura, aspira a llegar a la meta de forma autodidacta. Un fallo que le pasará factura a casi todos los escritores noveles.

Básicamente se trata de perseguir un concepto equivocado y basado en una malformación que se traslada en el tiempo; tanto así, como que de vez en cuando nos llega la noticia de algún rincón del planeta en la que una amable ama de casa o un esforzado carpintero ha escrito un libro y se ha convertido en un bestseller. ¡Ah!, y las películas. Todo un sueño con lazo incluido. Verbigracia a lo ancho y a lo alto y del través. Para empezar debemos presuponer que lo que aquí aconteció fue que un editor espabilado, o no tanto, vio una idea muy vendible y él asumió todas las deficiencias gramaticales y de construcción que el manuscrito pudiera contener. De no ser, claro está, que estas personas tuvieran la calidad y formación de un escritor de primera por obra y gracia de un don cuasi milagroso.

Dejemos claro que esto no va a suceder aquí en España, la gran charcutería de Europa. Y mejor comencemos a dejar atrás arcaicos postulados. En los albores del siglo XXI escribir con profesionalidad requiere algo más que ganas y un hipotético don. Hoy día el escritor debe presentar unos trabajos inmaculados en lo referente a estructura y gramática. Desde ortotipografía a método, a través de un extenso índice donde las diferentes materias se conjugan: narrativa, conjunto argumental, equilibrio del planteamiento y desarrollo, condensación global, ruptura, tono emocional, accesorios narrativos, psicología de los personajes, ambientación y ritmo, ángulo y distancia informativa, lenguaje, organización temática, síntesis, extensión de capítulos, etc. Sin hablar de gramática, sintaxis y otras relevantes cuestiones. Una de ellas es el llamado «gerundio de posterioridad», cuyo mal uso se encuentra en muchísimas obras traducidas de escritores importantes y publicadas en excelsas editoras. Y es que los traductores son los que cometen el gazapo. También encuentro fallos de otro tipo que a la postre inducen a error, revelándose como un condicionante a la hora de «aprender leyendo» a otros autores, sobre todo extranjeros o españoles de poca monta. Y los vicios cuestan mucho de erradicar.

El escritor del nuevo siglo es una persona que debe estar a la altura de su tiempo y preparado como otras personas en otros oficios igualmente nobles y artísticos. De no hacerlo así, y sumando el irrelevante de la autoedición, el resultado será un trabajo cuya falibilidad será clara como el día. Productos que por añadidura, al no pasar ningún tipo de análisis ni control adolecerán de una total falta de garantías de cara a cualquier lector que se precie, porque también entre los lectores existe todo un nivel que va desde el estilismo más estricto y sofisticado, al consumo rápido y frugal. Por dicho motivo, lo que acontece en estos momentos raya en el salvajismo más cruento y denostado. Se hace necesario un organismo que regule esta locura desatada, en pro de los escritores y lectores serios. Ningún trabajo que pasara los niveles mínimos requeridos debería acceder a la publicación. Y no seamos intolerantes e hipócritas pues en todo lo que adquirimos exigimos ese necesario control de calidad.

Otra cuestión es lo referido al valor intrínseco de la novela, como historia bien narrada y sugerente. No son pocos los comentarios soeces sobre libros firmados por autores relevantes. Y es que los buenos y malos escritos abundan también al este del río Pecos. Sin embargo, y más vale tenerlo ya claro, hoy por hoy prima el comercio y no la valía del escrito. Y conforme nuestra sociedad avanza hacia la parte más banal de sí misma, son los trabajos y estilos más absurdos y vulgares los que triunfan. Por supuesto que ya no hace falta ser un buen escritor. Miren el éxito de Belén Esteban. ¿Y qué me dicen de El libro de los Trolls? A buen seguro la siguiente chorrada de su creador será otro éxito sin precedentes. Si nada más tienen que dar una ojeada a los videos más famosos de Youtube.

En fin, muchas ilusiones y enflaquecidas esperanzas cual acémila de Sancho Panza. No obstante, que prive en nuestro mundo la parte más prosaica y vulgarizada, no es óbice para dejar de hacerlo lo mejor posible y ser responsables con las letras. Que «los grandes» y sus Musas nos vigilan muy de cerca, y ofender su memoria es tanto como despreciar el noble arte que nos ocupa; que bien haría uno en saber y aprender el oficio que le interesa. Pues fácil es quejarse del proceloso panorama y no mirar la propia deficiencia, echando las penas y las culpas en otro pozo. Aún con todo, se pueden hacer muchas cosas, pero sin engañarse más de la cuenta; que la vida ya provee sus propios desencantos. Para empezar, un imperativo sería presentar textos lo suficientemente originales y bien desarrollados como para que se canten sus alabanzas y el eco salte por encima de la muralla. A tal fin, una entidad que globalizara los trabajos de los noveles sería algo a tener muy en cuenta, imprimiendo una dinámica seria y honorable abocada a la publicación de los mejores trabajos bajo un mismo sello editorial. Un sello que fuera sinónimo de calidad tanto para el público como para el mundo editorial. Una alternativa elitista y profesional que marcara tendencias. Y sucesivamente, poner en funcionamiento otro tipo de sugerentes y cabales propuestas, sinceras en cuanto a las futuras tierras que hollar. Para alcanzar lo inalcanzable hay que sacarse de encima los tradicionales patrones de conducta. Pelear con las mismas armas utilizando los mismos tópicos es caer en las redes de nuestra propia limitación. Hay que pensar de forma bien distinta y utilizar medios y procedimientos novedosos que nos impelan más allá de la frontera en la que se enmarca lo preestablecido.

 

 

 

 

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