Crónica de julio 2016 José Ramón Sales "Compulsión veraniega"

 

 

 

COMPULSIÓN VERANIEGA

José Ramón Sales

 

 

 

Una vez más, para aquellos que aún estamos en pie, el verano arriba a nuestras costas. Es un viejo conocido, henchido de luminosas propuestas y aromas caribeños, al que últimamente no se le ve tan risueño como de costumbre. Puede que también los recortes le afecten y su porte estival haya generado en simple fanfarria. Y es que año a año, la mayoría de los supervivientes del gran naufragio estelar están más y más aperreados con las nuevas leyes que los abocan a trabajar sin apenas descanso. Son los nuevos esclavos del siglo XXI, cuyo lema es: nace, trabaja y muere.

La nueva estación llega con todo su repertorio habitual: sol, calor, mosquitos, rebajas, carne tostada y saturada junto al mar, niños berreando por aquí y por allá, adolescentes desbocados libres de su encierro docente, adultos ebrios gritando por las calles, terracitas de verano llenas de turistas, incendios, los típicos blockbusters  en los cines, las ferias, etc. Aunque este año la feria de verano añade una nueva atracción, cuyo relumbre ha conseguido captar la atención de su público potencial: el crédulo.

Dicen los medios que diez millones de espectadores han pegado su jeta a la tele para asistir al mega espectáculo político organizado por las cadenas de televisión. La chifladura no es pequeña, teniendo en cuenta que después de todo un año aporreando la sesera de la audiencia, la historia es harto sabida. Pero ya se sabe que la gente está dispuesta a ver por enésima vez Lo que el viento se llevó, aunque se la conozca al dedillo. Este servidor decidió emplear su tiempo en cosas de más provecho, puesto que el ya abúlico mensaje de estos personajes que se canibalizan a sí mismos, hace tiempo que dejó de interesarme, tanto como el blockbuster veraniego sobre el fin del mundo o alguna invasión extraterrestre.

En esto de la política pasa como en el cine, el espectador del 2016 no es como el de 1986. Su mirada ha cambiado, y los indispensables CGI de la actual cultura cinematográfica están tan asumidos y su uso es tan corriente, que el sentido de la maravilla se ha desvanecido por completo. La magia ha pasado a ser algo habitual y el delirio de los efectos especiales son el pan de cada día. Y así, el nuevo público que ha convivido con ellos, es incapaz de percibirlos. Pero están ahí. La barahúnda política que despliegan sus productoras, directores de campaña, guionistas, encargados del atrezo y demás, no es detectada por el público. Los efectos especiales y el maquillaje revisten tanta importancia como la campaña de promoción, cuyo vehículo narrativo es hoy día provechado por muchos cineastas por su capacidad manipuladora. Es obvio que la tecnología puede levantar proyectos inviables hace tres décadas, sobre todo en lo tocante a los géneros de la fantasía o la ciencia ficción.

El Gran Hermano político guarda un cierto paralelismo con estos géneros, pues su capacidad para fabular raya en lo inverosímil; sin embargo, no deja de ser un producto comercial hecho a la medida de los espectadores del 2016, cuyos expertos estudian los movimientos tectónicos de la taquilla. Si el público adulto está prácticamente relegado a las series de televisión, ellos son más proclives a seguir enganchados al culebrón de toda la vida; y si el público joven es capaz de arremeter como horda furibunda contra quienes se atreven a presentar un blockbuster estival con una duración inferior a las dos horas, su prosaica verborrea en Twitter los convierte en adeptos de las películas a peso. Pues ya tenemos el resultado de las próximas votaciones electorales.

La farándula veraniega no quedará aquí, descuiden; los chicos de Suicide Squad, The New Mutants, Inhumans y The Defenders ya están a la vuelta de la esquina. Y si aún no tienen bastante y prefieren el trabajo individual al de equipo, pues: Captain Marvel, Iron Fist, Luke Cage y Black Panter sería una buena opción. Desde luego, material no les ha de faltar. En esta brevísima selección hay películas y seriales.

Fue el novelista Ray Bardabury quien dijo: «Para Walt Disney hay dos clases de personas: aquellas que abrazan la felicidad y la disfrutan, y aquellas que la odian». Y así es, por muy macilenta que resulte la reflexión. Algunos le ponen ganas a eso de la autoflagelación; y no hace falta comulgar con una creencia que obligue a reprimirse, para luego coger un AK-47 y liarse a tiros con todo hijo de vecino. No, la mayoría suele hacerlo a diario de forma consciente o inconsciente sin poner tanto dramatismo. Los primeros por una enferma adicción, y los segundos por una especie de hemiplejía mental. Es el mismo tipo de badulaque que pierde de vista la latitud en la que vive y el bando al que pertenece, tal y como expresa Josep Parera: «… no tiene idea de las consecuencias que su actitud, falsamente comprensiva e hipócritamente idealista, tendrá durante las próximas décadas. Estamos en una guerra de civilizaciones, y no en una hermandad, y sólo quienes permanezcan unidos ganarán la batalla». Esto me trae a la memoria la andrógina entidad de esa alma nacional a la que tanto se apela en las guerras; la malvada dicotomía que surge entre los principios que aquí se barajan, y que tantas vidas se cobra. Como dijo un buen guionista: «Dígaselo a todos aquellos que fallecieron. Las ideologías pasan, cambian, pero los muertos nunca resucitan».

Indefectiblemente, siempre que hablo de política, termino envolviéndolo todo con un sudario del que huye toda apología. Es como si de los políticos y de su demagogia dimanara todo aquello que aborrezco; aunque no es menos cierto que el mismo efecto me producen aquellos que alzan sus voces desde sus poderosos pedestales. Y hablando de ignominias, no dejen de ver Spotlight, a pesar de que la epístola periodística de estos insensatos valientes apenas haya hecho mella en la todopoderosa Iglesia Católica, cuya aberración sin precedentes no ha tenido el castigo de la que se ha hecho acreedora. Excretar algunos de sus ominosos cuervos, no es suficiente. El abuso de niños debería estar pagado con la peor de las penas, y viniendo de sacerdotes, con mayor motivo.

Como verán, es hablar de política y paso de las tinieblas a la oscuridad con pasmosa facilidad. Es un acto reflejo. Pero miren que no deja de resultar irónico, que un país entero se alce ante una final de copa, y no obstante no lo consiga para cosas de mayor trascendencia. Lo que no lo produce los desmanes sociales, lo hace un juego de pelota. ¡Así nos va en este perro mundo! ¡Cómo entonces nos vamos a tomar en serio lo de la dramática migración! El mundo no se une y levanta por un hecho así; lo hace por una final de futbol. ¡Cojonudo!

Desde que el mundo era mundo y yo estaba en él, he denunciado el tema del ensalzamiento a la violencia que representan las competiciones deportivas, en especial las del futbol. Ya en sus tiempos vaticiné que con el devenir de los tiempos la cosa degeneraría en otro tipo de disputa y que los estadios se llenarían de cubículos donde las horas enfebrecidas permanecerían encerradas y separadas por bandos. Al mismo tiempo, un gigantesco despliegue policial se llevaría a cabo en el lugar. Hace años esto parecía un filme de ficción, pero estamos llegando a ello antes de lo previsto. Será por aquello de la crisis, pues esta también afecta a los cerebros, sobre todo aquellos con déficit de neuronas.

Y ya que estamos con esto del deporte, la muerte de Luis Salom ha sido un trauma para muchos, en especial para los más allegados. Y lo mismo podemos decir de Muhammad Ali. La muerte es adversa a toda epítima, y las palabras son voces huecas ante la pérdida. Si bien el magno boxeador ya cumplió el ciclo de su vida, no así el joven corredor de motos, cuya pasión por la velocidad en competición y su fama de ir al límite lo ha llevado al desastre. Lamentable, no hay duda; pero es lo que conlleva el deporte de riesgo, y todos deberíamos asumirlo. Acuérdense de su tocayo, Marco Simoncelli, y de los que le precedieron. El corredor de vehículos asume su riesgo cuando se enfrenta a una carrera; de la misma forma en la que lo hace el torero antes de lidiar, rezando y encomendándose a Dios o a la Virgen. Tal vez nuestra sorpresa venga dada por esa pérdida de visión a la que aduje al comienzo de esta crónica: lo cotidiano se torna subjetivo. Los romanos siempre tuvieron muy claro que los que corrían en los estadios se jugaban la vida. ¿Por qué nosotros no vemos con claridad estas y otras cosas? En fin, les deseo un original pie de entrada para esta anhelada estación del año.

 

 

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