Crónica de febrero de 2016 de José Ramón Sales "LOVE MY LOVE"

LOVE MY LOVE

José Ramón Sales

 

 

 

«El deseo le pide al amor que prolongue sus goces, y el amor le pide al deseo que no lo deje sin locura. Ambos buscan lo que no puede ser».

                 Gustavo Martín Garzo

 

 

A veces, las cosas que nos unen son tantas como las que nos separan. Los seres humanos, rayanos en la simpleza o bien en la complejidad extrema, urdimos una espiral de extraños comportamientos. Vidas, las hay de todos los calibres y gustos, como un florido catálogo de Ikea. En él se exponen algunas soluciones prácticas a los problemas domésticos. Ojalá fuera así de sencillo con los sinuosos procesos mentales de algunas personas, muchas de las cuales necesitan de terapia, de la guía de un psicólogo que encarrile de forma coordenada y equilibrada los desaguisados cerebrales que se ejecutan en las cabezas.

Pensar suele producir dolor en las azoteas más sensibles; razonar, incluso algunas discontinuas cefaleas; y analizar y clarificar adecuadamente las sensaciones que  producen el entorno y las personas, tal vez un trastorno permanente. Pero debemos no profesar el execrable radicalismo, y observar con ojo crítico que muchas de estas disfunciones tienen su origen en una desestabilización química cerebral. Esto es asunto de otro cantar, y no deseo caer en una suerte de entropía. Por lo tanto, me ciño única y exclusivamente a esa especie de locura social desatada con el advenimiento de la era moderna, cuyo avance imparable ha deparado bondades y desgracias por igual. Si por un lado una bella sacerdotisa de Pan va esparciendo pétalos de rosa, por otro, un oscuro individuo envuelto en su saco de arpillera va aplastando secularmente muchas de las hermosas hojas.

Podríamos pensar que, a fin de cuentas, todo es un trasunto de los tiempos pasados; sin embargo, sería echar mal abono al fértil campo de la sensata reflexión. Opino, que cada época trae consigo sus propias propuestas, conforme la sociedad permuta y los individuos se transforman acoplándose a los cambios. A otros ayeres, otros problemas. Es muy probable que exista un elemento unificador que los aglutine, y desde el cual esparza sus células enfermas a través de los siglos; pero esto es materia de historiadores y estudiosos en otras áreas, más preparados que yo, que tan solo conjeturo llevado de mi viejo y sopesado juicio.

No hace tantos años se hablaba en tono trágico del «mal de amores»; un virus que afectaba el lóbulo temporal del cerebro, obturando la capacidad para reaccionar adecuadamente ante el extraño invasor. Como resultado, muchos se quitaban la vida ante la imposibilidad de seguir respirando sin el ser amado. Esto ha variado de forma radical en los tiempos que corren. Ahora, la gente mata a los seres que ama, y, dependiendo del individuo, se quita la vida después. Aquí podríamos valorar lo que algunos entienden por amar.

El amor es un apelativo que le viene pequeño a la emoción que intenta definir. En principio, porque tiene muchos rostros o interpretaciones, y cada cual lo entiende, asimila y experimenta a su manera. Todos lo llaman por el mismo nombre, y créanme, que para quien comete el latrocinio irreversible que significa arrancar una vida de cuajo, también lo es. Los individuos que malinterpretan eso del amor acaban perdiendo todo sentido de la orientación. Ya comenté una vez el efecto que produce la cultura y el intelecto como definidores de una clase social, y cómo la mayoría de los casos de violencia doméstica siempre suelen tener lugar dentro de una definida escala social. De todas formas, la inteligencia y la cultura no tienen mucho que hacer contra la pasión desbordada que producen ciertos estados amatorios en algunos individuos, ya sean nobles o plebeyos. En estos casos, a todos trata por igual. A las pruebas me remito.

Así que, como verán, toda frase hecha tiende a la inexactitud. Muchas de estas filosofías —a menudo personales y visionarias— tan solo buscan acallar las inquietudes y oscuridades de sus creadores o engolar el lado preciosista. Frases tan auténticas como «Solo la cultura da libertad», pierde a menudo la batalla ante fuerzas mayores como los estados regidos por las grandes tiranías, o, como en este caso, por la contundencia de la extraña demencia que analizamos. En ambos casos, puede conducir a la muerte. Nunca antes hubo un epigrama tan contundente.

A través de la atribulada interpretación personal de las cosas, se obtienen resultados francamente divergentes. Pero una inmensa mayoría desconoce lo que en verdad es el amor, entendido como un noble sentimiento hacia a otro ser humano —en este ensayo nunca me refiero al amor filial—, lo que siempre significa anteponer las necesidades del otro a las de uno mismo. No existen ambages de ningún tipo. En la relación de pareja esto forma el núcleo principal, el pedestal sobre el que colocar nuestro sentimiento. Es un acto de entrega mutuo que abona el feliz camino. Sin él, toda pareja estará abocada al conflicto y tal vez a  la disolución. Como diría Colin Wilson en una de sus obras: «Su total absorción en sus propios deseos y emociones lo volvía incrédulo hacia todo lo que estuviera más allá de su limitada comprensión». Es una tipología clara y concisa; el prototipo de individuo egoísta, rígido y limitado, cuyos desmanes saldrán a la luz, tarde o temprano.

Muchas veces la personalidad del asesino está enmascarada bajo una dúctil apariencia de afabilidad. Sin embargo, aun siendo el peor de los casos, no es la mala hierba que más florece en los campos de Cupido. Por regla general, el individuo muestra su áspera condición mucho antes. Se manifiesta a través en una infinidad de detalles, que toda mujer de mente clara y corazón templado debería vislumbrar, tal vez incluso en el principio mismo de la relación. El temperamento de la persona, su egocentrismo, su excesivo control que tiende a los celos, su afán de posesión, etc. Síntomas de estar sentado sobre un polvorín de inusitadas consecuencias. Con personas así, nunca sabes a lo que te puedes enfrentar en situaciones de riesgo. Las riñas y las discusiones son otro campo de pruebas donde observar las conductas peligrosas. Se habla mucho de las posturas a adoptar cuando ya no hay remedio; pero poco a nada, sobre la necesaria prevención de una suerte de enfermedad emocional, cuyos cortafuegos deberían tener lugar mucho antes. Y aquí, sí tiene mucho que ver la educación y la cultura, al menos una orientada a este tipo de problema. Las soluciones no pasan por intentar hacer una cura cuando el mal está demasiado desarrollado.

Los gobernantes de este país hacen bien poco al respecto, por más que denigran esta dramática lacra, mientras politizan con ella y se dan sentidos golpes de pecho al son de unas silentes congregaciones en público a modo de infantil denuncia. El susodicho teléfono de la esperanza tampoco es una panacea para estas mujeres maltratadas. Pero lo peor es la falta de justicia. Nunca las sentencias son acordes al delito. Si bien se mira, representa el epítome por antonomasia.

Si bien amar significa experimentar dolor a corto o largo plazo, puesto que al final estamos abocados a perderlo de una u otra manera, no hay razón para hacer de ello un sendero de espinas; ni tampoco para llenarse los ojos con tanta luz, que esta impida ver el claro del bosque. El amor humano tiene su máximo exponente en la entrega y la paciencia, en soportar todos y cada uno de los graves problemas que aguarda a la pareja en su aventura, la cual nunca se mece en un lecho de rosas, tal y como los medios nos pretenden mostrar. Esto es un engaño sin parangón. La sensación de arrobamiento ante el sujeto amado y la pasión que emana de ello, no sirven a la larga para enfrentar los cambios y convulsiones que se avecinan, y que todas, repito todas, las parejas sufren de otra forma a lo largo de una vida. Cada día existen menos parejas duraderas. Las necesidades del yo se anteponen a las del otro. Es así de simple. No cuesta admitir sin ambages que aquellas santas mujeres y aquellos virtuosos varones que han logrado sobrevivir a una vida larga en comunión, son merecedores por derecho propio de festejar un auténtico día del amor; aunque muy posiblemente ya lo hacen todos los días de su vida. A ellos debería erigirse, y no a otros, sendos monumentos en las plazas de cada ciudad que pregonaran a los cuatro vientos la calidad del cierto tipo de amor, si es que acaso hay más de uno para definir al auténtico.

 

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