Crónica de enero de 2017 de José Ramón Sales "En pos de la trascendencia. Recuerdos de James Dean"

 

 

EN POS DE LA TRASCENDENCIA

Recuerdos de James Dean

José Ramón Sales

 

Siempre que termina un año y comienza otro, una parte de mí se sensibiliza ante el recorrido realizado y el intangible horizonte que se despliega al frente. Cuando me asomo al ayer, no puedo dejar de observar mi constante ímpetu por trascender una vida henchida de bajíos y limitaciones. La más importante, el tiempo. Y es ahora, cuando uno de mis mejores amigos se debate en la ruleta rusa que dirime el vivir o el morir, la intención y el sentimiento con el que siempre he viajado, se vuelven más prístinos que nunca. Esto me hace recordar las palabras de James Dean:

«El hombre es lanzado a un mundo sin compasión en el que trata de cumplir sus propósitos, todos los cuales inevitablemente se quedan en nada al morir. Puede llegar a esquivar la idea de su inminente disolución viviendo su vida en términos de generalidades impersonales y convencionales, pero solo puede ser sincero consigo mismo viviendo constantemente con el pensamiento de su desaparición final de este mundo. El hombre está inevitablemente sujeto a un destino ante el cual no puede escapar. Tienes que vivir deprisa. La muerte llega muy pronto».

Palabras proféticas para quien dejó este mundo a una edad temprana. En cierta medida, puede que no le faltara la razón cuando afirmó:

«Simplemente, atraemos nuestro propio destino».

El mío ha ido en pos de la trascendencia. Lo intenté en su día con el centenar de fascículos que escribí durante una década para el Bruce Lee JKD Club que fundé. Después hizo lo propio con el Jeet Contact, el sistema de artes marciales que creé e impartí durante muchos años a lo largo de cientos de clases. Sin embargo, pronto me di cuenta de que con esto no lo conseguiría. El club tuvo una repercusión mediática limitada, y el poso de mi enseñanza se diluiría una vez que mis alumnos desaparecieran.

Mi condición mortal nunca me ha abandonado. Siempre la recuerdo; y ahora que el reloj de arena vierte su grano con mucha más rapidez, sigo mirando las palabras de Dean:

«Aunque viviese cien años no tendría tiempo para hacer todo lo que quiero».

Esta forma de estrujar la vida, a la par en la uno persigue trascenderse, tiene por necesidad que ser observada con cierto rechazo por algunas personas, amantes de un estilo de vida diferente. A día de hoy estoy plenamente convencido de que algunos de mis familiares y amigos me tienen como una especie de separatista con un pie en la anarquía social y familiar. Cierto que no comulgo con las celebraciones personales de unos y de otros, tanto por ánimo como por falta de tiempo y dinero. Sin ir más lejos, hace muy poco uno de mis sobrinos favoritos cumplía años; a este le siguió el de otro sobrino, y días después el de una sobrina. Dos palmos más adelante, el hijo de unos buenos amigos celebraba sus sentidas cuarenta primaveras. El mes próximo, una de mis entrañables sobrinas celebra medio siglo de vida. Todo esto sin contar otro tipo de eventos similares y onomásticas, por otro lado normal en toda familia pudiente. De hecho, no hace mucho asistí a las bodas de plata de dos familiares. Mi reticencia también abarca las célebres reuniones de noche buena, navidad, noche vieja y año nuevo. A pesar de esto, la mayoría de mi familia me respeta y quiere, pues tengo suficientes pruebas de ello. En mi favor he de argüir, que siempre que se me necesita para algo que revista cierta importancia, allí estoy.

Muchas personas no entienden lo que reviste escribir. Dejo que Dean lo exprese. Solo hay que cambiar actor por escritor:

 «Actuar es como una religión; te dedicas en cuerpo y alma a ello y de repente descubres que no tienes tiempo para ver a tus amigos, y para ellos es difícil de entender. No ves a nadie. Estás solo con tu concentración e imaginación, y eso es todo lo que tienes. Ser un actor es la cosa más solitaria del mundo».

Al mismo tiempo, estas otras palabras suyas echan raíces en mi pensamiento:

«¿Por qué demonios debo cambiar? Nadie va a decirme lo que tengo que hacer. Todo lo que he hecho ha sido según mis propios términos. No voy a aceptar órdenes de nadie».

Así pues,  no voy a disculparme por vivir la vida a mi manera, proyectada hacia algo que muchos no puedan entender. La gente tiende a vivirte, esto lo he dicho muchas veces. Todo el mundo quiere que te conduzcas y expreses en los términos que ellos desean. El choque es más profundo cuando las percepciones distan entre sí como el sol y la luna. Hay muchas personas que ajustan su vida a principios absolutos, y a estos sus esquemas de conducta. Los principios más convencionales y las ideas recibidas están anclados en ellos de forma inamovible, tal y como afirma Miguel Salabert en su magnífico ensayo sobre Julio Verne.

De todas formas, hoy en día no existe en mí ni un ápice de preocupación en relación a las personas allegadas que puedan  denostarme oral y mentalmente por seguir mi forma de mi vida, orientada a mi meta personal. Es algo insignificante, puesto que dentro de poco todos habremos desaparecido, y nadie recordará estas menudencias ni quien las originó. Y es que en mi forma de ver y vivir la pequeña parcela de mi existencia, el presente y sus consecuencias no tiene la importancia que reviste en la mayoría. Una parte de mi mente siempre trabaja con una proyección más lejana, entiendo la futilidad del hoy en el cómputo general. Por este motivo, cuando escribo, no solo lo hago para mis coetáneos, sino también para las futuras generaciones, para los seres humanos que nunca conoceré. Llegado a este punto tendré que incidir en lo de la trascendencia.

Para empezar, la hay de dos tipos: la personal y la global. La primera es la que acometemos al tener descendencia; es un pobre remedo de la segunda por cuanto una vez las generaciones sucesivas se evaporan, nadie va a recordarte. La global no está al alcance de todos, ni los afecta de la misma manera. Personas que sobresalen en la ciencia, la técnica y otros campos especializados, no suelen darse a conocer entre el gran público, sobre todo si la imparable evolución en su campo los relega a la trastienda. Lo mismo ocurre con personajes públicos de segunda categoría, que no llegan a la altura de los que dejan su huella en la historia con sus fuertes contribuciones a la sociedad, o lamentablemente con sus execrables delitos. Para mí el ideal reside en los que se inmortalizan a través de las artes, cautivando el corazón de los seres humanos generación tras generación. Aquellos que, a su vez, la han desnudado, mostrado y entregado en sus obras imperecederas. En mi caso utilizo el camino de las letras, libros escritos con minuciosa profundidad y dentro de un contexto intemporal, que permita ser leídos en cualquier época. Esto presupone un esfuerzo enorme y una dedición plena, aun sin saber si alcanzaré la meta. James Dean diría al respecto:

  «No hay nada que no puedas hacer si lo das todo. Si coges todo lo que tienes, todo lo que hay de valioso en ti, y lo diriges a un objetivo, tienes que alcanzarlo».

Desde luego no es un camino de rosas, y los tropiezos son grandes y lúgubres. Pero bueno, ya lo dijo Dean:

«Sufrir es bueno. Sufrir es el único modo de entender de qué va todo».

El genuino artista, sea cual sea su condición, suele ser un hombre controvertido, extraño e incomprendido. Su visión del mundo suele ser especial, motivo por el que generalmente destaca. Amor y rechazo son sus horizontes, pero él navega impávido hacia el rumbo elegido, capeando mares en calma y furibundas tormentas. Son seres humanos que sacrifican unas cosas por otras, y dejan atrás todo lo que suponga un lastre innecesario. Consigan o no sus metas, su empeño suele provocar los pareceres de muchos, cuyos principios y metas están en otro lugar. Y es que el auténtico creador siempre mira hacia el futuro, más allá de su elemental existencia, proyectando su energía hacia un infinito en el que aguarde la gloria de un sentimiento perdurable. Tal y como acuñó James Dean:

 «Una hora de gloria vale más que una vida sin nombre. Es del poeta Alan Seeger. Esa es la frase que quiero poner en mi lápida».

 

 

 

 

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