Crónica de enero de 2016 de José Ramón Sales "Saludemos al viejo 2016"

SALUDEMOS AL VIEJO 2016

José Ramón Sales

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Un nuevo año en el que algunas personas —sobre todo las más jóvenes— llenan su coloreado zurrón con planes a cumplir durante el ciclo de doce meses que tienen ante sí. Es como si un nuevo mundo se abriera ante ellos, y con él nuevas oportunidades. Es, desde luego, muy bonito. Pero, ¿real?

Con el poso de los años a uno se le van desprendiendo las reminiscencias de una niñez en la que atesoraba pensamientos mágicos, muchos de ellos fabulados por los adultos, como si de alguna forma la vida en sí fuera demasiado desagradable, y ellos se vieran en la necesidad de verter en ella algunos terrones de azúcar. Aún a sabiendas de que se diluiría tarde o temprano en su propia falacia.

Los propios cineastas siempre han urdido el cambio con excesiva vehemencia, aun consultando a veces al elenco científico; consecuentemente, vemos cómo el tiempo acorta distancias y el cambio sugerido no tiene lugar. Y es que dicen que «las cosas de palacio van despacio», y este es un vetusto castillo, un baluarte muy ajetreado a pesar de su jovial apariencia y remozado continuo. Definitivamente, los cambios tardan mucho en darse. Es nuestro propio anhelo el que propende la idea de velocidad al ritmo acelerado de los gigabytes. Solo eso.

Para empezar, somos nosotros los que hemos enquistado en nuestras sociedad eso que llamamos tradición; una forma de congelar las cosas para que nunca cambien. Así que no parece que nos pongamos muy de acuerdo con nuestras propias emociones. Queremos que algunas cosas se alteren; otras, no. Pero en el conjunto instaurado no es tan fácil. El engranaje social es mucho más complejo de lo que el individuo común intuye, generalmente instruido por la telenciclopedia —si alguien no inventó ya el término, lo acuño yo ahora mismo—. Pero ocurre algo en verdad divertido. Les contaré.

Sí que suelen darse pequeños cambios, pero nunca son los esperados; al menos el gran público. Casi todos ellos son referidos a un deterioro en nuestras libertades, esas tan proclamadas y alabadas en los estatutos democráticos, lo mismo que el de la igualdad. Los que ya han nacido en cautividad no pueden darse cuenta; pero los que hemos pirateado la cuenta de los años y huido como Logan, podemos observar el sinuoso, reptante y desalentador cambio de los últimos cincuenta años.

Los ilustraré para que aviven la parte durmiente, o la «zona gris», como mejor les venga. Y empezaré por recordar lo feliz que uno se sentía hace unos años cuando podía beber cuando quisiera sin que ello le reportara un pago al feudo. Podía viajar sin pasar una suerte de controles carcelarios, ni temer por su vida a causa de algún pirado, ni que le suspendieran el vuelo por causas que no fueran las habidas en el departamento de San Pedro Meteorólogo. También podía andar por la calle sin temor a ser asaltado por un delincuente, un vendedor, un vagabundo o un policía. La ciudad, en este y otros sentidos, se veía mucho más limpia. A día de hoy, la policía —sobre todo la recaudadora— patrulla las calles en coche, en moto o a pie en abundancia abrumadora. Nos sentimos como en Ciudad 17 de Half Life 2, controlados por un engranaje totalitarista, siempre a punto para dejarnos sin nada. Hace años, el guardia era casi un amigo; hoy día es el enemigo a rehuir. Malo, si se te acerca. Las personas podían viajar en sus autos sin tener que preocuparse por nada, excepto por el disfrute de conducir. Hoy en día no puedes ni toser dentro del coche; con toda seguridad una cámara te habrá hecho una foto, y ¡zas!, multa al canto. No había controles por todos lados —esto sí me recuerda mucho las distopías—, ni cámaras ocultas, ni vehículos camuflados a la espera de que caigas en una trampa. ¡Ah!, y podías ir sin casco sobre tu moto, sintiendo el aire en tus cabellos. ¡Esto sí era una sensación! También podías circular con tu máquina saboreando la potencia de sus caballos. Pero hoy están capados antes de nacer. Todas las prohibiciones apuntan de forma que sea fácil rebasar el límite establecido. Ya sea en velocidad, o soplando al globito, con poco lo tienes claro.

No hace mucho pensé que, cuando el límite legal no pudieran rebajarse más por el descaro que supondría, el Estado pasaría a «controlar» a los que van en bici, y si esto sucediera, al poco irían a por los tranquilos transeúntes. Ambas cosas están sucediendo ya. Así que aquello de dejar el coche para ir a tu bola por la calle, ya no es tan fácil. Ahora, al fin, te pueden multar estés donde estés.

¡Qué tiempos aquellos! No había ITV, ni «controles» de ascensores, ni de vehículos, casas, instalaciones o personas. La libertad, para una gran mayoría —y puntualizo rápidamente— alcanzaba las orillas del mar. Hoy las playas están llenas de leyes y sanciones. Lo mismo ocurre con el trabajador. Uno ponía su tenderete y a currar, como Dios manda, sin miedo a que se infringiera mil y una ley, a cual más absurda. Y encima mutables, con lo cual nadie se libra hoy día de un «control periódico» en su negocio.

Si de niño antes te portabas descaradamente mal, un cachete a tiempo te hacía reaccionar. O el castigo del profe, que te hacía repetir 500 veces una frase inculpatoria. Hoy esto se vería como poco menos que una obstrucción en el desarrollo psicológico del niño, y materia de denuncia hacia la escuela; lo mismo en cuanto al cachete de nuestro progenitor. En aquel entonces nuestros padres y profes eran La Ley; hoy son poco menos que un atajo de pedantes o viejos atrasados a los que hay que meter en vereda.

La vida ha cambiado en estos cincuenta años; pero, en muchísimos aspectos ha sido para peor; al menos en cuanto a la libertad del individuo se refiere, pues la que actualmente se nos vende es pura fantasía, el potito de los niños. Y hablando de potitos, me acuerdo de los alimentos de antes, donde no existía tanta chorrada junta en un mismo estante. Queso curado, tierno, semicurado, viejo, light, entero, bajo en grasas, bajo en todo, de cabra, oveja, vaca, burro. Lo mismo ocurre con lo demás. Dentro de poco se necesitará más espacio para contener todo lo que inventa la industria del yogur; ¡con lo cojonudos que eran los de toda la vida! Esos que las madres nos daban en tarros de cristal para hacernos crecer fuertes y sanos. Y miren hoy, con tanta variedad y control, el tema de la alimentación en este país es deplorable y hay más obesos y enfermedades debidas a trastornos alimenticios que nunca. Pero, vale ya, esto me desvirtúa del tema central. Debe ser cosa de la edad.

Relacionar todos los «controles» que se ciernen hoy día sobre nuestras pequeñas cabezas, se hace un imposible. «Control Central», o Skynet, si prefiere, ya ha elaborado uno de los sueños destinados a cumplir su programa de control sobre todas las unidades de carbono; esto es, el nuevo DNI, una maravilla con la que estaremos fielmente adosados a nuestro creador. No estaré para verlo, pero dentro de un montón de años un rápido e inocuo injerto en nuestro organismo ejercerá el acople definitivo.

Entre tanto, las cosas van lentas pero inseguras. Ha pasado el año y mi careto es el mismo. No me siento diferente. Tampoco lo que me rodea, a reducida o gran escala. Los políticos siguen con sus pataletas; los de «el otro lado del mundo», con sus constantes pedorretas; los piraos matando al vecino o a la parienta; los creyentes, reza que te reza para que el mundo cambie; los desalmados, chuleando las arcas estatales; el Dios del Trueno —en lugar de sus homólogos griego y romano, pongamos Thor, por lo del martillo y Los Vengadores— sigue tan cabreado como de costumbre, lanzando sus iras bíblicas sobre la tierra, y los que huyen de la guerras fratricidas, continúan perdiéndose en la bruma, cuando no en las profundidades abisales junto a sus retoños. Y sí, «el muerto, al hoyo, y el vivo, al bollo». La simpleza no la cura nadie, y el intelecto es la pieza agridulce del que pretende saber más. Nada ha cambiado.

Así que, el 2016, es un año como tantos; eso sí, un eslabón más de la cadena temporal que nos ata y desata a su antojo, como viñetas de una novela gráfica; a veces con trazos absurdos; y otros, definidos y hasta remilgados. Y así, lo único de lo que pueden estar absolutamente seguros, es que su tiempo de vida se ha reducido un poco más. ¿Deberían celebrarlo? Tal vez. A pesar de los pesares, yo les deseo lo mejor que la vida les deje capturar este año —y no con su móvil—. Y perdonen si he dejado traslucir parte de la mala leche que me embarga estos días, pero es que llevo encima un trancazo de mucho cuidado, el cual parece cebarse en mi persona, cual abeja cabrona sobre su flor preferida.

 

 

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