Crónica de enero de 2015 de José Ramón Sales -crónicas rebeldes- "La guadaña de la religión"

LA GUADAÑA DE LA RELIGIÓN

José Ramón Sales

 

 

 

 

«El mal no es solamente individual. El mal procede de la filosofía de la vida, generalmente aceptada».    Bertrand Russell

 

Hemos empezado el año con mal pie, tal y como cabía esperar de esta sociedad global hundida en la miseria moral, alejada de la realidades de sus vecinos y mecida en el fango de sus disquisiciones económicas. Las pústulas y enfisemas se multiplican en este entramado corroído por el poder y la hipocresía más descarnada, donde el impulso natural del hombre alumbra una violencia sin límite.

En estos primeros días del año, el fundamentalismo religioso ha vuelto a las andadas, si es que alguna vez dejó de merodear las tierras fértiles en busca de carne que llevar al cadalso. Algunos estudiosos indican que no es tanto el fervor religioso como el político, el que dicta los impulsos de estas gentes. No obstante, los que perpetran físicamente las matanzas, inmolándose como mártires, sí están imbuidos por un credo religioso.

A estas alturas de nuestra historia como seres humanos, resulta clarísimo cómo segregamos y separamos nuestras creencias mediante religiones y nacionalismos. Las fuertes desavenencias religiosas han creado un tapiz de muerte a lo largo de la Historia, dejando una estela sangrienta, solamente olvidada por los no quieren ver, ni entender. Los fundamentos de las religiones son caldo de cultivo para dislocación emocional de los individuos, fomentando violencia y muerte, llegado su momento.

Muchos pensadores y escritores han dado su parecer a lo largo de los siglos, argumentando, como Edward Bulwer Lord Lytton en «La raza venidera», lo idóneo de una sociedad que absorbiera «todas las bendiciones y consuelos de la religión, sin ninguno de los males que engendran las luchas religiosas».

Soy de los que opinan que tal vez las religiones hayan hecho un flaco favor a la humanidad. Para empezar, el número de víctimas que se han cobrado es verdaderamente escalofriante, a pesar de que los acólitos actuales nunca lo observen, indolentes con la sangre que abona su credo. Ellas nos recuerdan, no sólo que el  propio Jesucristo sufrió las consecuencias de las desavenencias religiosas, sino también el tema de las Cruzadas en los siglos XI al XIII, la «matanza de la noche de San Bartolomé» durante la guerra entre católicos y calvinistas en Francia, desde 1562 a 1598. También, las terribles guerras de la Edad Media entre protestantes y católicos, como la «Guerra de Esmalcalda», en Alemania; la «Guerra de los ochenta años», en los Países Bajos; la «Guerra de los treinta años», en toda Europa; las «Guerras de los tres reinos», en las Islas Británicas. Los judíos fueron perseguidos por los cristianos durante mucho. Felipe el Hermoso los expulsó de Francia, en 1.336, confiscando sus bienes, claro. Y los Reyes Católicos ultimaron su expulsión de España en 1942.  

Prosigamos.

En 1906, los judíos de Spira, Worms, Maguncia y Colonia, en Alemania, fueron literalmente masacrados. Y así podríamos llenar páginas y páginas, relatando las continuas luchas religiosas habidas en todas las latitudes del mundo desde tiempos inmemoriales. Estudios, como los del afamado Samuel Huntington, hablan en la actualidad de fundamentalismo cristiano,  judío o islámico, que ha derivado en acciones armadas y terroristas a lo largo del tiempo. Ideologías de raíz religiosa que conducen al terrorismo y que justifican comportamientos radicales adosados en los atentados del 11-S, el 11-M, o los de Noruega.

El catálogo actual muestra igualmente un abominable repertorio: el exterminio de cristianos por la milicia nigeriana, en África; el de los feligreses chiitas a manos de los radicales sunitas, en Pakistán; el de la comunidad cristiana a nanos de los jihadistas en Irak; el de la comunidad copta asesinada por los radicales islámicos, en Egipto; en Tailandia, entre budistas y musulmanes; en Skri Lanka, la sangrienta guerra civil entre budistas e hindúes; en la India, entre musulmanes e hindúes; en Sudán y en Malasia, entre cristianos y musulmanes. Sin olvidarnos del conflicto palestino-israelí, influenciado por los extremistas religiosos de ambos bandos; el de Bosnia y Kosovo, entre cristianos ortodoxos y musulmanes; el del Cáucaso ruso, entre separatistas musulmanes.

En fin, que en pleno siglo XXI, en el planeta arrecian las batallas religiosas.

¿Por qué la religión crea tales conflictos entre los seres humanos, abocándolos al caos? Puede que la respuesta se halle en una cierta insatisfacción por parte de un gran número de los creyentes, que la viven resignados, o temerosos; y otros, a los que influye en la psique de forma harto compleja. Esto lo abordaría mejor Freud; pero intentaré una muy simplista aproximación. Dice Grahan Hancock: «Las tres religiones semíticas principales: Judaísmo, Cristianismo, e Islam, tienen literalmente e mismo origen: el Antiguo Testamento. Y, aun así, nos hemos masacrado los unos a los otros durante siglos. Porque hemos tomado ese denominador común y lo hemos aislado para crear diferentes bases de poder. Puede que fueran instrumentos de liberación en el pasado, pero ahora son principalmente instrumentos de opresión que reprimen y suprimen el espíritu humano».

De este comentario parece dimanar la siguiente observación de Bertrand Russell:

«El concepto de pecado es una de las causas psicológicas de desgracia más importantes en la vida adulta. El sentido de pecado no hace una vida mejor. Hay en él algo de abyecto, de falta de respeto a sí mismo. Hace al hombre desgraciado y le obliga a sentirse inferior, por lo cual está predispuesto a quejarse en exceso de otras gentes. Admirará con dificultad y envidiará fácilmente».

En cierto modo, parece existir una especie de anomia corroyendo en silencio a muchos de estos creyentes. Y no es para menos, pues el dogma religioso impone leyes y preceptos que parecen ir en contra de la naturaleza humana. Subyugan la voluntad, escinden la libertad, y azotan con un inflexible cilicio, logrando que el hombre pierda y gaste su energía donde no debiera. La infinidad de preceptos creados aplastan lo natural; y el individuo se revela de la forma más insospechada. Todos sabemos algo de las precariedades que muchos seres humanos han soportado y soportan en aras de religiones feudales. No ha de extrañarnos que dicha presión y continencia explote a menudo de forma execrable. Todos los años las noticias se llenan de casos que han salido a luz pública; los más no se han sabido, ni se sabrán nunca. Y no hace falta mirar al vecino.

Como utopía de un renacer social, imaginemos por un momento un mundo sin las religiones, en el que dicho hueco se hubiera llenado de un aleccionamiento moral, a través de una educación socializada  impeliendo los valores cívicos. Nada de pasiones ni de fe, pues ésta contiene en sí misma elementos que llevan a la fatalidad, pues está en la naturaleza de la propuesta, aunque los de siempre argumenten lo contrario. En la proclama de la fe se halla la simiente del fanatismo; de igual modo que la pasión del amor contiene el germen de la destrucción. La pasión siempre abraza lo fanático, y su estallido depende de si algún día llega la ocasión y el momento para que eclosione de forma dramática. Pero esto es otro cantar, y no me quiero ir por los cerros de Úbeda.

No hay un eufemismo posible que podamos aplicar a otras formas de matar que tienen las religiones; ya sean por cuestiones de transfusiones de sangre, o con la prohibición de preservativos en zonas contaminadas de Sida. Ejemplos, los hay muchos. Lo que sí quiero expresar es que a los creyentes actuales se la repantufla los horrores suscitados en otros tiempos por su religión, tanto como los desmanes presentes o venideros, siempre argumentando que su creencia es la más higiénica. Y esto, querámoslo a no, es egoísmo, llevado después al grado colectivo. Sólo me importo yo, y lo que pienso, dejando a un lado la aterradora casuística.

La fe y el fervor patológico conducen a los excesos de todo tipo, ya sea torturándose con preceptos impensables, fustigándose las carnes con cilicios y otros lindos instrumentos propios de la Inquisición; arrastrando pesados maderos hasta la extenuación, crucificándose como Cristo, infligiéndose penas atroces, andando kilómetros de rodillas, amputándose el don del habla, etc. Esto sucede aquí mismo, en nuestra España; y si esto no es fanatismo, los burros vuelan, aunque yo no lo haya visto. Así que, antes de tachar de fundamentalistas a los vecinos, seamos serios, tengamos dos dedos de frente, y veamos lo que acampa a nuestro alrededor, socialmente aceptado. En fin, si ya lo decía mi buen padre, poco metido en estos asuntos, pero muy lúcido de mente: «Que no puede traer nada bueno tanto pecado y tanto salvador escolarizado. Que si los unos se arrastran por los suelos, y otros hacen rezos a mitad del día, o desgranan cuentas constantemente. Unos con sus letanías frente al muro, y otros en las cuevas. Que esto, hijo mío, es un cacao del que no se aclara ni el propio ser humano. Tantas chorradas para morirse todos igual».  Por eso, decía yo, que si no hubiera religiones, nos tiraríamos los trastos a la cabeza por diferencias culturales y de poder; pero al menos habríamos eliminado una de las peores fuentes de enfrentamientos entre los de nuestra especie. Un impulso que sale a la luz con facilidad cuando exponemos nuestros pareceres en contra del clero y la religión, y la mayoría de los creyentes enseguida se ponen en jarras, y hasta un pelín violentos. Pues eso, que no hemos avanzado tanto desde el Mesolítico. 

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