Crónica de Octubre de 2016 de José Ramón Sales "Manías"

MANÍAS

José Ramón Sales

Son muchas, constantes e inconstantes; a veces desaparecen durante un tiempo,  pero cuando vuelven lo hacen con más fuerza. Casi nunca nos dejan, y se van perfilando desde la más tierna infancia. En general, son producto de nuestro desarrollo a lo largo de la vida, de las peculiares circunstancias que rodean nuestras aventuras, ya sean domésticas o algo más venturosas, y de nuestro carácter, puesto que mucho tiene que ver cómo reaccionamos nosotros ante los elementos.

Como es natural, a lo largo de la vida he presenciado muchas de estas manías en una gran amalgama de individuos; y según cada cual, podía tratarse de una quisquillosa nimiedad, o bien algo digno de ser sometido a la lupa del psicoanalista. He conocido extremos, dignos de Snow Cake, la excelente película canadiense de Mark Evans, en la que una maravillosa Sigourney Weaver, contrastada con un insuperable Alan Rickman, nos ofrece una increíble interpretación, dando vida a una mujer adulta con un retraso mental, el cual la lleva a tener una serie de cervales manías, de lo más curiosas e inimaginables.

Las manías podríamos catalogarlas como pequeñas, medianas y grandes. Las hay de tipo personal y colectivo. A poco que uno pueda ser algo sensible, será capaz de reconocerse algunas pocas. Siempre las hay. Desde las que tienen que ver con el aseo personal, la casa y el orden de los elementos, hasta la forma de condimentar un guiso o escribir un libro. También es cierto que hombres y mujeres adoptan manías un tanto diferentes. Si en  ellas el orden y cuidado de los nidos puede llegar a ser exasperante para ellos, todo lo concerniente con el horario de las comidas y las reglamentaciones de su ocio, es el equivalente para ellas.

Por lo general, las grandes manías y aquellas que más llaman nuestra atención, son las que tienen que ver con las cosas más intranscendentes; al menos en el baremo de alguien en su sano juicio. Al punto, de que si uno de estos detalles no está en su orden correcto, nuestro personaje es incapaz esa noche de conciliar el sueño. Hay personas que siempre se sientan en lugar concreto dentro de un local, y algunas tienen que beber e ingerir alimento dentro de un orden secuencial estricto. Nunca alteran ese orden. Suele tratarse de individuos con un sentido acusado del horario. Se levantan y se acuestan a la misma hora. Las comidas y demás actividades siguen el mismo orden.

En mi larga trayectoria como hombre de gimnasio, solo tenía que ver el reloj para saber que al poco, tal cliente entraría por la puerta. Este personaje siempre dejaría los atuendos en el vestuario en un lugar y en un orden determinado. Siempre salía del gimnasio a la misma hora, no importa que el cielo se juntara con la tierra; y aunque ya he dejado de verlo, sé que mientras las fuerzas se lo permitan, no variará ni un ápice su regio plan de entrenamiento.

En fin, las manías son tantas y tan divertidas, que si uno mismo las viera fuera de sí en un filme cómico, seguro que reiría de buena gana. Los más reticentes a que se les achaque alguna manía, suelen hablar de costumbres, lo cual es una forma más agradable de contemplarlas. Cualquier mortal puede hacer la prueba durante una jornada, con tan solo observar con mirada clara y serena a nuestros semejantes, ya sea en casa, en el trabajo, o en el gimnasio.

Una buena amiga se obsesionó durante mucho tiempo y pasó horas a fin de tapar un diminuto agujerito en una pared chapada en madera. El oricio era tan imperceptible y se perdía entre las aguas de la propia lámina, que uno tenía que hacer cierto esfuerzo para verlo. Después le tocó el turno a los cuadros; llenaba las paredes solo porque tenía algunos sobrados y quería darles utilidad, aún a fuerza de recargar la vivienda para la que profesa una adicción fuera de lo común.

O esa otra, que a pesar de no usar el 5.1 para ver películas, y solo utilizarlo de vez en cuando para escuchar los viejos Cds, su manía por los desconocidos asuntos de la tecnología la llevó incluso a desear vehementemente ajustar el retardo de los altavoces.

Y ese otro amigo cuyo muñequito fetiche debía estar puesto de una forma muy concreta en el mueble del salón; o aquel que necesitaba salir siempre de casa con un pañuelo y un bolígrafo, fuera donde fuera, y que hablaba de lo de hombre prevenido vale por dos para ocultar su comportamiento rayano en lo neurótico.

Las manías colectivas no son tan divertidas como las  individuales, las cuales observa el espectador cabal con mórbido placer, pero nunca cuando todo deriva en estupidez; eso es otro asunto, en el que no puedo estar más de acuerdo con mi querido Pérez-Reverte. Las colectivas, por serlo de muchos, pierden toda su gracia. Ver a una miríada de tipos ataviados como celtas ante un partido de fútbol, pues eso. O contemplar a los maníacos televidentes, afianzados al Gran Hermano Político, y luego oír sus tontas disquisiciones, menos todavía. Esto nos conduce a una tercera cepa de las manías: la de las impuestas meretrices estatales. Como tal, servicios a cambio de dinero.

Por escoger una, la de la inefable ITV. Aún estoy esperando ver que el índice de accidentes merme gracias a la revisión  de vehículos. Y si alguien es capaz de esgrimir que gracias ello no hay más, pues le diría que es uno de los afectados con el síndrome del temeroso; personas que siempre se están llevando las manos a la cabeza a tenor de lo que unos y otros alarmistas venden sin escrúpulos. No son como los de antaño, quienes biblia en mano arengaban a la medrosa multitud con aquello de ser pecadores con un pie en los infiernos desatados. Estos vaticinadores del apocalipsis bursátil, político y otras zarandajas, son de otra especie, no cabe duda; aunque son de la misma familia, la que sabe que el miedo vende y que los crédulos son multitud. Pero como no quiero ir mucho por las ramas, y tal y como los gobiernos plantean sus fórmulas para sacar el dinero a los ciudadanos, siempre apelando al mayor espíritu cívico, ya tenemos lo de las etiquetas ecológicas para los vehículos. De dos cosas estoy seguro: 1. El índice de polución en las ciudades seguirá siendo alto. 2. El bolsillo se resentirá.

¡Qué dichosa manía esa de inventar leyes sociales altruistas, que siempre son sufragadas por los mismos! Y lo peor, es que apenas sirven para algo más que no sea llenar las arcas estatales, siempre tan vacías.

Y ya puestos, y como esta columna mensual ya cumple sus cuatro años, puedo celebrarlo haciendo gala de aquello de Yo no me callo, a lo Esperanza Aguirre. Como tal, y teniendo en cuenta el cariz de su autora, sus aventuras de capa y espada, y su disposición a olvidar, cambiar y obviar cuento y contenido, me parece que a nadie le debería extrañar qué va a encontrar en él. Claro, que si yo estuviera en su lugar, y teniendo tan claro lo de la epidural inyectada a los españoles, que pronto pierden de vista el pasado más reciente, pues yo contaría mi vida como si fuera el Zorro, florete en mano, desvelando y malbaratando los planes de los malvados. Un héroe romántico de capa y espada y de rompe y rasga. Por lo pronto, seguro que Esperanza se sigue llenando los bolsillos; y es que, nacer en España puede ser un infortunio o un milagro.

 

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