Crónica de octubre 2014 de José Ramón Sales. Crónicas rebeldes "Un virus recalcitrante"

 

UN VIRUS RECALCITRANTE

por

José Ramón Sales

 

Pues henos aquí, avanzando con paso firme por el nuevo siglo, tal y como nuestros ancestros hollaron el mismo suelo bajo sus pies. Visto así, la diferencia en el tiempo debería reportar una visión un tanto feérica de la nueva singladura; pero lo cierto es que, aparte del avance tecnológico, no hemos adelantado mucho en cuestiones de talante.

A día de hoy, seguimos abducidos por las mismas cosas, y reaccionamos de la misma forma que antaño, pareciendo  que esa lacra,  compañera en el viaje por la vida, sea algo congénito en nuestra especie. Quizás por este motivo pronto pudo demostrarse lo ineluctable de la cuestión, y el ingenio humano encontró la forma de sacarle un provecho. Y en nuestro país mediterráneo —todo cháchara y francachelas— la pócima surtió más efecto que ningún otro lugar. Puede que se debiera a nuestro pasado mercader, de la mano de fenicios, griegos e ítalos; o tal vez por el clima, una de las mayores influencias en la psique de los individuos. Aunque darse razonamientos es como debatirse en una de esas nefandas en inservibles tertulias televisivas, dirigidas al público más ingenuo e impresionable. Que por desgracia, es la mayoría. ¡Para mayor gloria de los informativos y espacios similares! Legión ávida como servidumbre de lo íntimamente morboso, exaltado, dramático e inútil.

Estos días un virus amenaza la conciencia social, que ve peligrar el futuro de sus mascotas. No voy a perder el tiempo con el infausto acontecimiento que lo provocó. Era claro que el experimento no debió pasar de su lugar entre cobayas y tubos de ensayo, y que la inexperiencia e ineficacia eclosionaría a las primeras de cambio. Sólo hay que ver los títeres de la opereta y la puesta en escena, para ver el desarrollo de la función de turno. Como en su día, sólo hubo que mirar el alma de Pujol, o la de Jesús Gil, grabada a golpe de cincel en sus rostros, y en sus ademanes. Claro como el día; pero no tanto para los badulaques que ahora se llevan las manos a la cabeza aspirando la estela dejada por sus cantadas fechorías. Lo malo es que, ni aun así, gran parte del colectivo aprende de veras la lección, condenada a perpetuarse por los siglos de los siglos, amén.

Error sobre error, la incompetencia en este país se muestra como una parábola, cuya alegoría debería sentar las bases de lo incorrecto en el futuro nuevo mundo, si es que alguna vez podamos etiquetarlo así. Y la culminación de la insensata y peligrosa simplicidad con la que muchos se mueven por la vida, afectando a todo el conjunto, la tenemos clara con el tema de la mascota, aparentemente infectada de ébola.

El revuelo entre los más fundamentalistas en el sector del amor animal, ha sido contundente. Como muchos otros, en muchos otros temas, sus gustos, tergiversados por el sentimiento que deviene su pasión, no les ha dejado ver la luz entre los árboles del bosque, y se han quedado dentro, felizmente sentados entre los champiñones y las amapolas. Peor aún es aquel, que no traicionado por el más sutil de los conspiradores, ofrece una opinión candorosa al estilo Disney.

Ni por un momento en la piel de quienes han de vérselas con el mortal enemigo, y sin contemplar el gasto que requeriría tan «noble» acción, los exaltados —pues los hay de muchos tipos, e igualmente peligrosos para núcleo social— no tardaron en poner el grito en el cielo por un animal, potencialmente peligroso. Que luego no lo fuera, no empaña esta cuestión.

Cuando hablo de inopia intelectual —laurel que prende con honores en la parda testera de nuestro país, a decir del cómputo europeo— lo digo con muchísima propiedad y sin retruécanos. Afecta a nuestro modo de vida y a los problemas en los que nos vemos involucrados; siempre los mismos. Y si no, analicemos mínimamente la cuestión que nos ocupa.

¿Es una paradoja, o es una clara deficiencia? Que lo cortés, no quita lo valiente, señores. Y resulta chocante que las detracciones hayan surgido en un suelo donde todavía tienen lugar fiestas paganas, con sangre y muerte de hermosos animales. Por no hablar de todas ignominias sufridas por este inocente colectivo en el folklore nacional. ¡Vamos, que es de risa! Las correspondencias con los que van a misa y se golpean en el pecho, para luego salir al fiero día y arremeter contra él con todas las amas posibles, es más que notable. Pero la cuestión no termina aquí.

Atrincherados en su simpleza, muchas personas ni siquiera se plantean la utopía declarada en «Rebelión en la granja» de Orwell. Que todos los días son sacrificados animalillos inocentes que han sido abandonados por sus dueños. Que muchos ahogan a una camada excesivamente prolífica, antes que vérselas con otros problemas. Que los matamos con ánimo de lucro, hasta casi extinguir una especie. Que en los laboratorios los utilizamos constantemente para experimentaciones de todo tipo. Que los matamos por deporte; y que, en primera instancia, los criamos y masacramos sistemáticamente para satisfacer nuestro carnívoro paladar. Y sin embargo, todo esto lo vemos como algo natural ¡Hay, si las felices mascotas supieran lo que hacemos con sus congéneres! No ha de extrañar la fábula de Pierre Boulle y su «Planeta de los simios»; aunque este servidor, asaz defensor de lo real, y lavado de gazmoñerías, utilice lo de simios en otro contexto, y con mayores dimensiones. En fin, que más valdría manifestarse contra cosas de mayor peso, como la de los diecisiete mil niños que mueren a diario de malnutrición. Pero en este país esto parece interesar menos que las pulgas de nuestro perro.

 

Descorramos ahora los postigos, y asomemos las narices por el ventanuco que da al exterior. Una bruma insana recorre las ciudades, exhalada por miles de tubos de escape, fumadores empedernidos y humos de dudosa procedencia. El incesante trajín, el ruido y el estrés, marcan nuestros pasos durante la jornada. Y para colmo, el más oneroso alarmismo se ha colado en nuestras vidas, servido en bandeja por los ágiles y avispados noticieros. Un nuevo virus, cuyo brote ha saltado a la autopista electrónica, sirviéndose a la perfección de medios compulsivos como Wasshap, Twitter, y otras perlas maravillosas. Este virus ataca a la razón —empobrecida de por sí por la generosa distracción—, haciendo perder el inapreciado y valiosísimo tiempo en regateos de estar por casa, sin ton ni son. ¡Y luego nos atrevemos a llamar la atención de nuestros hijos ante sus adicciones electrónicas! ¡Vaya desfachatez! Pues los adultos son los primeros afectados por la nueva cepa, siempre atentos a sus  ordenadores, y a las pequeñas joyitas que siempre llevan entre manos. Vamos, que antes pueden prescindir de la mujer que del móvil. Vean, un día, uno de estos acólitos reverenciaba a su cosita, totalmente esclavizado a su lujuriosa propuesta. Su mujer le había hecho un comentario despectivo sobre ello, ya que la misa dominical aguardaba, y él no podía de soltar el artefacto, cuyo poder sin límite lo dominaba. Viajaba con él a todas partes, y no lo soltaba ni de día ni de noche. Pues bien, cuando el culo de su mujer se fue dando tumbos de un lado para otro; eso sí, muy apretado y enfadado, va y me suelta, entrando ya en la iglesia y bajando a duras penas el sonido del bichito: «Lo llaman altar porque en él se realizan sacrificios humanos».

Sobran las palabras.

A veces no distingo si se trata de un mismo virus, o de varios; aunque me decanto más por la tesis de un mismo río del que fluyen muchos afluentes. Y así, uno más de tantos podría ser el llamado «independentismo», que también hoy día hace de las suyas. Bueno, seamos sinceros, lo cierto es que es uno de los ramales más potentes, y ha estado presente desde el alborear de los tiempos, cuando al simio le dio por pensar.

Como ya he dejado claro que los virus afectan directamente a quienes tienen menos defensas, y en consecuencia, a tres cuartas partes de la población, subvenir una vacuna está descartado; por más que muchos se froten las manos con ello. ¡Qué más quisieran! Y así, la lógica de la ilógica aparece de nuevo. No en vano es uno de los síntomas en su estadio previo. Los infectados claman, despotrican e insultan a quienes desean la independencia; del mismo modo en que a largo de la Historia sucediera con otros países del mundo incivilizado; perdón, civilizado. Y quede claro que mi bote no surca tales aguas, pues creo que uno de los mayores errores humanos es precisamente la falta de unidad. ¡Cuántas cosas se hubieran alcanzado en un absoluto! Puede que ya estuviéramos viajando a las estrellas, más allá de Alfa Centauri. Eso no es óbice para ver las cosas claras, de no estar infectado. Todos, repito, todos, somos independientes por naturaleza, y lo llevamos a la práctica a lo largo de nuestras vidas, en mayor o menor medida: nacionalismos, regionalismos, ideologías políticas y religiosas, clubes, bandas, partidismos constantes. Hasta Las Fallas de mi ciudad adolecen de esta cepa. Nada más tenemos que contemplar los cientos de fallas que existen, unas junto a las otras. Cada barriada, o grupo de casas y fincas, quiere tener su falla, aunque ésta sea poca cosa. Lo más cabal sería unir fuerzas y crear menos, pero con más calidad, alzando la fiesta valenciana a cotas más elevadas. Sin embargo, desean más que nada saborear la independencia, aun en su precariedad.

Y dejen ya de tanto quejarse y buscar responsabilidades, y quítense el velo de sufridores, que la culpa también es nuestra. Que España somos todos, y no sólo unos pocos. Nuestra forma de ser y actuar —la de cada uno— afecta al país. Desde los vacuos programas de televisión, a la política. Cojan la goma de borrar y bórrense. Me gustaría ver qué harían esos pocos. Que esto es un matrimonio, y para que funcione necesita la colaboración de las dos partes. Todos somos responsables. Aunque sí es cierto que nos sentimos mejor cuando nos eximimos de todo pecado, y echamos las culpas a personas, situaciones, cosas, dioses o el destino. Este país adolece de una pobreza intelectual enorme; que no cultura. Y nos está pasando factura.

 Y aquí les dejo por hoy, queridos lectores y lectoras, armas en ristre, peleando contra falacias, hipocresías y otras zarandajas, como ya tienen por sabido. Y como en nuestro país privan las castañuelas, el jolgorio y la Liga, les dejo este alegato, a modo de chiste castizo.

 

 

 

 

 

 

Categoria: 

Scholarly Lite is a free theme, contributed to the Drupal Community by More than Themes.