Crónica de diciembre 2015 de José Ramón Sales "MES DE ELECCIONES Y 1001 FRUSTRACIONES"

MES DE ELECCIONES Y 1001 FRUSTRACIONES

José Ramón Sales






 

Resulta de lo más oneroso cuantificar la cantidad de promesas incumplidas por el Olimpo Político desde que los terráqueos subieron al poder en la anterior centuria, pues ya saben que en los ciclos cósmicos la cosa se mide a lo grande. Desde entonces el desorden acampa a lo largo y ancho del Consorcio Intergaláctico de Mundos.

Así podría comenzar una de esos ácidos relatos de Philip K. Dick, y no iría muy desencaminado. No son pocos los escritores de ciencia ficción que apuestan por un mundo cruel o apocalíptico, a tenor de lo que se cuece en el aquí y el ahora. Desde luego, no se les puede culpabilizar de un exceso de fervor intelectual, encaminado a la más salvaje de las ficciones.

Las elecciones de este emblemático 2015 son casi mejor que Los juegos del hambre. Nunca antes ha tenido lugar un despliegue televisivo singular y unas henchidas audiencias, pletóricas en cuanto a expectativa se refiere. Esto me hace reflexionar, y ver que en el futuro los candidatos tendrán que pasar unas pruebas a lo «hormiguero», en las cuales deberán hacer algo más que valerse de su estudiada retórica. Una suerte de Bertín Osborne podría conducir el programa, donde los participantes deberán mostrar sus cualidades como contadores de «chistes arguiñanos», el talento culinario, y ¿por qué no?, también su habilidad en el canto y el baile. Seguro que la audiencia se volvería loca y los índices se dispararían hasta Júpiter en la búsqueda del político «más deseado». Ya sé que esto tiene el tufillo melifluo de los concursos de belleza femeninos; pero, ¿quién no se retreparía cómodamente en el sofá para ver tales maravillas? Puede que, cansados de tanto dogmatismo cerval, lleguemos a elegir al individuo en función de sus «otras humanidades». Por supuesto, todos los concursantes han de ser hermosos, cual los protagonistas de nuestras series favoritas. ¡Oigan!, que no es un chiste tan malo. Vean, si no, a nuestros apuestos marines del otro lado del atlántico. No será el primer actor que llega a presidente, o a ostentar un puesto relevante en la política.

Pero volvamos al «territorio peninsular», frase repetida hasta la saciedad en los telediarios cuando se habla del tiempo. Y digo yo, ¿qué tiene de malo decir simplemente «península»? Cosas de la tradición, seguramente. Y es que, no son pocas las cosas que cuestan cambiar en un país donde la cultura no es una de las cosas en alza. Sí, sí, seguiremos quemando astas de toro hasta el día ese del juicio final de Terminator. Y el Senado seguirá existiendo, y las Cortes, y la Casa Real, y los diputados seguirán sin dar ni golpe y, como hasta hace bien poco, a cambio de unos pocos años de no hacer nada y estar henchidos de tanto privilegio, tendrán una paupérrima jubilación, de esas que hacen temblar de envidia a los mortales. Y claro, tampoco abandonarán el chollo una vez terminado su cargo; todo lo contrario, serán reinsertados como floreros en otros puestos donde se siga alimentando el gasto público: esa sangría provocada por los auténticos vampiros que se afianzan a nuestro cuello.

Personalmente, habidos ya muchos varapalos, creo que en las próximas «Olimpiadas Políticas del 2015» seguirá alzándose con el triunfo el hierático Rajoy; aunque severamente coaccionado por los nuevos cachorros, ávidos de la sangre del viejo león. Ojalá me equivoque; sería una de esas veces en las que lo celebraría. No es que piense que los nuevos adláteres vayan a cambiar siglos de un estilo político basado en el poder económico; no, ni mucho menos. Pero al menos habrá algo de confusión y replanteamientos, que espero beneficie al pueblo durante un tiempo antes de caer inexorablemente en su débito.

Este período de campaña electoral previo a las elecciones, bajo el pábulo de las cadenas de televisión tendrá todo lo necesario para crear grandes expectativas de competición y rivalidad —que es lo que más nos gusta—, cuando los líderes se enfrenten en «El Campeonato Nacional de la Liga Política». Nuestro presidente actual sabe que una gran parte de nuestra población está compuesta por unas generaciones que han vivido la época franquista y la transición. Es decir, unas generaciones con el miedo en el cuerpo. Y precisamente es ahí donde incide el líder actual; máxime cuando todo este grupo ostenta ya la suficiente edad como para mirar con recelo cualquier cambio. Así pues, su arenga se basa en el miedo; el mejor instrumento para vender algo con absoluta eficacia entre los seres humanos. La política, la religión, y hasta los meros programas sobre medicina o gastronomía, crean su audiencia y adeptos utilizando este atemporal procedimiento. Implanto una serie de temores, y luego ofrezco la pócima que podría reparar todos los males.

Pero, hete aquí, que el miedo sigue tan lancinante como de costumbre. Desde que un tipo llamado Felipe jugaba con su camisa blanca, su tono campechano, y su flor en la mano, la cosa no ha ido a mejores. Llevo más de treinta años escuchando esa suerte de trasunto discursivo, con las mismas promesas de cauterización y fecundidad. Lo único que cambian son los dogmáticos parlanchines; no así las gentes, que siguen acudiendo a las urnas con un aplomo digno de encomio, mientras que las juventudes siguen perseverando con su inocua tendencia a verse diferentes y querer cambiar el mundo. Observen las pretendidas revoluciones a lo Elvis, o a lo John Lennon y al movimiento hippie, veamos cómo sigue el mundo. Veamos que el rolfing de los ochenta —esa especie de yoga reconvertido en una absurda mezcolanza de autoayuda y espiritualidad— hoy se le denomina con cualquiera de los nombres que el espabilado, o espabilados de turno, nos venda como cura de nuestros malestares. Estén atentos y comprueben las mutaciones de turno.

Fue Stephen King quien apuntaló: «estas cataclísmicas cagadas de Dios, el hombre y la naturaleza», en su ensayo de los ochenta, titulado Danza macabra. No va muy desencaminado en su aserto.  Y es que cada vez estamos más oprimidos y mejor controlados, al tiempo que se nos manipula y se nos lava el cerebro con esa maravilla que es la coerción, como si de una obra de Heinlein se tratase. Normas sobre normas, ya no podemos ni beber un trago de agua mientras conducimos, ni tomarte una birra. A la que te descuidas, ya estamos infringiendo alguna ley. Hasta los pobres ciclistas están siendo sometidos al poder del «Control Central». Dentro de poco, cruzar una calle fuera del punto establecido, o tirar un papel, será sinónimo de dinero; quiero decir, de multa. Pero, en fin, todo esto entra en una antología con nombre propio, a tratar en otro momento y circunstancia.

Estas navidades, que deseo ustedes pasen henchidos de felicidad, y algún que otro placer innominado, serán otras más, donde la fehaciente historia —como esa que se ciñó sobre las muchas pasadas— dará su peculiar acorde. Ya he vivido arrebatos y circunstancias más dramáticas que las de estas fiestas, como para echar palomas al vuelo. Porque bien es cierto que todavía sobra en este país mucho candor y credulidad, y la máxima «Solo la cultura nos hace libres», dista mucho de figurar en el pódium nacional.

Pues lo dicho, les deseo a todos unas muy felices fiestas y un mejor año nuevo 2016. Y puesto que la vida tiende hacia una cierta monotonía, al menos esta vez pueden despedir el convulso 2015 con la puesta en escena de la campaña política, y seguir minuto a minuto el desenlace de esta suerte de nueva «Eurovisión». ¿Quién sabe?, igual acontece una insólita epifanía y todo cambia.

Va a ser que no.

 
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