Crónica de diciembre 2014 de José Ramón Sales. Crónicas rebeldes "Qué bonita es la inocencia"

 

¡QUÉ BONITA ES LA INOCENCIA!

por

José Ramón Sales

 

 

 

 

Avanzamos con pies de plomo en los comienzos del siglo XXI, y bien pareciera que todavía estamos en la época de María Castaña, oteando el farragoso horizonte, surcado de figuras venusianas y dalinianas. Y es que se me antoja que deambulo por un país lleno de gentes tan extrañas como extravagantes. La cordura parece haber saltado por la ventana de un rascacielos hace mucho, mucho tiempo, preguntándome si el ser humano alguno vez la tuvo. Más llama mi sentida atención el aspecto insano de una personalidad común, que parece poseer a la mayoría de los habitantes. Unos, en su malvada inteligencia; otros, en su chaladura sin límite; y muchos más, en su bucólica sabiduría.

¿No lo creen?

Pues vengan, y repasen unas pocas de las preciosidades, dignas de un catálogo de Andy Warhol, remozado con unas piruetas picassianas y una partitura wagneriana.

Genuino. Todo el mundo quiere ser especial y diferente. Sí, señores, forma parte de un impulso natural, nacido de tanto gregarismo y alineamiento preindustrial. Porque cada vez nos parecemos más a las hamburguesas del McDonalds, formando parte de una gigantesca factoría, de procesado rítmico, constante y eterno. Y hete aquí, que todos siguen hipnotizados los designios que marcan las modas en el vestir. No sólo muestra una incongruencia con el íntimo postulado, sino también una chaladura mayestática. Y a pesar de querer fomentar esa imagen exclusiva, la mayoría termina vistiendo igual: los mismos colores, idénticos diseños, mismo corte de pelo, etc. ¿No es para troncharse de risa?

Pasemos de hoja.

Mundo incauto. El Oráculo televisivo parece hablar a las gentes con la voz de la verdad. Y nos conmueve el altruismo de algunas de sus voces cuando nos exhortan a que pongamos en los apliques de la luz, atenuadores de intensidad. ¿Todavía más? Pero si una gran parte de los españoles ya van como en siglo XVII, recorriendo sus casas candelabro en mano. Pero no es ésta la cuestión. Lo patético es que los acólitos de la caja con sonidos y voces creen el mensaje, cuando les dicen que con el atenuador consumirán menos energía. Y no les falta razón. Lo que no dicen es que, de seguir el consejo de todas las bondadosas empresas, al final terminaremos con una buena subida en la factura de la luz. Porque han de enterarse de una vez por todas, que estos buenos samaritanos viven del consumo. Y si éste desciende de forma generalizada, tendrán que subir las tarifas, o los impuestos. Y acabaremos peor, mucho peor.

Hoja nueva.

La Crisis. Y lo pongo ya con mayúscula. Desde que nació este horripilante bebé, todos se deshacen en mimos, cuidando de que estabilice sus precarias constantes. Y así, ¡cuánta bondad sin límite! Todos tienen sabios consejos que ayuden a curarlo. Pero cuando haces un recuento de ellos, y miras tu depauperada cartera, algo falla. Y es que las unidades de carbono tienden a creerse de buenas a primeras todo lo que viene envuelto en un lazo de buenos y cívicos consejos. Sepan ya, si ya son mayorcitos, que «nadie da duros a cuatro pesetas», como ya decían en la época de mis esforzados padres, y no sin razón. Porque espabilados los ha habido siempre, y muchos. Que esto no es nuevo, vaya. Que siempre hay detrás un oscuro interés, en forma de negocio lucrativo. ¡Ay, pero que inocentes son ustedes! Y de esta guisa, los zapatos destiñen y se rompen, el celo no pega, el yogurt está lleno de porquerías, y el rímel de los ojos escuece, etc.

Paso a la siguiente.

Unidad. Independencia. La mayoría de los españoles abogan por una unidad que nos consolide ante el resto de países, fortaleciendo esta pizpireta Caja de Pandora. Todos hablan con mucha propiedad y sentido. El habitante de Europa, una de las lunas de Júpiter, —y perdonen por la irónica falsía—, a su arribo a la Tierra, habiendo elegido nuestro país como punto vacacional, lo primero que les llama la atención, después de la paella y un rioja, es que, a fuer de repetirse la cantinela de la unidad, los españoles han terminado por creérselo. Y es que, nuestros extraños visitantes no dejan de contemplar la acusada independencia de estos terrícolas tan dicharacheros, quienes anteponen su barrio, su pueblo, o su región, a todo lo demás. Algo más alejado queda su sentido nacional; y ya en un plano astral queda lo de pertenecer al continente europeo. ¡Qué raros son estos europeos!, dicen sus homónimos de Júpiter. Y es que los extraterrestres no tienen equivalencias para la palabra «incongruente».

Esta hoja es atractiva.

Rajoy, Pablo Iglesias, Zapatero, Aznar, Felipe. Socialistas, Populares. Derechas, Izquierdas. ¡Vaya cacao! No lo puedes digerir, ni con los mejores cereales de nuestro querido Mercadona. Años y años con la misma cantinela. De aquí para allá; y de allá para aquí. Pito, pito, gorgorito. Y todo para lo mismo. Siempre las mismas demagogias surcadas de grandes ideales, al mismo nivel que su descarado hedonismo. «Todos para el saco, y el saco en tierra», como decía mi abuela, que en paz descanse. Claro, que sus generaciones hace ya tiempo que están criando malvas, y los de este lado del charco, subidos a lomos de una acémila, con mantilla y castañuelas,  aún no parecen haber asimilado una importante lección de vida. Y helos aquí, apostando todavía por quién va hacerlo mejor, sin tener en cuenta la castiza historia de este país mediterráneo. ¡Que los genes, son los genes, caramba! Y esos nos los cambia, ni Pablo Iglesias, ni nadie. ¡Ah, imperiosa pujanza de la juventud! ¡Grandes son tus sueños, y esquilmados tus logros! Con unas birras, la consola y un partido de la Liga, todo solucionado. Mientras, sigan cayendo una y otra vez en las mismas redes, llénense de ilusiones, coman turrón, y crean que pronto llegará un Mesías salvador, que desterrará a todos los chorizos, e implantará las nuevas Tablas de la Ley. «De esperanza también se vive». Y mientras Curro Jiménez se ríe en el Cielo para Ladrones de Tercera. ¡Ah! Y si quieren manifestarse, por favor, en cola y ordenadamente. Y háganlo constar por triplicado en el Ayuntamiento de su localidad.

Paso la hoja.

Mundo inhóspito. Mundo Feliz. Raro, muy raro. Hay mucha gente que no llega a fin de mes y muchos que no cumplen con los requisitos mínimos para llevar lo que denominamos «una vida decente». Niños empobrecidos; personas seniles abandonas en los asilos. La lista es larga. Pero nadie parece darle importancia a todo esto. La gente habla muy sentidamente de ello, pero no mueve un solo dedo. En Europa, los unos cuidan de los otros, como una gran familia. Aquí todo es boquilla; y menudo piquito tenemos. ¡Si Séneca levantara la cabeza! El de la serie de Tv, claro. ¡Y pensar que hay gente poniéndole vestiditos a sus mascotas, con tanta mendicidad  y precariedad a su alrededor! En el Telediario nos ponen una tragedia abominable junto al notición de la salida del nuevo título de Call of Duty. Y es que interesa más un perro que el virus del ébola; y la muerte de Santa Alba, condesa de este señorío y otras nobles tierras, más que otra «catástrofe» hispana. En fin, siempre podemos seguir el culebrón de la Pantoja, ver un programa amañado de «Gran hermano», o inmiscuirnos en los amoríos y desamores de los famosos con «Corazón, corazón», y así sacarnos la espina de los tremendos desastres humanos que nos asolan. «El muerto al hoyo, y el vivo al bollo». El que más pueda, para él.

Última página de esta carpeta.

Gordura y flaqueza. Las hay de cuerpo y de mente. La una, revienta; la otra, no llega. Pero mira por donde, todos comen basura. Y los chuches comienzan su labor de corrosión, mucho antes que el alcohol. Claro, ¿pero de qué vivirían los dentistas y los sabios nutricionistas? Tiene que haber obesidad, colesterol, caries, y enajenaciones. Así los psicólogos también viven. Oigan, que mi vecino tiene la consulta llena año tras año. Así le van las cosas. Todo envidia, porque yo equivoqué la profesión. Con la pisca que tengo, ya sería rico. Ahora es demasiado tarde. Pero, «a lo hecho, pecho». Por otro lado, me hacen gracia todos los programas orientados al buen comer; saludable, por supuesto, porque ya sabemos que donde esté unas buenas morcillas, y unas costillitas con miel, hay un pecado seguro. Ya se sabe que todo lo placentero pertenece al cuerpo, y lo sano al espíritu. Por eso hay tanto pecado y tantas clínicas del alma.

Siguiendo con el hilo de la cuestión, pues parece de locos que unos estén cultivando su físico todos los días, y por otro lado se pongan ciegos de alcohol los fines de semana y fiestas de guardar. Claro, que lo de dentro no es materia  admirable. ¡Oh, felicidad de la ignorancia! ¡Placer mundano que alientas lo inconcebible! Esto viene a ser como las sufridas dietas, que hacen aguas a las primeras de cambio. Por un lado, tenemos una exacerbada psicosis alimenticia orientada a cuidar la salud; por otro, nuestra soleada tendencia mediterránea al «buen yantar». Vean si no los índices de nuestro país sobre la obesidad y el colesterol, ya a edades muy tempranas. Y hay que citar, por supuesto, todas las mierdas —con perdón—, que nos meten en productos alimenticios de dudosa, y no tan dudosa calidad. Y es que el negocio, aquí es lo primero y primordial. Y encima hacemos un favor, porque vete a saber qué pasaría si a todos nos diera por morirnos a los ciento y pico de años.

Y ya les dejo, porque tanta antítesis a lo «yo perdono, pero no olvido», puede degenerar en ese cotilleo español,  más vendible que un libro de Don Camilo José Cela. Y entonces este servidor podría saltar a la palestra de la fama. ¡Y menuda faena! Pues necesito permanecer sobrio, intachable, y en mis cabales. En fin, les deseo que pasen unas bonitas fiestas, y tengan un próspero Año Nuevo. Y como diría Ash —mi robot preferido— a los esforzados supervivientes del sombrío Nostromo: «no tenéis ninguna posibilidad, pero contáis con mi simpatía».

 

 

Crónica de diciembre de José Ramón Sales
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