Crónica de Agosto de 2016 de José Ramón Sales "Azul punteado de rojo"

 

AZUL PUNTEADO DE ROJO

José Ramón Sales

 

Este mes en el que el sudor, la sed y la mala leche corre por las venas, es un momento idílico para hablar de los sucesos acaecidos en este globito azul llamado Tierra.

Para empezar, y como presagio de futuras desgracias, en la anterior crónica hablaba de los toreros y de su rezo antes de salir al ruedo a jugarse la vida. Ya ven, ahora le ha tocado el turno a otro joven que hace del riesgo su profesión; y así es, por mucho que disfracemos el asunto de arte y de una presunta iconografía nacional. La polémica suscitada después con los mensajes en la red, es cosa de radicales, y ya sabemos lo que esto significa. Todos los extremos son desaconsejables. La muerte de un ser humano, y en especial la de un joven vital, es doblemente amarga. Cualquier aversión sobre la sangrienta afición taurina debe relegarse a la trastienda en una cuestión como la que nos ocupa; de no hacerlo así, siempre justificaríamos la muerte de todos aquellos que no piensan como nosotros. Y esto sí es terrible y preocupante. Personas con este nefasto sentimiento son aquellas que no dudan en tomar las armas y masacrar al vecino, llegado el momento. Y al arribar a esta costa, no puedo dejar de rememorar las sangrías de la Guerra Civil española. En fin, que la nueva muerte en la arena ha levantado ampollas entre los acérrimos detractores de la fiesta nacional. Claro, que tampoco les falta algo de razón, porque se trata de un espectáculo propio de la Edad Media, que incita la parte más oscura de los seres humanos, por mucho que quieran defenderlo como patrimonio cultural o arte. A los que así piensan, yo les propondría una fiesta donde al toro se le hayan limado las astas, o bien que después de explorar el lado artístico, no se le dé muerte al animal. Seguro que entonces la fiesta decae.

A estas alturas de la vida no voy a caer en el paroxismo que procura la muerte. Vivo rodeado por sus hazañas. La muy puta se atreve con todos, hasta con los humanos más heroicos y excelsos. Siempre está dando vueltas alrededor, de aquí para allá, y su apetito no conoce límite alguno. Lo mismo le da un nonato que un anciano; igual se lleva a uno, que a ciento o miles; todo depende del apetito. Hace poco ha hecho un quiebro no muy lejos de este servidor; cáncer, quimio, derrame interno. El uno con cincuenta y nueve; la otra ya con setenta y siete. En el libro de condolencias firmé: «Entre la vida y la muerte, el recuerdo de un ser humano auténtico viaja hacia un horizonte intangible».

El mismo día en el que estaba en el tanatorio se desplegaba toda la noticia de la masacre en Niza. Otro radical enfebrecido que se lleva por delante un buen número se seres inocentes, cuyo único pecado ha sido tal vez venir a la vida. ¡Qué se puede argumentar ante un hecho así! No es cosa de apretar un botón y hacer saltar por los aires a un grupo de personas; aquí todo es mucho más cruel: se trata de perseguir a las víctimas y aplastarlas bajo las ruedas de un enorme camión. Allí, en mitad de la fiesta que provee el patriotismo y el éxtasis veraniego, entre sonrisas y luces eclosionando en la noche. Y entonces, como la pesadilla que surge entre las páginas de una de las novelas de Stephen King, surge la parca, mutado su rostro por el de un titán metálico, muy acorde con las nuevas tecnologías del hombre. Ente de los mil rostros, no ha de extrañar que ella se sirva del cómplice entorno.

Aún medio consternados por la tragedia en el territorio vecino, más víctimas se acumulan en el fallido golpe de estado en Turquía. A todo esto hay que sumar las que ya están en lista de espera, pues las cárceles turcas no son precisamente las españolas, y a esos pobres desgraciados les espera algo peor que la muerte. Con toda seguridad el capitoste mayor hará una gran purga a lo Stalin.

Y como si fuera una de esas truculentas películas veraniegas, este verano llega a nuestras pantallas una producción alemana, a modo de torpe remake de El tren del terror, o El vagón de la muerte, que para el caso es lo mismo, hachazos incluidos. Claro está, que como parece que ya no existe la diversidad y todo adolece del acostumbrado mimetismo, pues el protagonista principal es el de siempre. Como el que hace poco se ha liado a tiros con los pobres transeúntes alemanes. O a cuchillazos en…

Entretanto, en otras costas, la gente ríe y se divierte hacinada en las playas, entre olas, toldos y nubes de algodón, alejados anímicamente de ese horror que les recuerda que ellos también están en lista de espera, aunque disfrutan de la delicuescente felicidad de la ignorancia al no saber qué número de turno tienen. Aparentes marionetas cuyos hilos son movidos por algo tan intangible como morbosamente cruel, tan solo queda rezar y resignarse mientras la parca urde el plan previsto para cada cual.

Si el teatro de la vida nada tiene de cómico, por lo menos el que se representa en España sí es gracioso. Ahora más que nunca es un consuelo. La función da comienzo con el portavoz de la obra dando el pie de entrada. Se trata de un comunicado que denigra las atrocidades terroristas, apelando siempre a la sobada democracia, al mismo tiempo que se da el pésame y se hace una buena propaganda política. Al final, las fotos grupales; esas instantáneas parecidas a las que se hacen a la salida de la parroquia después de las bodas, las comuniones, los bautizos, o lo que sea. El inapelable rigor mortis congelado en papel o bits; juego de luces y sombras para una posteridad apenas intuida.

Si las muecas modeladas en latón esculpen rígida tradición y puesta en escena, su utilidad no pasa del ámbito que rodea toda plasticidad y vanagloria, puesto que las condolencias, palmaditas al hombro e instantáneas comprometidas nada pueden hacer. La imagen del cuadro tiene como única voluntad atraer y moldear el espíritu del que lo observa. Pero en sí misma es una obra muerta, que se contempla como el mismo respeto con el que uno visita el mausoleo o la tumba familiar. Si la obra vive, lo hace en nuestra imaginación. No fue así cuando el pintor la esbozó y vivió de su creación; al menos durante el tiempo que le llevó pintarla. Eso sí es un acto que tiene consecuencias; pero la mera contemplación es otra cosa.

Tal vez, ejemplarizar con la metáfora no sea cosa útil en la península ibérica, como dicen por ahí; pero puestos a hablar por hablar, prefiero disfrutar de mi obra mientras la escribo, que ya los contempladores harán de las suyas, quiéralo yo o no. Lo mismo ocurre con todo el barullo político de La Gran Charcutería Española, en la que tienen chorizos de todos los tipos y regiones, más y menos curados. Y ya ven, el buenazo de Rajoy, con esos ojillos gachos tras las gafas torcidas, nos muestra su lado conejil, bajo el que subyace ese viejo lobo astuto, cuyo perfil tan bien retrató Arturo Pérez Reverte en una de sus exquisitas novelas. Por supuesto que no tenía una auténtica oposición, y sabía que su enemigo pecaría de confiado y produciría su propia derrota. Que Podemos flirtee con Maduro, con los independentistas catalanes y hasta con los terroristas, no es cosa grata; tampoco lo son sus exaltados discursos y las posturas radicales y hasta estrambóticas de las que han hecho gala sus militantes. Por otra parte, que el señor Revilla pierda el sueño ante el resultado de las últimas elecciones en la tierra que me vio nacer, no es extraño. Con un buen número de casos de fraude y corruptelas del PP en los juzgados valencianos, y que aun así obtenga dos escaños más en La Comunidad, se me antoja el descacharrante filme de Alex de la Iglesia. ¿Por qué tan ilustres apellidos, sinónimo de recato, son los que más tienden al exceso? Buena pregunta… pensaré en ello.

 

 

 

 

 

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