Crónica de agosto de 2015 de José Ramón Sales "ENTRE FIESTAS Y TRAGEDIAS"

 

 

 

ENTRE FIESTAS Y TRAGEDIAS

José Ramón Sales

 

 

No saben ustedes lo mucho que me agradaría dejar de reiterarme en la necrótica relación de las sempiternas desdichas terrenales. Les prometo que hago examen de conciencia con el fin de ventear mis pensamientos y así alzar el vuelo hacia tierras soleadas, refulgentes de color y fragancias exóticas. Vuelvo la mirada hacia los ayeres más recientes, y solo observo la estela aciaga y oscura que regurgitan las crónicas de este servidor. Y puedo asegurarles sin temor a equívoco, que no nací siendo esta suerte de agorero en el que parece me he convertido con el paso firme de los lustros. No. Nací como cualquier hijo de vecino, sucio y entre los gritos de dolor de mi madre, y los míos cuando me dieron la primera tunda de mi vida. Fue un recibimiento que nunca olvidaré y me preparó para lo me aguardaba. Aun así, con el tiempo llegué a ser tan idealista como lo es uno de mis hijos en la treintena. Y no fue, sino el azote de la vida y sus innumerables fanfarronadas, los que hicieron que prestara atención a los sucesos del mundo y me adentrara en sesudos cálculos sobre las probabilidades de ser feliz por tiempo limitado, y llegar a puerto con éxito. Si es que se puede llamar así al abrazo de la muerte.

Tal y como ya comenté una vez, las sensaciones espirituales y morales que me asaltan corren parejas a las de Woody Allen. Creo que ambos correteamos en el mismo parque de juegos, y sobre un columpio tocamos el clarinete, o la gaita, según se mire. A pesar de los posibles logros, ambos no podemos erradicar la sensación de haber sido estafados. ¡Qué decir pues de los que no consiguen nada, excepto dolor y desgracia!

Miren, intento con todas mis fuerzas dar un sentido racional a lo que parece no tenerlo. El mundo, con algunas pocas excepciones, me parece caótico y abúlico. En general, la masa, enfervorecida con lo banal y apática con lo que no debería serlo, nos arrastra al infortunio; ya sea por ellos mismos, o guiada por los correveidiles que bogan al servicio de los gerifaltes de turno, en cuyo regazo ronronean los adláteres de toda la vida. Y es que nuestras almas son como el jardín de Dios, con alguna mala hierba.

Hablando de malas hierbas, el estío no frena el paso de los desmanes; y así, entre festejos, alharacas e individuos engalanados con los disfraces más dispares, el asesino de costumbre se cuela en nuestras vidas para recordarnos que nadie está libre de semejantes atrocidades. Lo peor de todo es saber que no existe la justicia, tanto como que el agresor sabe que solo será mantenido por el estado durante una serie de años y luego puesto en libertad. Otro gallo cantaría de saberse que el crimen se paga con lo más preciado, con aquello que la bestia ha despreciado y cercenado en sus semejantes. No puedo reprimir pues una mueca torcida ante todos esos pábulos sin sentido, que no conducen a parte alguna, como ya está demostrado. Las condolencias y la repulsa no sirven de nada. Quienes crean que el mundo del hombre puede domesticarse con la bondad, han perdido el norte total y definitivamente. Significa, en primera instancia, no conocer los genes de la especie a la que pertenecen; y en segundo lugar, llenarse los ojos de pan, y la mente de absurdas falacias. ¿Se imaginan un mundo cuyos ejércitos y policía actuaran echando margaritas al vuelo al son de una salmodia apaciguadora? ¡Estaríamos ya todos muertos! La historia lejana y cercana bien lo atestigua. Son esos mismos estamentos los que dan fe de mis palabras. Si nuestras sociedades fueran pura bondad, no haría falta milicia ni armas; así que suponer que vamos a erradicar el mal con buenas intenciones, es cosa de necios.

El verano siempre me produce la ingrata impresión de que una mágica conturbación se gesta en este país, pues toda una amalgama de festejos crepita en nuestro suelo bajo los calores humanos y atmosféricos. Claro, que unos ascienden más y otros menos. Estoy pensando en esa batalla campal con fuegos de artificio que forma parte de las fiestas populares de… ¿y qué más da?... y que se ha saldado con unas cuantas docenas de heridos. Entiendo que haya individuos exaltados, sobrios o ebrios; pero que los promotores de tales manifestaciones las alienten con la mayor de las imprudencias, me parece del todo execrable. También me lo parece el bochornoso espectáculo que se ha dado en mi lugar de veraneo, localidad turística de la Comunidad Valenciana, donde durante varios días ha tenido lugar una macrofiesta promovida por esta magna alcaldía, dejando como resultado un nefasto balance de vómitos, meadas, suciedad, e individuos catatónicos. Un testigo directo me comentaba entre risas que era impresionante ver el amanecer con cientos de individuos pululando como fantasmas, a lo Walking Dead.

Una cosa lleva a la otra. Medito sobre los innumerables accidentes de tráfico que se producen en esta época, y cuyo parte da un perfil de gente joven, en coche o en moto. Y es que el alcohol, aunado a la natural euforia que provee estas edades, no hace buenas migas. Elevaría preces llamando a compostura racional, si no supiera que no sirve para nada; así que, me limitaré a seguir escribiendo, que es lo mío. Lo que ocurre, es que como ahora estoy inmerso en un tufillo de imágenes sangrientas, comprimidas en los amasijos de la tapicería y la carrocería de los vehículos, el nefando retablo me lleva hasta el lindero de la fiesta taurina, culmen de una inquietante perversión entre luces y chascarrillos, ovaciones y paseíllos medievales, donde se exhiben las mutilaciones del hermoso y bravo animal, torturado y sacrificado para mayor gloria de una muchedumbre anhelante de sangre. Y escucho que en lo que va de verano ha tenido lugar diez muertes por asta de toro. No deseo concitar más de lo debido a través de estas crónicas, pero si algo promueve mi compasión, es la falta de imaginación y racionalidad de la que hace gala el individuo que se pone delante de una fiera como divertimento.

Hete aquí que mi intento por disfrutar cándidamente del mes de agosto se está yendo por la borda. Unos y otros parecen empeñados en aguarme el pequeño estímulo que me depara estar sentado en la terraza frente al plácido mar turquesa, mientras degusto una copa de vino y una digna lectura. Y el adjetivo viene porque cada vez me resulta más complicado hallar un texto que me seduzca, entre tanta falta de imaginación y prosa aberrante, cuando no chabacana. Pero bueno, a lo que iba; las gaviotas planean a mi frente, los cúmulos flotan sobre mi cabeza, el mar me seduce con su rumor… y treinta y cinco ahogados en las playas durante el mes de julio. ¡Oh, cielos! Es solo una expresión, no vayan a creer que yo creo en… ¡solo me faltaba eso!

Los fuegos artificiales colorean la noche con un tinte tragicómico. Veo estallar los cohetes en el cielo bajo la bóveda estrellada de un eterno firmamento. Las facciones se iluminan, y por un momento tengo la impresión de que somos un mismo rostro distendido, hipnotizado por los refulgentes colores, blancos, dorados y encarnados. De algún modo parece poner la nota sentimental a todo este galimatías. Como si, de algún modo, se quisiera embadurnar la oscuridad con algo alegre y positivo. Y me pregunto, si este pueblo al que pertenezco por nacimiento, prosaico para las cosas sensatas, alguna vez hará algo más provechoso que tirar petardos y jugar al mus. Y hablando de juegos, ¿qué les parece lo de Alexis Tsipras? Todo un golpe para los idealistas y soñadores que aún son capaces de creer que no son vasallos de un poder milenario. Y es que la riqueza; o el dinero, como se prefiera, es el auténtico pilar de nuestras sociedades y genuino dirigente de las mismas, a cuyos pies rinden tributo todos los garantes de la política; esa raza vesánica cuyo papel es el de perpetuarse en poderío y riqueza a expensas de los pueblos. Puedo al menos hacer una concesión: unos más que otros.

Cantidades. No puedo dejar de hacer una correlación. Cuarenta mil inmigrantes en unos cuantos meses cruzando Europa, más los que llegan a oleadas a otros puntos del mapa. Nuestra presunción como habitantes de países más afables de este planeta nos está pasando factura. Era cosa de sumar dos y dos. Una cuestión de tiempo. La indolencia de ciertas regiones del globo hacia una mayoría que vive en condiciones precarias, bajo un feudo bárbaro y medieval, nos abofetea. No hemos querido ver que se trata de un mismo planeta y una misma familia humana. Es algo que siempre supe que sucedería y nadie parecía creerme. Lo mismo ocurre con el gran peligro de las religiones. El fundamentalismo cristiano crece ahora con fuerza en EE.UU. Las comunidades científicas y el pensamiento libre están siendo atacados en ciertas zonas. En Jerusalén las desavenencias de los credos se ha cobrado ya cuatro mil víctimas. El choque de creencias religiosas será del todo inevitable en un futuro. No mucha gente parece darse cuenta de lo que está por venir. La tensión crece; el odio es cada vez más palpable.

Mi cuerpo descansa sobre la tersa sábana; la fresca brisa nocturna acaricia mis piernas, y las olas rompiendo en la playa traen hasta mis oídos su tronar, lejano y rítmico. Por el ventanal puedo ver los guiños de las estrellas juguetonas. Parece casi irreal. Un mundo dentro de otro mundo. Entonces acuden las imágenes de todas esas hermosas mujeres colgadas de los brazos de los famosos, no importa la edad. Es como una postal típica veraniega que me hace esbozar una sonrisa maliciosa después de tanto avatar emocional. Me pregunto qué sería de todas ellas si fueran un poco menos agraciadas, sin un buen culo y un par de notables tetas bajo unos morritos sensuales y una mirada azul. Y es que a todos estos tipos parece que les atrae el mismo prototipo de mujer, ¿se han fijado? Y todas suelen ser «el amor de su vida». Y si no, ahí está el ejemplo de esa holandesa exuberante, veinte años más joven que nuestro astro cinematográfico, otro de los atacados con el virus de Afrodita.

Los párpados me pesan, mi mente necesita su descanso reparador. ¡Qué máquina más exigente, esta la nuestra! Entre comidas y sueños se nos va media vida.

En fin… hasta el mes que viene.

 

 

 

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