Crónica de abril de 2016 de José Ramón Sales "Sobre el idiotismo"

 

 

SOBRE EL IDIOTISMO

José Ramón Sales

 

Uno debe sentirse libre, ser honesto y realista y vivir la soledad de la vida de forma sincera.

                                                                     Sterling Silliphant (1918-1996)

 

Recordar la frase de este gran guionista de Hollywood, la cual resume su forma de ver la vida, a la vez que depara un magnífico pie de entrada a esta crónica, es un imperativo.

La estupidez humana se puede calificar y cuantificar; no cabe duda. Y sobre todo en estos tiempos, en los cuales todo parece volverse sospechosamente infantil. O es que yo me hago mayor; cosa que también es cierta. Claro está, que puedo parecer un arrogante; y no saben ustedes lo que me gustaría, pues sería un signo de que el mundo y una inmensa mayoría de sus gentes vivirían dentro de un orden cabal y en unas sociedades ejemplares. ¿Por qué estas no lo son? ¡Verbigracia! ¡Pues porque sus individuos están lejos de serlo! No hace falta ser un lince para responder. ¡Claro que hay un buen puñado de seres inteligentes y sesudos, provistos de una audacia sin límite, tensando los cabos de este maltrecho navío! Pero no son muchos en comparación con todo el tropel de mastuerzos a los que hay que desasnar urgentemente. Y sobre ellos, una troupe de taimados dándoselas de inteligentes. Pronto nuestro navío se trocará como el Holandés Errante, ese barco fantasmal lleno de espectros.

Miren que, a pesar de tener ya las cosas harto claras, todavía siento un estupor cuando una parte del mundo sufre horrores indecibles, y a su lado, cual inmisericorde telediario, la otra toca la guitarra. Suele decirse que la espesura no deja ver el claro en el bosque; pero es una fraseología inmerecida, pues antes que el verde, propio de una frondosa vegetación, esto es más bien un erial, o peor aún, un páramo lúgubre y yermo henchido de delicados cenagales.

Me preocupa que ante hechos tan importantes y con efecto devastador a corto plazo, la gente de esta castiza España se lo tome todo a guasa. Proliferan los chistes de mal gusto y los programas de radio y televisión que se dedican a bromear sobre grandes y profundos problemas. Quizás sea propio de nuestro carácter; y así nos van las cosas. ¿Se acuerdan de «ríete, ríete, que yo me reiré el último»? Pues eso. Mientras reímos, una parte del mundo y de nuestra vida agoniza. Así de simple para los simples.

Cierto es, que mientras me llega la hora de partir hacia el Más Allá, procuro atrincherarme con el fin de resistir el envite de este oleaje de idiotismo; sin embargo, no son pocas las veces que me quedo con un palmo de narices. Ayer, sin ir más lejos, mientras aflojaba la vejiga y después acicalaba mis maltrechas carnes, escucho desde la cocina a unas de esas marisabidillas —que tanto proliferan en la caja tonta— hablar con un aplomo y seguridad sin límite sobre ciertos aspectos de la vida de nuestro galán Antonio Banderas, y de insigne Mario Vargas Llosa, cuyo intelecto parece estar reñido con ciertas cosas de la vida. Estas «señoras» parecían saberlo todo, y lo exponían con rotundidad enojosa. Vamos, cualquiera en su sano juicio —algo que no abunda, y por lo que en este país deberían alzarse grandes y esplendorosas instituciones para la impartición de una sana psicología social— sabe lo complejo que resulta ahondar en los cuestionamientos privados de las personas, sobre todo cuando parten de declaraciones públicas. Es decir, que a uno solo lo conoce su propia madre, y a veces, ni eso. Pues nada, ahí están estos portentos debatiendo en televisión un sinfín de necedades fuera de toda lógica, de no ser la orientada a atrapar a las muchas moscas teleadictas. Pero bien pensado, ¿qué se puede esperar de un mundo en el que la mayoría de sus habitantes profesan creencias sobrenaturales por temor a la muerte? Que se lo digan al «hacedor de misterios» por antonomasia de esta país, el inefable Iker Giménez, que sigue estrenando episodios de su Cuarto milenio, como si fuera uno de esos seriales del CSI. Con los años que lleva emitiendo el programa, podría haber desnudado ya todos los del sistema solar y mundos adyacentes. Y es que, para los incautos de mente fácil, una sombra densa detrás de un extraño árbol representa toda una perturbación. Si el gran y exhaustivo Jiménez del Oso levantara la cabeza, a buen seguro diría. «¡Coño, como han proliferado los enigmas!».

Y que conste, que por esta vez no voy a decir nada de las ínfulas políticas, las cuales a más de uno le están produciendo un sabañón en el cerebro. ¡No, me resisto! En su lugar, y ya que estamos, sacaré a colación una de las citas de mi último y recién terminado libro: «El aliento de una imaginación desmesurada provee sus desbocados misterios». Esto es particularmente chistoso cuando vemos que una de las cumbres de la idiotez crece entre lo tenido como culto. Vaya broma, ¿no?

No sé si ustedes sabrán que en la literatura existe una variante denominada «Anotada, o Anotado». Suele estar confinada a las obras excelsas, donde una serie de expertos en la materia se dedica a diseccionar la obra y a proporcionar datos y jugosos comentarios a lo largo del texto. Bueno, pues para ejemplarizar traeré hasta ustedes, pacientes lectores, esa iniquidad denominada «Drácula Anotado», por ser una obra ampliamente divulgada.

Esta maravilla, con una introducción de Neil Gaiman, secundando al sin par Leslie S. Klinger, nos introduce en un nudo de chorradas tal, que toda alma cuerda y sensible sentirá la imperiosa necesidad  de enviarlo a tomar la ventolera, de no ser porque es una de las traducciones más fiables de la primera edición de 1897. Pero, síganme por favor, porque la cosa no tiene desperdicio; aunque antes de ir más lejos, si me lo permiten, dejaremos atrás el fenomenal despliegue de medios planeando sobre la creación de Stoker, tales como la Bram Stoker Society, la Transilvania Society of Drácula y otros muchos clubs de fans en los que se hace entrega de premios y galardones. En Dublín se patrocina una escuela de verano sobre Stoker y su obra; en Bistriz se ha construido un hotel como el citado en la novela, donde se ofrece una réplica de la cena de Harker. También se ha levantado el Castle Drácula Hotel en el desfiladero de Borgo. Las agencias de turismo proponen «La ruta de Drácula»; de hecho, todo el país está rentabilizando la llamada «draculamanía». Así son nuestras mentes; al menos las de muchos, tantos como para permitirse toda esta truculencia, dispuesta a «desangrar» a la infelices —o muy felices— víctimas.

Pues, como les decía, la premisa de la edición anotada, contrastada por algunos sabios colegas del autor, es que los acontecimientos relatados en la obra son reales, y que su autor se dedicó a alterar y ocultar algunas cosas, lo que da como resultado que existan algunas incoherencias en el hilo argumental. ¿Qué tal? No es broma, no. Y el estudio pormenorizado de la edición, así lo atestigua. De esta forma, cuando se encuentran con algún dato excesivamente ficticio, estos estudiosos alegan que se trata de una ocultación.

A menudo debaten las acciones de los personajes, y hacen cábalas sobre los posibles comportamientos no descritos: Tal vez esto… o aquello; puede que si Drácula…; tal vez los habitantes sabían…, etc. Esta, una de muchas, es muy buena: «Como Van Helsing habla de las extrañas formaciones geológicas de Transilvania, quizá Drácula estaba buscando fuentes similares de vampiros… ¿Querría hacerse Drácula una carpeta de falsas identidades suyas? ¿Planeaba reclutar…?». Las necedades se solapan unas a otras sin parar: «De nuevo Harker parece haber tomado su pintoresca descripción de otra fuente… Harker equivoca por completo la población del territorio».

Claro está, el error es poner en juicio del protagonista lo que tan solo es un asunto del escritor, o posibles errores, o que se haya valido de la más pura ficción a la hora de retratar gentes y lugares. Como escritor de novela, entiendo de esto un poco, y veo cómo una legión de lectores, llevados de una pasión subliminal, llegan a tomar la ficción como algo real, puesto que sus ensoñadoras mentes lo desean así. Las necedades se solapan unas a otras hasta erigir un intelectual y, a la vez, monumental despropósito. Todo es cuestión de imaginación, y aquí hay más de la cuenta. Dicho así, resulta hasta gracioso; pero cuando uno tiene delante los varios trabajos comentados de la obra por estos pretendidos expertos, no sé si reír o llorar, sobre todo por el daño que pueda inferirse en los jóvenes lectores. Y que conste que no se trata de simple nervadura deductiva; como tampoco lo es la ilación con el mal planteamiento de la inmigración, o el de la diversidad cultural, o la normativa que rige la conducción de transporte público, lo cual produce otro tipo de víctimas. En cualquier caso, hablar sobre una de las valoradas ediciones anotadas de Drácula, me permite ejemplarizar sobre el pertinaz idiotismo, a veces ilustrado con el traje de los domingos.

En fin, el más grande y mejor consejo que puedo darles es el que mi querido Aristarco le da a su amigo Graco en la última entrega de sus aventuras: «Cuanto más sabes quién eres y lo que quieres, menos te afectan los sucesos con los que nos abraza la existencia». Y es que, en el fondo, no deberíamos tomarnos muy en serio esta ecléctica fanfarria que es la vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

          

 

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