Crónica de mayo de 2014 de José Ramón Sales. Crónicas rebeldes. "Linda Lovelace. Crónica de una gran mentira" Acto primero

* Contiene spoiler de la serie True Detective.

 

LINDA LOVELACE. CRÓNICA DE UNA GRAN MENTIRA

Acto primero

José Ramón Sales

 

 

En la serie «True detective», los protagonistas suelen entablar  conversaciones con un toque entre lo trascendente y lo banal, siempre contrastando ambos aspectos. En una de ellas, el introvertido detective encarnado por Matthew McConaughey dialoga con su compañero de fatigas, interpretado por un más simplista Woody Harrelson. El tema: la responsabilidad de nuestros actos. Y es que, en un momento dado, uno de los dos cede a la tentación y se acuesta con la mujer del otro, cuando ésta lo envuelve en su tela de araña. En su defensa, el agraviante aduce a la rabia que en aquel momento sentía por su compañero, a causa del mal comportamiento con su dulce esposa; las mentiras, su conducta infame con otras mujeres. El agraviado replica que, aun así, siempre podía haberse negado. «Como verás, siempre existe otra opción», reconoce McConaughey, pues por más justificaciones que construyamos para aliviar nuestra responsabilidad, en muchísimos casos dicha alternativa existe.

Es éste un relato sobre una mala decisión, y cómo puede cambiar una vida, y los vanos intentos por borrar las consecuencias; es la triste y atormentada historia de Linda Lovelace, llevada a la pantalla hace escaso tiempo con poca fortuna, en un folletín infumable plagado de silencios y falsos planteamientos, muy a tono con la moralina americana. Los incautos espectadores, desconocedores de la auténtica historia, se prestarán a engaño, en un claro ejemplo de lo que es una trama oscura con espíritu de blanqueo. Y una vez más, nos sirve como anillo al dedo para ilustrar nuestra ignorancia sobre muchos temas de la vida, debido a la manipulación de los medios.

 

Linda Lovelace, fue y es, la estrella indiscutible de la película más famosa del cine para adultos, titulada «Garganta profunda», estrenada en el lejano 1972. Su protagonista ha pasado a la historia por ser la primera actriz porno en utilizar la técnica de engullir respetables atributos varoniles, haciéndolos desaparecer completamente en su boca, cual asombroso Houndini. Cómo podía llevar a cabo tales felaciones y seguir respirando, constituye una de por sí un proeza.

La película es también la más rentable de la historia del cine porno. Costó unos 25.000 dólares y según estimaciones, ha recaudado la friolera de seiscientos millones, poco más o menos, aunque algunas fuentes hablan de mucho más. En su época tuvo sus más y sus menos con la administración  del inefable Nixon, cuando el filme saltó de las proyecciones clandestinas a las salas comerciales, debido a la popularidad creciente de la cinta. La parte más conservadora presionó al creador del Watergate, viendo en dicho acto una amenaza para la moral, en un tiempo donde el cine para adultos era poco menos que un negocio relegado a la trastienda de los suburbios, intentando escalar en los medios, haciéndose un hueco en el mundo del espectáculo generalizado. Todo esto generó un juicio, muy controvertido en la época.

Poco después del clamoroso éxito de la película, Linda se divorció del hasta entonces compañero, manager, y finalmente marido, Chuck Traynor, al que más tarde acusaría de golpearla y amenazarla para que ejerciera la prostitución y filmara películas porno. A priori, esto pareció marcar un punto de inflexión en la carrera de la actriz, cuyos estrepitosos fracasos comerciales con películas de segunda dentro del circuito pornográfico, hicieron que Linda abandonara esta actividad, para, de improviso, formar parte importante de las ligas feministas contra la pornografía y el abuso a la mujer. Fue en esta etapa cuando denunció a casi todo el mundo que estuvo a su alrededor durante la etapa oscura de su vida; algo que, evidentemente, produjo ciertas reacciones. No fueron pocas las personas que se sintieron dolidas por sus comentarios en libros y entrevistas, suscitando un debate entorno a la veracidad de dichas afirmaciones. Los fundamentos y pruebas que argumentaron los ofendidos levantaron ampollas y persiguieron a Linda Lovelace durante el resto de su azarosa vida; en especial, la película de porno amateur que rodara en Nueva York en 1971, bajo el título de «Dogorama», a tan sólo un año de su espectacular estrellato.

 En el devenir de los años, la vida de Linda Lovelace continuó meciéndose entre dos mundos, pues tras librarse de las manipulaciones a las que fue sometida por el sector feminista, volvió a rozar sus raíces, para, al final, morir antes de cuenta en un accidente de automóvil en el 2002, después de llevar una vida enmohecida por el recuerdo, salpicada de enfermedades y desprovista de incentivos económicos.

Durante su vida, y después de su muerte, algunos historiadores, periodistas e investigadores, han untado su pluma en el misterio que la envolvió, intentando dilucidar la verdad, rebuscando en el hollín, e iluminando falsías; porque, a pesar de todo, es una historia muy humana, con todos los ingredientes que la hacen interesante y reconocible. Una vida, en suma, complicada y controvertida, con el suficiente carisma y aliciente como para ahondar en ella.

Ha sido mi interés llevar a cabo una labor detectivesca, pormenorizando todo el material y documentación a mi alcance, desvelando enigmas, e intentando realizar una exposición de la forma más sucinta posible hacia la conclusión final, rehuyendo, si cabe, el aspecto más somero de la trama. Llegado a este punto, se hace necesario comenzar por el principio.

 

Linda Susan Boreman nació un 10 de enero de 1949, en el Bronx de Nueva York, imprimiendo en su niñez los duros años de la posguerra mundial. Hija de un policía y de una madre autoritaria y religiosa, creyente en el castigo corporal como medio para espiar las faltas, asistió a una escuela católica, donde recibió el apodo de “Miss Santa”, por su condición de intocable, rehuyendo cualquier contacto masculino.  Y aquí debemos tomar nota del ambiente en el cual nace y se cría, como explicación a los sucesos que a continuación tendrán lugar, los cuales la marcarán de por vida.

Contando dieciséis años, la familia se mudó a Florida; en aquel final del los sesenta y principios de los setenta, aquella tierra era un pantanal sin explotar, húmedo y caluroso, surcado por interminables carreteras, sin comercios en muchos kilómetros a la redonda, y donde una jovencita poco agraciada apenas tenía salida alguna, salvo encomendarse a Dios. Una época en la que las chicas allí sólo podían aspirar a ser amas de casa, o tal vez camareras. Poco a poco la relación con sus padres fue agriándose, hasta que perdió su virginidad a los diecinueve, y dio a luz un bebé, que entregó en adopción, siguiendo los consejos maternos. Poco después regresaría a Nueva York, llevando consigo la idea de abrirse camino en la gran ciudad; pero sufrió un accidente de coche que ajó su escuálido físico, dejándola con unas cuantas costillas rotas, una fractura de mandíbula y el hígado dañado.

Con veintiún años entró a trabajar como bailarina de topless. En aquella época no existían las barras de hoy en día, donde las chicas realizan sus cabriolas. No es que fueran un atajo de pudibundos; simplemente, a nadie le había pasado por la mollera que un palo, colgado de techo a suelo, pudiera tener tantas «posibilidades». Aquí la cosa era menos sugerente: se trataba de tugurios de baja estopa, ubicados en arrabales poco recomendados. Penumbra, olores inciertos, luces rojas, y un pequeño escenario mal iluminado, alrededor del cual las otras chicas servían bebidas tan malas, como baratas. Por supuesto, la policía obtenía su tanto por ciento; de otro modo, estos locales hubieran durado menos que una gratificante meada en el callejón trasero.

Chuck Traynor dirigía el local. Con veintisiete años, era un excombatiente de la Segunda Guerra Mundial que había servido en la Marina. Un tipo duro, de toscos modales y rápida decisión, acostumbrado a la toma de riesgos. A ella le cautivó su carácter, algo bárbaro y elemental, pero valiente. No tardaron mucho en congeniar, y él la situó en un lugar preferente dentro del espectáculo. Traynor sabía que la sexualidad generaba dinero, y tenía a Linda, su mejor chica, ávida por aprender todos los trucos sexuales. Ni qué decir, que Traynor vio aquí su oportunidad, la que tal vez le llevara hasta el cine de adultos, donde se movía dinero de verdad. No pasó mucho hasta la aparición de Linda en la revista Bunny Yeager, posando en una serie de sugestivas fotos. Dicen que los polos opuestos se atraen, así que tardaron unas pocas semanas en irse a vivir juntos, mientras él alternaba su cometido de amante, cicerone sexual y manager, buscando sin cesar audiciones pornográficas y otros menesteres más sórdidos, donde Linda pudiera poner en práctica las nuevas habilidades. Es evidente que el andén donde hicieron pie transgredió las leyes morales de Florida, ya que hubieron de poner pies en polvorosa, escapando a los cargos de obscenidad que les fueron impuestos por la justicia. Y así fue como iniciaron su viaje a New Jersey, emprendiendo una de las más alocadas relaciones que se hayan visto jamás.

 

 
 
Crónica de mayo de 2014 de José Ramón Sales
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