Crónica de junio de 2014 de José Ramón Sales. Crónicas rebeldes. "Linda Lovelace. Crónica de una gran mentira" Acto segundo

LINDA LOVELACE. CRÓNICA DE UNA GRAN MENTIRA

Acto segundo

José Ramón Sales

 

Un viaje iniciático hacia el corazón de las tinieblas. Así se podría definir la loca aventura que emprendieron nuestros protagonistas; una alucinógena «road movie» a través de restaurantes de carretera, gasolineras y sórdidos moteles, teniendo al sexo como protagonista. Chuck Traynor había educado a Linda como a una esclava sexual, y ella no había puesto impedimentos. En su papel de proxeneta, él buscaba a los clientes en aquellos puntos donde paraban. A veces se trataba de un mero intercambio por una serie de servicios, ya fuera carburante o comida. La relación sexual podía llevarse a cabo en cualquier lugar, incluso en el mismo coche. Traynor estableció una serie de parámetros con el fin de preservar su notable adquisición, pues a pesar de todo hubo momentos de grata diversión, y él no deseaba que su chica confraternizara con la clientela. La regla era: evitar el diálogo, limitarse a realizar el trabajo, coger el dinero y largarse. A veces las cosas degeneraban en una serie encuentros algo más atrevidos, con Linda atendiendo a más de un cliente a la vez; y es que el ritmo que imprimían a sus vidas les abocaba a necesidades extremas, y a menudo el dinero, la comida, o la droga, llegaba a escasear, siendo consumidores habituales de marihuana y metanfetamina. Hubo un momento en el que Traynor decidió ir a Juárez, México, con el fin de conseguir dinero abundante y fácil a través de un espectáculo con chicas y burros, en el que se apostaban fuertes sumas de dinero. Según él, en cierta ocasión llevó a una chica  y ganó la no desdeñable suma de tres mil dólares. Traynor se prodigó en detalles, hablando del foso donde se llevaban a cabo los encuentros, con los estúpidos tipos alrededor, gritando y apostando sobre los centímetros de pene que cada animal podría introducir en tal o cual chica. Le habló de cómo colocaban a las mujeres boca arriba sobre un artilugio preparado al efecto, situándolas bajo el animal, enfrentándolas al enorme pene.

Al parecer, un providencial accidente de coche impidió que pisaran aquel mundo de apuestas clandestinas; y digo «al parecer», porque los posteriores relatos de Linda sobre su vida con Traynor se resume en una especie de catarsis abúlica, donde nuestra protagonista era poco menos que una prisionera de su nefanda pareja. El tiempo y las pruebas se encargarían de arrojar luz sobre la controvertida relación, y las afirmaciones de Linda Lovelace habrían de perder toda credibilidad. Pero no nos adelantemos a los acontecimientos, y prosigamos con nuestro relato, plagado de escabrosas situaciones.

 

Una vez instalados en la sombría ciudad de Jersey, repleta de cubículos pornográficos y apartamentos donde se rodaban los cortos, y estando a pocos minutos de Manhattan, la pareja viajó hasta la capital del dólar buscando entrar en el circuito de cortos porno de Nueva York, los cuales se filmaban con cámaras de 8 mm y solían estar patrocinados por redes mafiosas. Tras ser rechazada como empleada potencial por la famosa Xaviera Hollander, se centraron aún más en la búsqueda de audiciones para los cortos, alternando ella sus trabajitos como prostituta.

Al mismo tiempo que lo hacía el guaperas de Rob Edwards (más tarde conocido como Eric Edwards en el mundo pornográfico, y con el que llegó a entablar una buena amistad), contestaron a un anuncio de la revista Screw donde se buscaba intérpretes de sexo. Días más tarde recibieron la llamada del pornógrafo Ted Snyder (quien en 1989 muriera tiroteado en su jardín), reuniéndose en un cochambroso apartamento de la calle 48, en Times Square. Junto al mencionado director y camarógrafo, conocieron a Edwards, con quien Linda, además de su debut en conjunto, rodaría unos ocho cortos más; algunos con la participación de Cathy, la mujer de Edwards.

Tras muchas de estas peliculitas, entraron en contacto con Bob Wolfe, un famoso director de cintas porno, al que le gustaba explorar la parte más oscura de la psique sexual, mostrando orgías con enanos, bisexualidad, incesto, fisting, hard, sexo con animales, etc. Y con Wolfe rodaría dos explícitas cintas que la perseguirían de por vida, en las que aparece teniendo sexo con un shepard alemán.

Dejando atrás sus novelitas de los años setenta: «Dentro de Linda Lovelace» y «Diario íntimo de Linda Lovelace», así como «Out of Bondage», de 1986, en la que retrata su vida desde 1974, nos centraremos en lo que ella denominó su autobiografía, publicada en 1980 con el título de «Ordeal». A partir de aquí expondré el epítome de lo que ha significado el epicentro de los problemas y la verdad sobre esta legendaria filmación, anclada en la historia del cine porno. Una película que Linda Lovelace siempre negó haber hecho, pero que, finalmente, y dadas las circunstancias, no le quedó más remedio que admitir su participación en la misma. Debo aclarar que, a pesar de que las dos cintas llegaron a condensarse en una sola bajo el título de «Dogorama», en realidad fueron dos filmaciones distintas, para importuno de la malhadada Linda, la cual agotaba recursos.

Asistamos pues a los acontecimientos que la marcaron para siempre; y hagámoslo con mente abierta, percibiendo cada uno de los muchos detalles que se dan cita.

 

Estamos en 1971. Los cortos de 8 mm, realizados de forma rápida y con bajo presupuesto, forman parte de un emergente mundo, cuyas imágenes y emociones afloran en pequeños antros de sexo, en las crecientes salas X, reuniones clandestinas; y también vendidas por catálogo y distribuidas por correo, sorteando las leyes de la época en los Estados Unidos. Era definido como un producto de usar y tirar; pero con la cinta de Linda todo iba a ser diferente. Veamos cómo lo tamiza su protagonista en el libro.

Según Linda, un buen día Traynor le comentó que están pensando hacer «una película de perros» donde habría un montón de dinero, y le pregunta si le gustaría. Ella respondió con una rotunda negativa, la que no pareció surtir efecto en su pareja, pues él siguió adelante con el proyecto. Esa noche, en el apartamento de Jersey, Linda dice soñar con perros, pareciéndole imposible que las mujeres pudieran tener relaciones sexuales con ellos.

A la mañana siguiente, totalmente amedrentada, acuden a un estudio en el East Village. Allí todo parece más sofisticado: los decorados, la cama grande, los focos, las cámaras. El director y su ayudante la reciben con elogios; sin embargo, poco tiempo después ella les hace saber que no va a intervenir en una película de ese tipo, y Traynor la amenaza con un revólver. Así pues, no teniendo forma de resistirse, temiendo por su vida y muerta de miedo, se prepara para el rodaje siguiendo las instrucciones del director, el cual le relata el burdo argumento: Ella y su amigo Edwards están teniendo sexo. En un momento dado, él termina y se larga, dejándola insatisfecha; instante en el que hace su aparición el perro. No entendiendo de razas, aquel espécimen de «color canela y pelo corto», le pareció «más alto y delgado que un pastor alemán». El dueño era un chico joven, de unos veinticinco años. Había sido elegido porque su shepard alemán solía tener relaciones con su mujer, y por lo tanto estaba muy bien adiestrado. El director le preguntó si el animal sabría hacer su trabajo ante las cámaras. El joven le respondió afirmativamente, relatándole que el perro había tenido sexo con su mujer la noche anterior, y que había estado fantástico, bromeando con el hecho de que «era una buena cosa que no fuera un tipo celoso». Wolf preguntó si aquello había sido una buena idea, y el otro respondió que no se preocupara por «el viejo Norman», el cual puede «conservar la energía todo el día y toda la noche», y que «anoche sólo fue para recordarle lo que debe hacer».

«Me pusieron sobre el colchón, encendieron las luces y llamaron al perro. El perro me miraba con ojos pequeños y brillantes, y tenía la extraña sensación de que sabía más de lo que iba a pasar que yo misma», relata Linda, la cual comenzó con una serie de tanteos previos, siguiendo las indicaciones. Entonces Wolf interrogó al dueño de Norman sobre lo que éste solía hacer con su mujer en tal o cual punto, y su capacidad para los juegos preliminares. «Simplemente sensacional», repuso el otro.

Después de filmar una serie de escenas, con una aterrorizada Linda temiendo ser mordida o algo peor, el director le pidió a su estrella que se pusiera a cuatro patas, estilo perrito, y Norman, el hasta entonces espúreo coprotagonista, se convirtió veloz en el macho alfa de su pareja humana.  Después de aquello, Linda dice sentirse devastada, con ganas de morir; totalmente derrotada y humillada.

A puertas de su triunfo, la estrella de «Garganta profunda» aún atravesaría otras puertas, en cuyos umbrales se agazaparían los viscosos tentáculos de aquella filmación, abrazando una serie de inextricables sucesos.

 

 
 
Categoria: 

Scholarly Lite is a free theme, contributed to the Drupal Community by More than Themes.