Aristarco de Alejandria

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Las aventuras y misterios del más insigne investigador de la antiguedad junto a su querido amigo Tiberio Sempronio Graco, y unas pinceladas sobre el autor. J.R.Saleshttp://www.blogger.com/profile/17077814554580520753noreply@blogger.comBlogger50125
Actualizado: hace 8 meses 3 semanas

Presentación La sonrisa del chacal en Trapezzio Café, mayo 2011

Lun, 08/26/2013 - 10:30
Público esperando el comienzo del evento
Atención. A la derecha, Alberto Rodilla de Trapezzio Café
Introducción del periodista José Miguel de Vicente Petreñas
Explicaciones del autor
Firmando libros. A la derecha, Mario García Esteve
Detalle de firma
El autor junto a su madre y hermanos
El autor junto a Mercedes, su esposa y familiares

Presentación En la noche, Trapezzio Café, diciembre 2009

Dom, 08/25/2013 - 23:50
Público en planta baja
Público en planta alta
Introducción de Jorge Pérez
Charla del autor
Firma de libros
Detalle firma

Leer capítulo gratis de "La sonrisa del chacal"

Sáb, 08/24/2013 - 21:14

I CORAZONES Y SOMBRAS


 La luz del faro horadaba las tinieblas de la noche en busca de navíos a los que guiar hacia la seguridad de sus puertos, de igual manera en la que él andaba a la caza de una solitaria presa, a la que arrebatar algo más que la propia vida.En aquellas horas tardías, deambulaba sin rumbo fijo, recorriendo las callejuelas más ensombrecidas del Barrio Real, perdido entre conjeturas que su instinto debía satisfacer. A pesar de lo avanzado de la noche, el trasiego en la zona portuaria se precipitaba todavía con notable frenesí sobre el nutrido grupo de embarcaciones posadas en las calmadas aguas de la bahía, iluminada a esas horas por las múltiples antorchas y farolillos, que reflejaban su dorado matiz en las aguas, como estrellas áureas sobre un inquieto firmamento.La gran muralla apenas servía de contención, en aquella parte de la ciudad, al bullicio generado por la profusa actividad comercial del puerto, siempre atestado de navíos procedentes de los más variopintos lugares del Mediterráneo. Pero, a excepción de la febril actividad en los muelles, el resto de la ciudad dormitaba bajo la atenta mirada de los vigías apostados a lo largo del perímetro amurallado, y en la mayoría de los edificios públicos. Era una población bien guardada, donde se hacía un uso excepcional de la seguridad, en vías de proteger el gran patrimonio cultural que se escondía tras sus muros, impregnados de sabiduría, y largamente hollados por insignes hombres en todas las ramas del saber humano.Al pie de la muralla norte, contemplaba a las luciérnagas humanas, reflexionando sobre su posible víctima. Podría terminar fácilmente con alguno de los hombres apostados, pero prefería juguetear con el destino. Aguardaría a uno de aquellos disciplinados insectos. Dentro de poco las bodegas estarían repletas y la mayoría de los hombres regresarían a sus casas, recorriendo las solitarias cuadrículas. Sería ése un buen momento. ¿Quién sería el elegido de los dioses para ser la víctima propiciatoria? Cruel es, a menudo, el camino que siguen nuestros pasos. Pero, tal cual las estrellas iluminan los cielos, aquella misma noche uno de aquellos hombres exhalaría el último suspiro entre sus manos. Implacable era su instinto, donde se aunaban razón y necesidad, e inigualables sus características y habilidad, las cuales proveían el grado de eficiencia necesario para acometer sus oscuros propósitos.Era algo más que un calculado proyecto. Había un profundo odio que corroía sus entrañas y que necesitaba de forma apremiante conjugar con su plan. Deseaba, con cada partícula de su ser, aplastar, despedazar, aniquilar a todos aquellos personajillos estúpidos, crueles e hipócritas, que pululaban a su alrededor. Su mente urdía con velocidad los pormenores, y pensó, que tal vez, la carne de un hebreo serviría mejor a sus propósitos. Uno de los vigías que patrullaban por la muralla se le acercó lo suficiente como para comprobar que no había nada que temer del intruso. Lo saludó con una pequeña reverencia, prosiguiendo su queda caminata hacia el extremo de la torre norte. Abajo, las tareas de aprovisionamiento de las naves parecían remitir, así que era hora de dirigirse con paso presto hacia el barrio judío. Se deslizó como un susurro entre las dormidas calles, como una sombra encapuchada proyectándose en las silenciosas fachadas. Una vez alcanzado el linde de la barriada, aguardó impacientemente el paso de los hombres. La fría luz nocturna apenas hacía notar su presencia. Miró la luna creciente, fascinado por su aura blanquecina, sintiendo esa atracción que jalaba de su interior incitándolo a desnudar el alma. Cualquiera que se hubiera atrevido a ver su rostro, de haberlo visto en ese instante, hubiera recalado de inmediato en la diminuta esfera reflejada en sus prominentes órbitas oculares, que restituía el pozo sin fondo de su iris por la imagen sin mácula del satélite. Ahogó en su garganta el rugido, el grito que pujaba por salir de sus adentros, espirando el aire entre sus apretados dientes. En ese preciso momento, su buen olfato y aguzados oídos le rescataron de la profunda abstracción, advirtiéndole de unos débiles pasos en la lejanía.

Los dos hombres parecían charlar animadamente, sin considerar que el eco de sus voces pudiera importunar el sueño de sus vecinos en aquellas horas de la noche. Su andar era decidido, por lo que no debía tratarse de marinos o estibadores, a buen seguro de pesado caminar producto de la fatiga, sino más bien de avaros especuladores, ricos comerciantes o ambiciosos armadores.—A ciencia cierta, Aaron, que tenemos francas posibilidades de ampliar nuestro comercio en la India. Es por ello que lamento la postura de mi padre, tan extremadamente riguroso con las tradiciones.—Pero debes entender que tu padre lucha por mantener los ideales de nuestro pueblo, y ello le hace ser comedido.—Entiendo la postura, aunque no la comparto plenamente. Tú ya sabes que la práctica del ideal esenio no conduce al progreso —replicó el joven.—Es una lástima que no corran los tiempos de Evil-Merodach. La vida era entonces más generosa con los de nuestra raza —rememoró sentidamente el hombre de mayor edad, cuyas facciones moderadas se antojaban dilatadas, a causa de los contraluces.—Los tiempos cambian. Y debemos adaptarnos, si queremos sobrevivir y evolucionar. Permanecer en esa cerrazón no sólo nos aísla, sino que nos priva de la capacidad de emanciparnos y ocupar el lugar que nos pertenece.—Ya sabes que la Diáspora no mira con buenos ojos ese pensar tuyo. —Lo sé muy bien.—Comprendo el punto vista, pero, en verdad, es harto difícil hallar el equilibrio.—Tal y como lo veo, no va a poder evitarse la confrontación interna, pues entre los nuestros ya son muchos los que bogan por el progreso —explicó el joven, interrumpiendo su caminar. Sus vivaces ojos negros miraron directamente a los de su acompañante, en tanto el dedo índice de su mano diestra parecía querer recalcar las palabras—. Mira, Aaron, cerrarse al mundo no conduce a nada provechoso. Los demás pueblos nos miran con ojos recelosos, dado que no aceptamos integrarnos, permaneciendo como extraños en sus tierras, a las que pretendemos atar, despojándolas de sus riquezas.—Pero estas tierras son tan nuestras como las de ellos. Nuestro caminar por ellas se remonta a épocas en las que siquiera el gran Alejandro podía intuir.—Da igual la mesura del tiempo. Al igual que ellos, somos extranjeros en estas tierras. La condición nunca es olvidada. Unos vinimos a la fuerza y otros por nuestro propio pie. Pero no invalida el hecho, Aaron.—Pesarosa es la labor que recae en nuestros mayores, intentando adaptarse sin perder la identidad.—Nuestras raíces no tienen por qué verse afectadas, al menos de forma notable. Se trata de extraer lo mejor de otros pueblos, utilizándolo en nuestro provecho de manera armónica y sutil. Tengo miedo de que la inflexibilidad que nos caracteriza nos provea a la larga de terribles infortunios. Creo, sinceramente, que debemos evolucionar con el resto del mundo y no quedarnos atrás, pertrechados en nuestras prietas tradiciones.Las pisadas sonaban huecas, acompañando la plática de los dos hombres. Una ligera brisa sopló del noreste, recorriendo las alineadas bifurcaciones, adentrándose en los delimitados corredores que formaban las calles.—Mejor será que nos apresuremos si no queremos enfermar. Esta brisa es traicionera, Josías —aconsejó el hombre mayor, con un interés y afecto más allá del habido entre patrono y hombre asalariado. —Las antiguas costumbres me importan, relativamente, en comparación con las raíces religiosas —continuó matizando.—Pero, Aaron, una cosa lleva a la otra. A esa cultura que guardamos tan celosamente y tememos perder.—En el fondo, los reformadores son buena gente, a pesar de ser unos paganos —dijo Aaron, quien se movía entre un mar de dudas—. De todas formas, no me gustaría contarte entre ellos.—¿Puedes verlo? Esto es a lo que me refiero —expresó el joven, esbozando una radiante sonrisa—. Tu semblante y parecer rubrican la inflexibilidad de nuestra raza. ¿Por qué no podemos ser más condescendientes con las creencias de nuestros vecinos? Siguieron conversando entre bromas, sin darse cuenta de las móviles sombras que se deslizaban tras su habla. —En fin, sea como fuere —recapituló el joven, volviendo al tema inicial—, es una equivocación el que mi padre se niegue a importar el mejor acero de las tierras indias para su comercio con los griegos y romanos. Comprendo su enemistad hacia los itálicos, pero el buen negocio no ha de enturbiarse por cuestiones políticas, y menos aún, por diferencias culturales.Mientras lamentaba los irreversibles designios de su padre, el joven se percató de que su buen amigo había detenido su andar, y desvió la mirada hacia el lugar que parecía despertar el interés de éste. No lo distinguió de inmediato, por lo que Aaron señaló con su índice el lugar de la calzada donde se proyectaba una sombra de alargados y familiares contornos.—¡Es imposible! —afirmó el joven—. No existe aquí ninguna escultura u ornamentación que refleje tal imagen.—Debe tratarse de un efecto caprichoso, o del cansancio que nubla ya nuestros sentidos. Pero, por nuestro amado hacedor, que bien parece la sombra del propio Anubis.Aún no había terminado la frase, cuando la desapacible proyección cobró vida, agrandándose lentamente, surgiendo de entre las oscuridades más alejadas la silueta de la cual emanaba su espectro. La figura permaneció de pie y silenciosa en mitad del callejón, con la fría luz celeste a sus espaldas, mientras ellos se acercaban a ella cautelosamente, víctimas de una temerosa curiosidad; totalmente ensimismados con la aparición, cuyo magnetismo parecía jalar de ellos de forma inexorable. Cuando percibieron con más claridad sus facciones, quedaron estupefactos y aterrados; instantes en los que el extraño se abalanzó sobre ellos, cubriendo la distancia con tan sólo un par de zancadas. El hombre mayor cayó de inmediato bajo la figura, y quedó inmóvil tras el violento golpe, mientras el joven se hizo atrás, sintiendo en sus carnes el rápido zarpazo del agresor. Apenas notó dolor, pero sí cómo las fuerzas le abandonaban, entre tanto sus ropas se humedecían de cintura para abajo. Malherido, volvió sobre sus pasos, intentando pedir socorro, pero piernas y garganta le negaban su función. Una mano poderosa se posó sobre su hombro, volteándolo con fuerza, lanzándolo contra los ensombrecidos muros de una de las casas. El golpe le nubló la vista, dejándole apenas el tiempo suficiente para percibir el brillo de los enormes y negros ojos que se aprestaban hacia su rostro. Acto seguido, los problemas mundanos del joven se desvanecieron para siempre en el silencio de la noche.

El amanecer del nuevo día trajo hasta las vidas de la tranquila comunidad algo más que la cotidiana efervescencia cultural y comercial de la que hacía gala la afamada villa. Puesto que la actividad de la comunidad judía poco tenía que ver con los trabajos nocturnos en la bahía, los cadáveres fueron descubiertos al alba por sus conciudadanos. El revuelo pronto alcanzó niveles exorbitantes, liderado por Ishmerai, padre del joven e influyente hombre de negocios, cuya irreparable pérdida, lejos de achacarla a los designios de su dios, deseaba lavarla con la sangre de sus asesinos griegos. Entrada la mañana, y a expensas de sus consejeros, el mismísimo faraón, Tolomeo VIII, tuvo que intervenir para calmar los exaltados ánimos de uno y otro bando, que amenazaban con estallar en una revuelta de sangrientas proporciones a causa de la tensa rivalidad creciente entre las dos comunidades. Cuando la situación parecía insostenible sin el empleo de las armas, un golpe de suerte libró al monarca de tan delicado compromiso, al entrar en lid el vital testimonio de un testigo, el cual, a pesar de las distancias y la escasa visibilidad, aseguraba haber visto al propio Anubis atacar a los hombres. Aquella afirmación calmó momentáneamente las febriles ansias de venganza; aunque no se tardó mucho en acusar al desdichado testigo de ser un judío comprado por los griegos para desviar la atención; con lo cual, los más violentos intentaron colgar al pobre. Entre tanto, la pequeña comunidad egipcia se alzaba ante la grave difamación, al achacar tan horrendo crimen a uno de sus dioses primordiales. Los egipcios, soliviantados, pedían ahora, igualmente, la cabeza del blasfemo.Para terminar de agravar, más si cabe, la delicada situación, presentaron ante el rey los cuerpos, a quienes se les había arrancado el corazón y desgarrado las carnes de forma atroz. Así fue cómo el foco de atención entre ambos contendientes cambió temporalmente de rumbo para dar cabida a un tercero, pues quizás los egipcios estuviesen urdiendo ladinamente un plan para recuperar sus tierras. Siendo su posición y número desventajoso ante las fuerzas imperantes en la ciudad, tal vez si conseguían un enfrentamiento entre ambas, lograrían su propósito. Los gritos cargados de reproches, acusaciones, y viejos resentimientos, surgieron de las bocas del gentío, ahora congregado en los jardines del Palacio Real. En momentos como los que se vivían en aquellos instantes, el gran Tolomeo sabía por experiencia que las ancestrales ofrendas humanas a los dioses debían de llevarse a cabo sin dilación alguna; por consiguiente, no dudó en sacrificar al impuro ante la sedienta muchedumbre. Al fin y al cabo, todos arremetían contra el pobre infeliz. El reo fue conducido ante las amplias escalinatas de palacio y su cabeza cercenada por el certero golpe de espada de uno de los soldados. Aprovechado el efecto, el monarca prometió a sus enmudecidos súbditos que no cejaría hasta descubrir la autoría de tan abominables crímenes, y que sus autores sufrirían los más inimaginables tormentos, antes de que dejara escapar sus miserables vidas. Politizó bien el suceso, con una impecable retórica y un mejor dominio de la más pura demagogia. Se mostró locuaz y brillante, y la fanática congregación se disolvió con la promesa dada y ejemplarizada. Una promesa que requeriría de todo el buen hacer de Tolomeo, conocedor del terreno resbaladizo por el que discurrían en aquellos tiempos, debido a las diferencias internas entre las culturas. Ante todo, debía evitar a toda costa una revuelta civil que pudiera dar fin a su reinado. No podía permitir tales acontecimientos; por lo que el tiempo era de vital importancia. A buen seguro, los criminales proseguirían con sus nefandos propósitos; así que debería trazar cuanto antes un plan de vigilancia que alcanzara todo el perímetro de la ciudad. Evitaría las recompensas, puesto que servirían para fomentar las acusaciones. Reuniría a los consejeros reales y haría traer cuanto antes a las mejores mentes de la ciudad para que aportaran sus puntos de vista, aplicando su especial conocimiento al servicio de tan noble y cívica causa. Y por supuesto, confiaría a Cleopatra, su sobrina y joven esposa, la tarea de coordinación entre la elite popular y la Casa Real. Como mujer, la reina ostentaba la belleza y la delicadeza necesaria para tal cometido, y su inteligencia y posición afectarían los ánimos de los insurrectos, aquietando a sus líderes.Subió los peldaños de palacio con la mente puesta en sus objetivos, eludiendo todo temor que pudiera empañar sus razonamientos, pensando ya en nuevas soluciones para afrontar otras posibles contingencias, entre las que se contaba su hermana, la gran Cleopatra.

Nicomedes de Alejandría, el gran bibliotecario, tomaba apuntes de los inquietantes incidentes que asolaban por vez primera a la ciudad. Catalogaba sus fuentes, ya fueran alumnos o maestros, gentes ilustres o simples obreros, nobles o plebeyos, y las compendiaba, documentando concienzudamente aquel caso extraño y espeluznante. Conforme las semanas pasaban, la situación se hacía más y más insostenible. Nuevos asesinatos se habían llevado a cabo en el transcurso de las mismas, aunque las víctimas pertenecían a diferentes gremios y razas, y sus cuerpos mutilados aparecieron diseminados por la ciudad, indistintamente. Los disturbios no se hicieron esperar, y una lucha encarnizada se entabló entre los distritos de la urbe, los cuales se culpabilizaban entre sí, viendo en cada crimen, una repuesta al anterior, llevado a cabo por la comunidad ofendida. Para terminar de agravar más la situación, la estrecha vigilancia a la que se sometió a toda la ciudad había fracasado estrepitosamente. Como consecuencia, se le achacaba al monarca tanto de incompetente, como de salvaguardar los mayores intereses de los griegos. La respuesta fue como cabía esperar, y el rey hubo de utilizar la fuerza para acallar a los más sublevados, ejerciendo cierta crudeza con los castigos impuestos, lo que no favorecía al ya enrarecido ambiente causado por las disensiones políticas, que amenazaban con una cruenta guerra civil entre Tolomeo y su hermana. No faltó el ajusticiamiento de inocentes a manos de una muchedumbre sedienta de sangre, y el sutil hacer de los astutos, quienes aprovecharon los acontecimientos para instigar a las masas en beneficio propio. Poco a poco, la ciudad entera parecía haber perdido el juicio. Entonces sucedió lo impensable: cuando todo parecía saltar por los aires, los crímenes cesaron.En el transcurso de las siguientes semanas las gentes parecieron recuperar la cordura. Los desmanes cometidos contra los egipcios tocaron a su fin. No hubo más ensañamientos contra las imágenes de Anubis —la mayoría boicoteadas por fanáticos cinceles—, cesando todo empeño por echar a pique el gran obelisco de Ramsés II. Lentamente, fue surgiendo la idea de que alguno de los distritos había dado, personalmente, caza y muerte al asesino, por temor a peores represalias. Pero cuando la conciencia colectiva se relajó, de improviso, al cabo de treinta días, la cruda realidad golpeó demoledoramente la psique de los ciudadanos, cuando, una vez más, apareció el cuerpo descorazonado de un soldado en el muro sur.Aquel nuevo brote cambió la mentalidad de la mayoría, que comenzó a perder el empuje de la enemistad para sustituirlo por el miedo. Ahora eran los soldados los agredidos, y al no haber distinciones, el sentido de protección se vino abajo. No obstante, el bibliotecario sabía que tan sólo era una cuestión de tiempo que el león despertara. Estaban al borde del precipicio, a tan sólo dos pasos de una cruenta guerra que amenazaba con la destrucción de la ciudad. Y es sabido que las guerras raciales esconden la semilla de la devastación, sin importar qué y a quiénes alcanza. Y su acción destructora largamente es llorada tras la tragedia.El temor implantado entre la población se amplificó considerablemente, causando un efecto mayor que el del odio ancestral y vengativo. Las palabras y la coherencia parecían haber abandonado el lugar, como preciosas mercaderías sobre ágiles embarcaciones. Todo el mundo desconfiaba y denotaba la tensión acumulada. El nivel de alumnos en el Museion había menguado, dejando la mayoría de las clases con apenas un mínimo de concurrencia. Muchos habían regresado a sus lugares de procedencia y otros no podían concentrarse lo requerido para el buen aprovechamiento de los estudios. El talento parecía abandonar a sus dueños, y la Gran Biblioteca permanecía la mayoría de las veces semivacía. No así los templos, cuyo aforo se había triplicado.Una gran parte de la población estaba en la creencia de que el dios Anubis había bajado hasta los mortales para arrebatar su alma pecadora, o al menos de que algo no humano estaba detrás de las muertes. Rezaban e imploraban a sus diferentes dioses misericordia y protección, formulando promesas y propuestas de arrepentimiento ante sus posibles malas acciones y jurando realizar importantes ofrendas en los santuarios. Algunos otros preferían la teoría del complot, aunque su minado poder no les otorgaba ya la capacidad de protesta adecuada a sus fines. Y una minoría abogaba por la hipótesis de un loco y despiadado asesino, sin más explicación en su proceder que la satisfacción del propio instinto.Conforme Nicomedes revisaba la documentación, cobró forma en su mente la idea de que algo anómalo ocurría en verdad, algo fuera de lo común. Aunque no podía adscribirlo a ninguna de las teorías barajadas. Una realidad terrible y oscura se ocultaba a sus ojos, necesitándose de una mente, igualmente fuera de lo habitual, para resolver aquel misterio. Y, gracias a los dioses, él conocía a ese hombre sin par. No era precisamente un dechado de virtudes, pues su carácter irascible y sus opiniones ofensivas proveían a menudo un nudo de pequeños conflictos, pero era, indudablemente, el mejor de los de su especie. Nicomedes sintió el peso del conflicto, el cual se adosaba a sus ya agotadas espaldas, las que necesitaban de un descanso a múltiples niveles. A sus sesenta y cuatro años comprendía que aún no había satisfecho muchos de sus más íntimos deseos, entre los cuales destacaba el moderar ciertas pasiones que no hacían bien a una mente como la suya. En este hecho, admiraba y envidiaba a su amigo Aristarco, por quien profesaba algo más que una venerada amistad. Lo que le dolía moralmente. A pesar de las tendencias y del licencioso proceder de una sociedad sexualizada, y de estar felizmente casado con una buena mujer, su libido no parecía querer doblegarse a los impulsos de la sopesada razón y edad. Haciéndose eco de los justos pareceres de Aristarco, se decía a sí mismo que la cultura y el intelecto debía de mostrarse por encima de las pasiones. Pues, alguien atado a los caprichos de una voluptuosa naturaleza, difícilmente podría centrar el potencial de su mente, a fin de obtener el merecido reconocimiento personal y ajeno, en cualquiera de los cometidos en los que uno se hallara involucrado. Y el suyo era especialmente relevante.Justo era reconocer que, en su día, hubo de engañarse ante la ímproba tarea de Gran Bibliotecario, no queriendo ver las otras facetas derivadas de tal cargo. De entre ellas, tal vez, la que más pesar le proporcionaba era el trasiego político en el que se veía continuamente inmerso, y que siempre procuraba vadear de la mejor manera posible. Y luego estaba Fiscón, el decadente Tolomeo, cuyo comportamiento había condicionado al suyo, despertando lo que yacía dormido.Recogió el expediente con calculada pulcritud, poniéndolo a buen recaudo, y se dirigió después hacia la habitación de suministros, donde escogió uno de sus mejores pergaminos, para regresar de nuevo al sótano, dispuesto a confeccionar el pequeño manuscrito. Rogó a los cielos que llegara prontamente a manos de su destinatario y contara con una respuesta favorable. Sus dedos agilizaron los trazos de la pluma, por cuyos estilizados surcos afloraba la estela intelectual de su artífice, paliada en aquellos instantes por el apremio. Sería justo advertir que, tanto el bibliotecario, como el resto de los habitantes de Alejandría, envueltos en la felicidad de lo ignorado, no podían advertir el peligro que se cernía sobre ellos. Un peligro que comenzaba precisamente ahora, con paso firme, su mortal andadura.

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Vie, 08/23/2013 - 13:54

II UNA SOMBRA EN LA NIEBLA



La noche se desperezaba lentamente mostrando la escala de azules que precedían a los primeros destellos de luz solar. Los vapores de la niebla matinal se desplazaban por el valle, arrastrándose sobre los campos y arboledas, rasgándose entre las copas de los árboles, paciendo sobre las frías aguas de los ríos, como si de aguas termales se tratase.  En el aire viajaba una suave escarcha que tintaba el paisaje con su blanquecino semblante. No hubo canto de ave alguna, puesto que ya no existían en la ciudad dichos animales. En realidad, los corrales estaban vacíos. Como las despensas. Como el estómago de Alucio, quien contemplaba desde la casa el nacimiento del nuevo día. Sería más justo decir, que veló el discurrir del tiempo nocturno, apesadumbrado por las inclemencias a las que se veía sometido junto a los suyos.No era hombre de condición medrosa; pero aquella fría mañana hubo de realizar un gran esfuerzo para mover sus cansados huesos y su agotado pensamiento. Las últimas jornadas habían sido más duras de lo habitual y nada hacia presagiar situaciones más halagüeñas. Todo lo contrario, no era sino el principio de un fin anunciado.Desde la llegada de Escipión el joven y su cohorte, las cosas habían ido de mal en peor. No se trataba de un militar cualquiera; no en vano sus laureles acreditaban el singular carisma de una carrera plagada de triunfos. Tanto es así, que el Senado romano había revocado ciertas leyes con la única finalidad de colocar a su mejor general al frente de sus legiones para acabar de una vez por todas con el áspero problema. Nada más puso pie en la región, mandó arrasar todas las cosechas, incluidas las de las tierras vecinas. Los campos de cereales fueron talados y recogido el grano para aprovisionar al numeroso ejército, compuesto por más de sesenta mil hombres; al resto le prendió fuego. Dio castigos ejemplares entre los lugareños, demostrando el rigor de su propósito. Al igual que un animal, parecía marcar su territorio con los rastros de sus acciones. Todo lo que intentaron para contrarrestarlas y evitar el inminente asedio, fue inútil. Frustrados ante un despliegue de tropas semejante, asistieron impotentes al levantamiento del colosal cerco entorno a la ciudad. Las escaramuzas de los suyos apenas surtieron efecto, siempre rechazados por una ingente tropa disciplinada y bien pertrechada. Los arqueros enviaban constantes lluvias de flechas que cubrían los cielos con un manto gris y atiplado, protegiendo a los obreros y arruinando cualquier intento de incursión sobre la líneas enemigas. Catapultas y scorpiones apoyaban a la férrea defensa, ocasionando serios daños y bajas entre los moradores de la ciudad. Parecían hormigas intentando agredir a un poderoso titán, ahora reorganizado y mejor preparado. En otras muchas batallas contra Roma los numantinos habían demostrado su suficiencia, aunando valor y el dominio de la guerra fuera de campo abierto, pero el cónsul conocía bien el terreno que pisaba. Había participado en las campañas llevadas a cabo en Hispania por Galba y Lúculo, destacando en los duros enfrentamientos contra los celtíberos de la Meseta. Militar brillante, aunaba disciplina y sensatez, por lo que Alucio profesaba hacia una él una secreta admiración, producto quizás de su temprana formación en el ambiente alejandrino. Ver al hombre que hay detrás del cometido, del papel que le haya tocado representar en la vida, aunque éste viajara por senderos opuestos al de uno, era para él signo de inteligencia y humanidad. Por desgracia, el vulgo daría buena cuenta de su persona si paladeara un ápice de sus pensamientos, los que ahora le llevaban hasta su querido amigo, al que había escrito hacía ya largo tiempo, sin obtener respuesta. Era evidente que no existía garantía alguna de que sus escritos hubieran llegado a su destino. Los portadores eran todos aquellos que intentaban la huída; existiendo serias dudas sobre su logro. No obstante, siempre prefirió pensar que alguna de aquellas notas había alcanzado su objetivo.Era un hecho demostrado que el sentido de la amistad ostentado por Aristarco estaba fuera de toda duda, por muchas tribulaciones a las que se viera sometido en el momento de ser requerida. Pudiera ser, que asuntos más importantes lo retuvieran; que alguna contrariedad le impidiera llegar, o que en aquellos tiempos se encontrara con algún asunto importante entre las manos. Por otra parte, toda misiva de su buen amigo habría caído en manos del enemigo, resultando inútil esperar unas letras suyas que dieran explicación a su demora. Sin embargo, ahora se le antojaba que había cometido un gran error al llamarlo. Muy capaz era el insensato de adentrarse en aquella infeliz ratonera, en aras de ayudarlo, movido por su malsana adicción al riesgo. Si algo podía achacársele a Aristarco, era su petulancia, pero en modo alguno se le podría tildar de cobarde. Al contrario, nunca rehuía la confrontación con la adversidad como medio de poner a prueba su intelecto. Sólidos lazos los unían, más allá del tiempo y la distancia, a pesar de ser ésta considerable. Se habían mantenido en contacto con cierta asiduidad desde los años mozos, pues su amistad, a pesar de ser parca en el tiempo, rebosó toda la intensidad de la tumultuosa juventud, cuando ambos ansiaban conocimiento y aventura. Curiosamente, era en aquellos momentos de calamitosa vicisitud, cuando más lo recordaba. Y es que la mente siempre encuentra un resquicio en la adversidad para huir hacia los fértiles páramos donde se encuentran los ayeres gozosos. ¡Cuánta más tristeza y desolación habría de venir en los próximos meses! ¡Cuantas vidas sin futuro, sin esperanza! Temía lo peor, pues el inmenso despliegue de fuerzas y arsenal vaticinaba muerte y destrucción. Era evidente que Roma deseaba ejemplarizar con una acción que dejara fuera de toda duda su apabullante hegemonía. Sus negros designios se cernían ya sobre la antigua rival, como otrora lo hiciera Cartago, convertida ya en polvo y cenizas por la misma maquinaria destructora, por el mismo laureado general. Un destino poco halagüeño el de los habitantes de Numantia. Con una perspectiva igualmente desalentadora, se preguntaba si viviría siquiera para ver la llegada de la próxima estación.

El crudo invierno desplegaba su artificio por todo el valle, helando cielos y ríos. Hombres y criaturas se guarecían en sus cubículos y madrigueras de las inclemencias de la naturaleza, que desataba vientos y nieve en medio de bajas temperaturas. Al rigor de la estación invernal se sumaba la inconsistencia de la dieta y la escasez de los elementos primordiales con los que hacerle frente. Esto hizo mella prontamente en los más débiles, usualmente ancianos y niños de corta edad. Como forma de paliar el intenso frío, los habitantes solían hacinarse en el interior de las casas en grupos más numerosos de lo habitual. No era extraño que convivieran cuatro o cinco familias en una sola vivienda.          A pesar del abrigo que le proporcionaban las pieles de su indumentaria, sintió que los huesos se le helaban, lo que le hizo entrar en la casa con una idea fija en su mente: escribiría una nota a su amigo, pidiéndole que desistiera de todo empeño por socorrerlo. Habían pasado cuatro meses desde que escribiera a Aristarco y llevaban seis de asedio. Más que suficiente para tomar nuevas decisiones: aprovecharía el intento de salida de Caraunios para hacerle llegar la nueva. ¿Cómo pudo implicar a su amigo? ¿Qué insensato impulso lo guió en tan desafortunada decisión? Conforme se afianzaba en su determinación, más apremiante se le hacía rectificar; viendo con absoluta claridad que su alocada conducta podría costarle la vida a Aristarco.

La dureza de los meses pasados le permitía ahora tomarse las cosas con más calma, aunque sabía que, conforme la duración del asedio se acentuara, tendría de nuevo una mayor presión sobre sus espaldas. Por este motivo tomó tantas molestias, ya que de ningún modo deseaba que se repitiese la experiencia de Cartago, donde un gran contingente de tropas tuvo que permanecer parcialmente inactivo durante largo tiempo, originándole serios quebraderos de cabeza. La escarcha comenzó a condensarse y pronto la nieve flotó en el aire. Dio gracias a su buen instinto por hacerle concebir los campamentos de sólido hormigón. Antaño conoció la inhóspita región y la dureza de su clima, así como también el arrojo de sus gentes. En cierta medida, sentía dar castigos a la población; sobre todo porque en la mayor parte de los casos se trataba de inocentes. Pero la experiencia le había brindado la oportunidad de ver cómo actuaba un enemigo atemorizado; por esa razón valía la pena desperdiciar algunas vidas, si con ello evitaba la pérdida de muchas otras. Como no eran acciones de su agrado, solía encomendar el ominoso cometido a su hermano, Quinto Fabio, quien gustaba más de la sangre. Ambos mantenían una cordial relación, derivada más bien del linaje, puesto que la acusada diferencia de caracteres los distanciaba íntimamente.Aquella mañana era particularmente gris, fría y melancólica. Densas capas de nubes habían cerrado el paso a los vespertinos rayos solares. Los ruidos en el campamento se escuchaban sordos y cadenciosos en extremo, careciendo del vigor habitual, que parecía haber sido sustituido por la penuria y la apatía. No era momento de arengar a las huestes, ni tampoco de realizar su inspección personal del cerco; al menos hasta que el temporal amainara. A fin de cuentas, él también se sentía ciertamente abatido, así que decidió escribir a su amada Sempronia, entre tanto los copos de nieve se adueñaran del ambiente.

Conforme el día avanzaba, el aspecto del paisaje, uniforme y sombrío, techado de grisáceos nubarrones, fue tomando luz y color cuando el sol destelló entre la densa atmósfera. La tormenta cesó y los áureos rayos se esparcieron por doquier sobre lomas y terraplenes, formando intensos claros aquí y allá, como si alguna deidad caprichosa iluminara indistintamente el lugar. El hielo humeante brillaba con fuerza inusitada, esbozando iridiscentes reflejos que cautivaron el ánimo de Alucio, encaramado a la balaustrada de oriente. El joven llegó corriendo hasta él, tomando una bocanada de aire antes de hablar.—¡Padre, el Consejo está reunido! —Seca y árida es nuestra existencia. Estéril nuestra descendencia. Escaso el tiempo —le contestó con la mente puesta en profundos pensamientos.El muchacho se estremeció ante la grave actitud de su progenitor, envuelta en un halo de tragedia y derrota. Estaba acostumbrado a escuchar afirmaciones de parecida índole en boca de los mayores y ancianos, pero para él sólo se trataba de una batalla más que sería librada en la forja de la carne más templada, y hoy, como antaño, se demostraría una vez más que el temple que caracterizaba a los de su raza era superior al de los romanos; no importa cuantos de ellos se concentraran a los pies de la ciudad.—¡Padre! —volvió a insistir.—Sí, Letondón, hijo mío. Ya te sigo. —Lo miró, como sólo los ojos de un padre puede hacer: con callado sentir. Observó cada uno de los rasgos de sus facciones como si los estuviera contemplando por última vez.—¿Te pasa algo, padre? —le preguntó el joven inquieto. —Nada temas, hijo. No más de lo preciso. —contestó—. Vayamos en busca de nuestro destino. No hagamos esperar más a La Asamblea.—Nada debes temer padre. ¿Acaso crees que esta vez no saldremos victoriosos del aprieto? —Letondón no esperaba que su padre adoptara una de esas posturas faltas de vigor que tan poco bienestar dispensaba en la moral de los combatientes.—Hace falta algo más que valor, Letondón, para librar una batalla y hacerse con la victoria. La mente exaltada y las tripas vacías no son una buena combinación.—Olvidas, padre, nuestra historia. —No la olvido. Y sé que su faz es voluble y cambiante, como los deseos de una mujer caprichosa. En ella yacen las gestas de los imperios y las de los hombres que los construyeron, y en su útero las que los sustituirán. —Se expresaba con un tono de voz, mecido en lo más profundo de su ser. Letondón, pocas veces había escuchado a su padre conducirse de aquélla manera.—Lo siento, padre mío, pero no entiendo tus pensamientos —confesó.—La balanza de la vida equilibra todo lo que en ella es contenido. Nadie resulta siempre victorioso, ni nadie vencido constantemente. Ambos hechos son moneda de cambio —le explicó con más claridad, presa de sentimientos encontrados, ya que una parte de su ser prefería seguir viendo la inocencia en su joven rostro; sobre todo en los aciagos acontecimientos que les tocaba vivir. Letondón era uno de los muchos jóvenes que se había visto abocado por las circunstancias, a una madurez temprana, pero aún así, faltaba de la experiencia propia que brinda la edad.—Nosotros estamos en nuestra tierra y conocemos el terreno que pisamos. Estamos acostumbrados a su dureza, como ellos nunca podrán hacerlo —expuso con gran convicción, ante el abatimiento de su padre y mentor.—Letondón, cada vez son más numerosos y se aclimatan mejor. Nos superan ampliamente en número, armas y víveres. El estrecho cerco al que nos han sometido resulta inexpugnable. Tan sólo tienen que esperar. Saben que, tarde o temprano, nos debilitaremos por el hambre y las enfermedades. Después será cosa hecha.—No, si podemos impedirlo. Quizás Caraunios y los suyos puedan atravesar el cerco y pedir ayuda. Tienen un buen plan de fuga y espero que el Consejo lo apruebe —dijo, recordándole el motivo por el cual se requería su presencia cuanto antes.—No tienes en cuenta un factor importante, hijo mío —dijo con cierta desgana—. Quizás no quieran ayudarnos por temor a las represalias.—¡Padre! —exclamó Letondón, ofendido en su fuero interno por tal afirmación—. ¿Quién no querría unirse a la noble causa de rechazar al opresor romano? —Todos aquellos que no desean ver perecer a sus esposas e hijos, ni ver sus casas y tierras arrasadas. Aunque ahora no lo contemples, Letondón, no siempre las grandes causas son las que tú crees. El instinto de supervivencia es algo importante entre los hombres y no debemos mancillarlo. —El joven quedó pensativo. Hombre inteligente, no le faltaba razón a las palabras de su padre. Sabía que intentaba hacerle ver con claridad la situación real a la que se enfrentaban, para actuar en consecuencia, sin falsos juicios. Intentaba prepararlo para lo peor, y sintió que el corazón se le llenaba de amor por él.   —Comprendo lo que me dices, padre, pero otras veces les dimos su merecido a esos bastardos y ahora no será diferente. Debemos mantener nuestra mermada energía en alto. Por favor, no pierdas el ánimo —le rogó.—Es un sentimiento en mi persona ya desgastado por tantos años de penurias y guerra —se lamentó—. A veces pienso que no debí traerte a este mundo de odio y desolación, hijo mío.—¡No digas eso, padre! Daría mil veces la vida por compartir contigo el tiempo que llevamos juntos, aunque éste terminara con demasiada prontitud —le confesó ardientemente—. Acepto con agrado la vida que me ha tocado vivir y agradezco la dicha de tenerle como padre.Alucio abrazó a su hijo, emocionado. Sus dedos se crisparon sobre él, no sólo en un acto de amor, sino también intentando proteger lo que más amaba, sintiendo que, de alguna forma, se le escapaba entre las manos. No pudo evitar unas tenues lágrimas que enjugó en el hombro del muchacho.

La casa del Consejo rebosó de gente en aquella importante reunión. Ancianos y jóvenes debatieron el plan de Caraunios, que fue sometido a examen por los jueces de ambos bandos. Caraunios explicó punto por punto todos los detalles de la fuga, incluidos hombres que le acompañarían, caballería y armamento; así como el diseño de las escaleras y rampas fabricadas al efecto, para sortear los fosos y vallas. La concurrencia preguntó sobre las más variadas cuestiones, y al final se aprobó el plan, acordando que la fecha propicia para llevarlo a cabo sería en los comienzos de la próxima primavera.Como viera que el Consejo daba por terminada la reunión, sin mencionar el otro importante asunto que ensombrecía a la ciudad, Alucio pidió la palabra repetidamente hasta que hizo oír su voz:—¿Nadie va a discutir sobre el plan a trazar para arremeter contra la ola de crímenes que padecemos? —gritó a pleno pulmón, consiguiendo que el silencio se impusiera.—Tenemos cosas más importantes de las que preocuparnos en estos momentos. ¿No crees? —contestó Maegón, el portavoz de los ancianos, con cierto desplante. —¿Más importante, dices? —le replicó Alucio vigorosamente, emergiendo de su abatimiento—. ¿Qué hay más importante que salvaguardar nuestras vidas de un asesino que nos diezma impunemente en nuestras propias casas, en nuestra propia ciudad?—¡No es el momento! —contestó el anciano.—¿Y cuándo es el momento? ¿Tal vez después de que se haya cobrado un número mayor de víctimas? —preguntó a Maegón irónicamente.—Cuando una ciudad entera se ve sometida a tales tormentos, es común y previsible que se cometan ciertos delitos —argumentó sabiamente el noble anciano—. Lamentablemente, a veces ciertas muertes son inevitables.—¿Cómo las de inocentes? ¿Cómo las de mujeres y niños? ¿No es precisamente nuestro esfuerzo, deseo y compromiso, salvaguardarlas? —le contestó con la contundencia de quien se expresa con la verdad. —Nuestro esfuerzo común debe encaminarse hacia lo que es vital, ¿y no lo es a la sazón, preocuparnos antes por el destino de una ciudad entera? —le contradijo el anciano con su habitual suspicacia. Maegón rivalizaba desde hacía mucho con Alucio, quien a pesar de no pertenecer abiertamente a ninguno de los dos grupos políticos que gobernaban la ciudad, era muy tenido en cuenta por sus dirigentes y el pueblo en general, donde destacaba por su condición de hombre sin tacha y de firme compromiso, lo que le valía el reconocimiento de todos aquellos a quienes dispensaba sus favores y conocimiento, sin condición alguna. Muy al contrario de Maegón, hombre ladino, cuyo poder e inteligencia eran puestas al servicio de algo más que los intereses públicos. Quizás pudiera engañar a otros, pero Alucio veía perfectamente al hombre pernicioso que se ocultaba tras la fachada de astuta ponderación.—No veo que tomar ciertas medidas sobre un asunto pequeño, pero igualmente de vital importancia, pueda alterar a uno mayor —argumentó Alucio.—¿Qué importancia tienen ahora esos delitos, cuando posiblemente mañana ya estemos todos muertos? —argumentó sardónicamente Maegón, mirando a la concurrencia.—Hablas como si ya lo estuviéramos. Puede que desde tu opinión ya nada merezca la pena. Pero es el caso que aún vivimos y nos interesan los asuntos de vivos. ¡Comportémonos como tal!El clamor que levantaron estas últimas palabras, tuvieron eco en los miembros de La Asamblea, que entraron en acalorado debate, tras el cual se deliberó a favor de Alucio, lo cual le valió frías miradas de Maegón, que mascullaba para sí. Nadie entendió las ásperas y entrecortadas frases, cargadas de odio y amenazas.—¿Qué sugieres entonces que hagamos? —preguntó de mala gana a su oponente.—Para empezar, deberíamos doblar la vigilancia en la muralla y en cada una de las calles —propuso Alucio. También hubiera sido de gran utilidad que nadie se aventurara por ellas una vez anochecido, pero no dijo nada al respecto. Nadie mejor que él entendía la necesidad de sus propuestas. Callaba, con la firme convicción de no atemorizar más de lo necesario a sus conciudadanos, ni desatar las lenguas más de lo preciso. Pero él había visto cosas que escapan al entendimiento y que no estaba dispuesto a revelar, sin más. —Creo justo decir que, en el sentir de todos —Maegón miró condescendientemente a los concurrentes para ganarlos, ya que no podía hacer otra cosa— se hallan los temores que manifiestas. Así pues, vemos oportuno tomar las medidas que aconsejas —Volvió a mirar a su público para encontrar en ellos la solidaria aprobación—. Pero difícil será contener a las gentes en sus casas, hallándose nuestra ciudad  llena de propios y extraños.—Los que patrullen la ciudad, bien podrán ocuparse de ese menester, sin mayor problema —apuntó Alucio.La reunión se disolvió, una vez Asamblea y Consejo hubieron aprobado unánimemente todos los puntos a tratar en tan delicada cuestión. De hecho, la mayoría de los habitantes respiraron al saber que se tomaban medidas de protección contra el vil asesino. Lo que simplemente ocurría, es que, esa misma mayoría temía a Maegón y al ejercicio de autoridad con el cual el poder le investía. Sus tropelías se veían siempre mitigadas por el silencio y la duda. Levantar el habla, y menos aún acusar o difamarlo, podía resultar fatal a cualquier ser valeroso que pecara de incauto. Alucio era uno de los que sufría las humillaciones del cacique, pero la sensatez le obligaba a proteger a su familia como un deber sagrado. Soñaba con el día en el que su poder cayera en manos de las personas oprimidas bajo su yugo.

Las diminutas llamas del hogar crepitaban tardíamente bajo las manos de Letondón, mientras miraba a su padre, que en aquellos instantes sostenía una velada charla con su madre en un extremo de la estancia. Sus tenues cuchicheos le impedían saber de qué se trataba. Akaina movía su cabeza de un lado para otro y gesticulaba con las manos continuamente, dando signos de no estar de acuerdo con lo que decía su esposo. Siendo personas muy afines y de podo discutir, era evidente que la tensa situación por la que atravesaban generaba en ellos algunos roces.La mano de Alucio asió un pequeño tizón ardiente con el que removió los rescoldos del hogar, a los que alimentó, sentándose pensativamente junto a su hijo. No se dijeron nada, limitándose a contemplar el fuego con las mentes bullendo en un mar de conjeturas. Las del joven abarcaban un amplio espectro: desde las relaciones con sus padres, hasta las posibilidades de supervivencia, por vez primera cuestionadas, pasando por detalles más cotidianos que hacían referencia a sus buenos amigos.Quizás, como medio de escape a sus tribulaciones y sopesado pesimismo, las de Alucio se centraban en la abyecta figura del criminal, cuya presencia se agrandaba más y más en su ánimo. Pasaba noches enteras en vela, y cuando por fin conciliaba el sueño, se veía a menudo asaltado por oscuras pesadillas. Entendía que aquella obsesión debilitaba su espíritu, induciéndolo a un agotamiento mayor, acrecentado por la falta de alimento. La certeza de la derrota crecía conforme analizaba los sucesos de los que había sido testigo, y que le indicaban, sin lugar a dudas, que algo decididamente fuera de lo común planeaba sobre sus cabezas.

La luz declinaba y la noche comenzaba a caer envuelta en un halo neblinoso, cuando algo sobresaltó a los soldados que hacían guardia junto a la segunda empalizada. Les pareció distinguir una fugaz silueta, recortada a la trémula luz cerca del foso. Uno de ellos fue a alertar al resto que descansaba en la tienda de campaña próxima, entre tanto el otro quedó con la mirada atenta hacia el punto donde momentos antes surgió la aparición. Inquieto y temeroso, oteó hacia el lado contrario, perdiendo de vista el fulgurante salto que tuvo lugar a sus espaldas.No era costumbre permanecer en aquel lugar, alejado de los campamentos, atrincherados en la inseguridad de aquel punto en medio de un paraje agreste y salvaje, a los que sus enemigos estaban habituados. Ocurría que, Escipión, conociendo a su enemigo, temía posibles intentonas de escape, aprovechando los rigores de un clima cargado de fuertes temporales. Era poco menos que suicida, pero el experimentado general ya les arengó sobre el espíritu que ostentaban los moradores de aquellas tierras. Por tal hecho, se había redoblado la vigilancia en todo el perímetro amurallado y colocado guarnición de reserva en algunos puntos intermedios del cerco.El centinela se impacientó por la tardanza de los suyos. De buena gana hubiera ido a ver qué ocurría, de no retenerlo su condición, pues como vigía de guardia no podía dejar su puesto sin arriesgarse a un castigo peor que la muerte. Y el cónsul era un hombre inflexible con las normas militares y con todos los mandos que no las hicieran cumplir en su justa medida. Quizás por ello todos lo respetaban y temían.Unos ruidos llegaron hasta el aterido legionario, desde la dirección donde se apostaba la tienda, y creyó oír la quebrada voz de alguien pidiendo socorro. La espera se hacía insostenible y prefirió aventurarse que permanecer allí, aguardando un posible ataque desde la retaguardia. Cuando llegó al lugar donde creía se levantaba la tienda, quedó unos segundos desorientado. No tardó en descubrir el motivo de tal contrariedad: la tienda yacía en el suelo, hecha pedazos. La niebla espesaba, y para colmo de los males, una ligera ventisca se levantaba ya desde poniente amenazando con un nuevo temporal que haría la vida imposible a todos los que permanecían en aquel frente. Un nuevo sonido llegó desde la impredecible distancia y avanzó cauto hacia él. Una figura cobró forma entre la bruma. Permanecía erguida y silenciosa, como una estatua sobre un pedestal blanquecino. Entorno suyo, los cuerpos sin vida de algunos soldados romanos se confundían en la nieve, teñida ahora de rojo. Como quiera que la visión resultara un tanto irreal, llamó su atención el hecho de que el rostro del extraño apenas despidiera los intensos vahos que desprenden los seres vivos bajo tales temperaturas. Se preguntó si habría quedado muerto en tan peculiar postura. Tan pronto dio un par de pasos hacia él, la figura cobró vida, asiendo rápidamente una de las lanzas de los caídos, que arrojó con impetuoso movimiento hacia el soldado, el cual, absorto por la aparición, apenas tuvo tiempo de moverse; tan sólo tomó el tiempo necesario para darse cuenta de que era hombre muerto. Increíblemente, la pica pasó a un metro de su costado derecho para encontrar el pecho del que llegaba desde atrás. Con un golpe sordo el asta se quebró, dejando el hierro clavado en el corazón del soldado, que cayó muerto en el acto. Los refuerzos hicieron frente al intruso, que se movía como un relámpago entre los ataques de los curtidos legionarios, los cuales terminaron por los suelos, yendo a correr la misma suerte que sus predecesores.Los lobos aullaban en la lejanía entonando un coro de lastimeros gemidos, que pronto fue secundado por los perros de los campamentos romanos, donde la alarma cundía velozmente ante lo que se tenía como un ataque de los celtíberos. El legionario quedó allí, petrificado. No pudo dar un paso mientras la breve escaramuza tuvo lugar. Algo le impedía moverse, a pesar de su vehemente deseo por echar a correr. El corazón galopaba con fuerza en su pecho, mientras la silueta parecía observarlo atentamente desde la distancia. El extraño asió una de las cabezas y la arrojó por los aires hasta los pies del inmovilizado soldado, que la contempló presa de pánico. El miedo recorría su cuerpo, haciéndolo temblar como nunca frialdad alguna pudo hacer mella en un ser vivo. Un venablo sesgó el aire incrustándose en la pierna izquierda, con tal fuerza, que le rompió el fémur, haciéndolo caer con un grito ahogado en su garganta. Quedó tendido sobre la nieve, con la vista perdida en los copos que revoloteaban en el aire, sintiendo como el dolor decrecía conforme la flojedad invadía su cuerpo. Sentía el cálido contacto de la sangre bajo su espalda y supuso que la pequeña lanza le había roto la arteria. La dulce tibieza que lo embargaba se vio súbitamente interrumpida por la sombra que se erguía ya ante él.La figura alargó su mano hacia el moribundo y con un leve movimiento quebró su cuello. Apenas fue un chasquido imperceptible que se desvaneció en la fría noche junto al extraño. El soldado quedó allí, como un muñeco roto, sin vida, con la vista perdida en los cielos. Testigo mudo de unos acontecimientos, que los enardecidos romanos achacaban a los levantiscos pobladores de la ciudad.

Densas capas de niebla descendían por las laderas de los montes hacía los llanos. El altozano donde se encaramaba la ciudad daba la impresión de ser una fumarola sulfurosa, derramando su vapor por todos los costados; como una especie de caldera desbordando su humeante brebaje.Como cada noche, desde que lo viera, Alucio se hallaba apostado bajo el resguardo de una de las casas, cuya desvencijada techumbre en una de las esquinas se precipitaba hacia la calle, procurándole un momentáneo parapeto. A pesar del abrigo que le proporcionaba el lugar y su profuso ropaje, debía mantener su pensamiento ocupado en otros menesteres para distraer el frío. Mientras esperaba, se preguntaba si alguna vez los humanos dejarían de ser tan violentos; si los hombres dejarían de ensañarse con los más débiles; si las sangrientas guerras tocarían alguna vez a su fin; si la desmedida ambición dejaría paso a causas más nobles en sus corazones.El aúllo de un lobo se elevó en la noche, al que pronto un coro de aullidos le siguió, entonando una lejana e inquietante melodía. Por unos instantes, Alucio distrajo su atención con el significado que podría tener tales sonidos: ¿Qué dirían? ¿Sería el reflejo de su sentir? ¿Avisarían tal vez de algún peligro? La noche en aquellas horas era cerrada y la niebla recorría las callejuelas, movida por el impulso de una suave brisa invernal. Quizás en el futuro se inventaran artilugios capaces de suministrar luz y calor en casas y ciudades, iluminando la noche como si fuera el propio día. Pero ahora, dadas las circunstancias, quizá le tuviera más en cuenta volver al calor de su hogar, ya que difícilmente podría atisbar algo a más de nueve o diez metros de sus narices. Un malhechor, bien podría esconderse en la espesura del elemento para pasar inadvertido, y con toda seguridad se movería fácilmente sin ser visto. ¿Qué haría su gran amigo Aristarco en tal situación? Sonrió al recordarlo. En ese instante, un grito segó su recuerdo, sin poder precisar de qué punto provenía. Se había escuchado peligrosamente cercano; quizás del otro lado, calle abajo. Se movió para dar efecto a su impulso, recorriendo la callejuela con el único sonido de sus pies sobre la nieve como acompañamiento. Al llegar a la intersección escuchó atentamente, pero no se oía nada, excepto al cortante viento rasgando las aristas de las viviendas. Aunque algo más le pareció que viajaba con ese lamento: una especie de gorjeo constante. Siguió el débil ronroneo hasta que los pies de un hombre tendido aparecieron a su vista. Se detuvo titubeante: apenas distinguía poco más, no sabiendo lo que le aguardaba entre la bruma. Permaneció indeciso durante unos segundos, hasta que el viento desplazó la cortina vaporosa, dejando ver el cuerpo. Nadie más parecía estar allí. Se arrodilló junto al caído, examinándolo. No cabía duda alguna: los mismos síntomas, la misma herida. Al girar su cabeza vio las huellas en la nieve. Ahora, sin pensarlo dos veces, las siguió con imperiosa determinación hasta alcanzar la calle de ronda, donde se interrumpían a varios metros de la muralla, junto a la torre. El frío era intenso a causa de la ventisca, que siempre allí era más virulenta dada la orientación y la mayor amplitud del espacio. Por dicha razón, la niebla se deshilachaba y expandía, permitiendo una mejor visibilidad. Calculó la distancia y le pareció imposible que nadie pudiera salvarla de un salto, por formidable que éste fuera. Estaba desorientado. Miró en dirección a los pasos, y entonces la vio. Una forma oscura, amartillada contra la piedra, ensombrecida por el reflejo de la torre. Una capa de niebla enturbió su visión, y para cuando siguió su curso, la imagen se había desvanecido.    

Perfil de Aristarco de Alejandría

Jue, 08/22/2013 - 14:29

     Aristarco de Alejandría (183-91 a.C.), científico nacido en la isla de Samos. Nieto del astrónomo Aristarco de Samos (310-230 a.C.). 
     Su padre inculcó en el joven Aristarco el amor por la sabiduría de su célebre antecesor; mostrando ya de niño un talento fuera de lo común. Tras la muerte de su progenitor, y a la edad de veinticinco años, viaja hasta Alejandría para estudiar ciencias y filosofía. El que sería su mentor, el gran bibliotecario Aristarco de Samotracia (217-145 a.C), es el único que nos lega algunos breves apuntes retratando su amor por "todo lo que merece la pena ser desvelado", así como sus innovadoras teorías y apreciaciones del mundo que le rodea.  A través de esta sucinta reseña, y unos pocos documentos hallados en su isla natal, podemos crear un ambiguo perfil.
     Al parecer, durante los años de estudio en Alejandría (158-148 a.C.) destacó entre el abundante flujo de estudiosos, valiéndole el reconocimiento Aristarco de Samotracia. A la muerte de su mentor, recibió por méritos propios el sobrenombre por el que se le conoció el resto de su vida. Al igual como ocurriera con otras grandes figuras, el gran incendio de la Biblioteca de Alejandría ha borrado su rastro. 
    

Perfil de Aristarco de Samos.

Mié, 08/21/2013 - 14:15

     Aristarco de Samos (310 - 230 a.C.) era un astrónomo y matemático griego, nacido en Samos, Grecia. Él es la primera persona que propone el modelo heliocéntrico del Sistema Solar, colocando el Sol, y no la Tierra, en el centro del universo conocido.Es poco lo que se conoce de su vida, sus hipótesis sobre el universo se han extraído a partir de las referencias hechas por otros autores después de su muerte.          Aristarco fue uno de los muchos sabios que hizo uso de la emblemática Biblioteca de Alejandría en la que se reunían las mentes más privilegiadas del mundo clásico. Por aquel entonces la creencia obvia era pensar en un sistema geocéntrico. Los astrónomos de la época veían a los planetas y al Sol dar vueltas sobre nuestro cielo a diario. La Tierra, para muchos, debía encontrarse pues en el centro de todo. Los planteamientos del reconocido Aristóteles hechos unos pocos años antes no dejaban lugar a dudas y venían a reforzar dicha tesis. La Tierra era el centro del universo y los planetas, el sol, la Luna y las estrellas se encontraban en esferas fijas que giraban en torno a la Tierra. Pero existían ciertos problemas a tales afirmaciones.Sus revolucionarias ideas astronómicas no fueron bien recibidas y fueron pronto desechadas.                El paradigma que dominaba era la Teoría geocéntrica e Aristóteles desarrollada a fondo años más tarde por Ptolomeo. Hubo que esperar a Copérnico casi 2000 años más tarde para que triunfase el modelo heliocéntrico. Por desgracia, del modelo heliocéntrico de Aristarco solo nos quedan las citas de Plutarco y Arquímedes. Los trabajos originales probablemente se perdieron en uno de los varios incendios que padeció la biblioteca de Alejandría.
     Ptolomeo en el Almagesto lo nombra como un concienzudo observador de los solsticios y equinoccios. El único trabajo de Aristarco que ha sobrevivido hasta el presente, De los tamaños y las distancias del sol y de la luna, se basa en una cosmovisión geocéntrica. Sabemos por citas, sin embargo, que Aristarco escribió otro libro en el cual avanzó una hipótesis alternativa del modelo heliocéntrico.           Arquímedes escribió en el Arenario - El contador de Arena:
"Tú, rey Gelón, estás enterado de que el universo es el nombre dado por la mayoría de los astrónomos a la esfera cuyo centro es el centro de la tierra, mientras que su radio es igual a la línea recta que une el centro del sol y el centro de la tierra. Ésta es la descripción común como la has oído de astrónomos. Pero Aristarco ha sacado un libro que consiste en ciertas hipótesis, en donde se afirma, como consecuencia de las suposiciones hechas, que el universo es muchas veces mayor que el universo recién mencionado. Sus hipótesis son que las estrellas fijas y el sol permanecen inmóviles, que la tierra gira alrededor del sol en la circunferencia de un círculo, el sol yace en el centro de la órbita, y que la esfera de las estrellas fijas, situada con casi igual centro que el sol, es tan grande que el círculo en el cual él supone que la tierra gira guarda tal proporción a la distancia de las estrellas fijas cuanto el centro de la esfera guarda a su superficie."
     Plutarco también hace referencia a Aristarco. El rechazo de la visión heliocéntrica era al parecer absolutamente fuerte, como cita su pasaje en la obra En la faz de la Luna; hoy día motivo de especulación.
    De la literatura doxográfica se deduce que Aristarco consideraba al Sol como una estrella y probablemente que las estrellas eran soles. De lo que se conoce de los pensamientos de sus sobre el cosmos se puede resumir que:
• Fue uno de los primeros en promulgar la teoría Heliocéntrica. • Midió distancias y comparó tamaños relativos en la cosmología usando la  trigonometría. • Explicó los movimientos de rotación y traslación terrestres. • Dedujo que la orbita de la tierra se encuentra inclinada. • Amplio el tamaño del universo conocido. • Pudo asumir que el Sol era una estrella mas de las que se observan en el cielo 
     Aunque la mayoría de sus ideas se conocen a través de terceros, se puede decir de este científico de la antigüedad fue uno de los que se ha presentado más avanzado a su época. Es probable que de no ser por ausencia de sus escritos y por los ataques que se empezaron a sentir por grupos guiados por las creencias y la Fe religiosa, es probable que la historia de la cosmología hubiera sido diferente y que Aristarco "El geómetra" tuviera el reconocimiento que se merece.

Perfil de los Graco.

Mar, 08/20/2013 - 12:05

     Los Graco pertenecían a una familia destacada en la Antigua Roma, desde finales del siglo III adC. Los miembros más importantes de esta familia fueron:
• Tiberio Sempronio Graco (Tiberius Sempronius Gracchus) que vivió a finales del siglo III adC. Fue general en la guerra contra Aníbal. En el 215 a.C. fue elegido cónsul y desde ese cargo evitó que Aníbal tomara la ciudad de Cumas. En el 213 a.C. fue cónsul por segunda vez. Murió en el 212 adC en una guerra, en acto de servicio.
• Tiberio Sempronio Graco (Tiberius Sempronius Gracchus), sobrino del anterior y que llevó su mismo nombre. Principios del siglo II a.C. General y estadista y padre de los hermanos Graco, famosos en la historia de Roma por sus acciones en el Senado y sus revueltas. Este Graco fue elegido censor en el año 169 a.C. cargo importantísimo pues se trataba del más alto magistrado. Ser elegido censor representaba la culminación de la carrera política de un individuo. En el año 184 a.C. había sido tribuno de la plebe y en el 177, cónsul. Se casó con Cornelia, de la familia de los Escipiones, nobles romanos y familia de gran importancia. Tuvieron 12 hijos de los que sólo sobrevivieron 3, los dos Gracos famosos y Sempronia.
• Tiberio Sempronio Graco (Tiberius Sempronius Gracchus), 164-133 adC. Hijo de Tiberio Sempronio Graco y Cornelia, y hermano de Cayo Sempronio Graco y de Sempronia. A los 10 años fue augur. Fue tribuno militar en Cartago (Hispania) en el 146 adC, bajo las órdenes de Escipión Emiliano que era su primo. En el 137 adC fue cuestor también en Hispania, esta vez bajo las órdenes de Hostilio Mancino, cuyo ejército salvó Graco con gran inteligencia, hazaña que nunca le recompensó el Senado romano. En el 133 fue tribuno de la plebe y desde este cargo quiso solucionar el problema agrario implantando una serie de leyes que no fueron muy bien recibidas por el Senado. Como consecuencia se levantaron las revueltas que darían fin a su vida, dirigida por su enemigo Escipión Nasica, Pontifex Maximus.
• Cayo Sempronio Graco (Cayo Sempronius Gracchus), hermano menor (se llevaban 9 años) de Tiberio Sempronio Graco, hijo de Tiberio Sempronio Graco y Cornelia, 154-126 a.C. Fue político reformista social. Participó en la comisión de las medidas legislativas para los asuntos agrarios que su hermano Sempronio Graco trataba de llevar a cabo. Fue el autor de una novedad en la nueva legislación: las subvenciones del Estado en los precios del grano en época de escasez. Fue la llamada ley Annona, sistema que ya conocían los griegos. También aprobó leyes para mejorar el servicio militar y para construir carreteras. En el 121 a.C. sus leyes y sus reformas sufrieron el ataque del cónsul Lucio Opimio y a continuación se desencadenaron una serie de revueltas y asesinatos. El final fue el suicidio del propio Cayo en el bosque Furrina, en las laderas del Janículo, una colina situada en la ribera oeste del río Tíber.

Perfil de Graco.

Lun, 08/19/2013 - 12:00

     Tiberio Sempronio Graco  (164-133 a.C.). Hijo de Tiberio Sempronio Graco y Cornelia, y hermano de Cayo Sempronio  y de Sempronia.           A los 10 años fue augur. Participó en la contienda en Cartago (Tercera Guerra Púnica) en el 146 adC, bajo las órdenes de Escipión Emiliano, que era su primo; se dice que fue el primero en saltar las murallas de la ciudad.          En el 137 adC fue cuestor en Hispania, esta vez bajo las órdenes de Hostilio Mancino, cuyo ejército salvó Graco mediante la negociación con gran inteligencia, hazaña que nunca le recompensó el Senado romano, que lo consideró una rendición humillante.           En el 133 fue tribuno de la plebe y desde este cargo quiso solucionar el problema agrario implantando una serie de leyes que no fueron muy bien recibidas por el Senado, y que incluían, entre otras cosas, que las tierras públicas fueran repartidas entre las masas, o que el trigo se les vendiera a los pobres por debajo del precio de mercado, en un momento de gran tensión social en Roma ante la riqueza de los grandes latifundistas, y la miseria del pueblo. Como consecuencia de estas medidas, a las que se oponía la aristocracia, se levantaron las revueltas que darían fin a su vida, dirigidas por su enemigo y Escipión Nasica, un primo de su madre, Cornelia.           La historia cuenta que fue asesinado a golpes de mazas y estacas, junto a muchos de sus seguidores, el día que se presentaba a un nuevo mandato (lo cual estaba prohibido; de hecho, para tratar de lograr sus reformas, tuvo que adoptar medidas anticonstitucionales, y eso fue parte de lo que le reprocharon sus enemigos), en el espacio abierto del templo capitolino, muriendo definitivamente de un mazazo en la nuca; al parecer, dado por Escipión Nasica.           Su cuerpo nunca fue encontrado, dicen que fue arrojado al Tíber, negándosele toda sepultura.  Escipión Nasica fue enviado por el Senado a una misión en Asia, con el fin de protegerlo, mientras Escipión Emiliano justificaba en cierta medida su asesinato. Escipión Nasica permaneció exiliado de por vida. Los esfuerzos de Tiberio Sempronio por una reforma agraria fueron continuados por su hermano Cayo, el cual, sin embargo, fue también asesinado por los mismos motivos.

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