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Crónicas rebeldes. "En busca de la inmortalidad", de José Ramón Sales

EN BUSCA DE LA INMORTALIDAD

José Ramón Sales

Esto nada tiene que ver con «En busca del arca perdida», o «En busca del fuego», sendos filmes de Spielberg y Annaud que iban en pos de los secretos que permitieran poder y cambio en el mundo. Si el primero flirteaba con el mito, la leyenda, y la magia que deviene de nuestros más imaginativos sueños, el segundo perseguía algo bien tangible. Tal y como acontece con la película que ahora quiero comentar; un filme monumental, bien creado, fotografiado y mejor vendido, cuya influencia y poder se hace notar en el devenir de la historia del ser humano.

Antes de proseguir, quisiera dejar bien patente que este artículo se suma a los inmensos ensayos existentes desde mediados del siglo XIX, donde muchos sabios y estudiosos han intentado arrojar luz y conocimiento, contextualizando el farragoso sedimento. Pero lo mismo da que sean cientos, o miles, las voces clamando en el desierto, porque ninguna de ellas incidirá de modo provechoso en algo que, paradójicamente, no admite reflexión, ni análisis severo alguno. No obstante, siendo estas crónicas un viaje hacia el segmento más incoherente de la sociedad y pensamiento humanos, resultaba inevitable esquivar el tema, a sabiendas de los ásperos mohines que habrán de suscitarse.

Hablemos pues de inmortalidad; de religión. Y hagámoslo de la forma más concisa posible, ya que este dilema ha llenado una buena parte de la literatura universal.

    

A estas alturas, si exceptuamos algunos pastores en remotas  aldeas de nuestro país,

individuos perdidos en exuberantes selvas, personas de baja cultura o postulantes de alguna secta radical, es sabido que el génesis propuesto en la religión nada tiene que ver con lo descubierto sobre el desarrollo del universo y su interacción con los planetas y la vida albergada en ellos. De esta forma no nos entretendremos con algo cuyo homónimo podemos encontrarlo en la literatura de los hermanos Grimm.

 Sabido es, que antes de la aparición del hombre, la Tierra estuvo gobernada durante millones de años por una diversidad abundante de especies animales. Un sólo código de conducta regia su destino. Bueno, seamos magnánimos; tal vez unos pocos. En ninguno de ellos se contemplaba el sentido que más tarde el humano pensante desarrolló para proyectarse por encima de su inequívoca mortandad. Y así, durante eones, los seres vivos del planeta vivieron y murieron al margen de religiosidad alguna.

Cuando el hombre, surgido del barro y las aguas se arrastró, trepó y se irguió sobre dos piernas, desarrollando también la mente, casi al unísono lo hizo igualmente con su parte mística, temerosa hacia todo aquello que desconocía y escapaba a su comprensión. Y es curioso observar cómo, hoy día, en aquellos lugares menos favorecidos por el desarrollo y la cultura, los autóctonos de dichas zonas veneran al dios de la montaña, del trueno, o cualquier otra cosa que les supere. Podemos ver la tremenda falacia que sobreviene enfrentado la incultura a lo desconocido, pero no contemplamos que venimos de estos mismos antepasados, heredando una cultura abocada a la superstición por ése mismo temor a la muerte. Nos encontramos en otro estado, aunque seguimos drogados por nuestro anhelo de proyección en el Más Allá.

El máximo exponente del error religioso se encuentra en su propio génesis, donde la condición humana extrapola su condición al mundo de lo divino, intentando interpretar lo que escapa a su entendimiento. Y así, la figura de Dios guarda cierta semejanza con los hombres y hasta se comporta como tales.

 

Las principales religiones monoteístas tienen parecidas semejanzas, en cuanto al tratamiento de los impensables nacimientos de sus dioses; tal y como acontece en la mitología clásica y su ingente panteón de divinidades. Estas religiones están sazonadas de hechos insólitos, y creadas en épocas antiguas. Todas relegan a la mujer a un mero elemento funcional, bajo el dominio del hombre; persiguen un poder que, a lo largo de la historia ha creado rivalidades, guerras y matanzas. En su afán, a menudo las religiones se han aliado con el mundo político. Nada es imposible con tal de perpetuar su hegemonía; aunque en los países más adelantados han ido perdiendo cierto poderío. No obstante, los nefandos baños de sangre continúan  bajo estas fanáticas ideologías que separan a los hombres y los enfrentan. Y en la pérdida de vidas humanas a lo largo de la historia encontramos su amoralidad.

En nuestro sarcástico mundo tenemos religiones a la carta. Es un panorama tan ubérrimo y variopinto que la oferta resulta desconcertante; no obstante, como somos producto del entorno social donde nacemos, nuestra elección está condicionada.

Todos los que profesan misticismos, tienen como verdadera su creencia, y la llevan a la práctica rigurosa en los más variopintos lugares de la Tierra. Desde el Amazonas a Roma; desde Groenlandia a España, indígenas, esquimales o caucásicos, viven y mueren con sus particulares creencias. Cada una de ellas más dispar, si cabe.

 

Por lo que me toca, vivo la religión católica; según dicen, la mejor, la auténtica. Aunque, claro está, es lo que esgrimen todas. Según parece he tenido bastante suerte; de lo contrario parece ser que estaría perdido y condenado.

Premio y castigo. Son valores tan humanos que dan risa. Cuando Dios debería ser todo amor. Un amor que los seres humanos no parecen asimilar. Un sentimiento que trasciende al de los padres hacia los hijos. Claro está, que sin premio o castigo, las religiones pierden todo su poder y razón de ser. Y, cuando el alumnado se vuelve más inteligente e inquisitivo, alientan su parco conocimiento hacia algo tan nefasto como la fe. Porque la fe es toda negación de intelecto, de razonamiento plausible, de conocimiento, de análisis coherente. La muerte del empirismo y la lógica, de la ciencia y el progreso.

Anclados en unos textos obsoletos de cerca de dos mil años, cuando las religiones y el pensamiento antiguo tenían su razón de ser, se exhorta a los fieles a seguir unos dogmas ancestrales. Si pensamos que los católicos se rigen por lo escrito en  cuatro evangelios canónicos que difieren entre sí, y hasta se contradicen; que fueron escritos recogiendo la tradición oral de ciertos pueblos durante cerca de doscientos años dentro de una creciente hipérbole; que fueron traducidos y manipulados en función de intereses religiosos y políticos sufriendo una acusada gradación; que fueron escogidos entre otros muchos evangelios en el Concilio de Nicea en el 325 d.C; que sobre Jesús apenas se sabe nada, toda credibilidad queda más que en entredicho. No resiste cualquier análisis serio. Como así ha ocurrido. ¿Qué nos queda entonces? Es fácil, la fe. Una herramienta orientada hacia la inanición cultural. Al igual que el poder político, al religioso le interesa que sus súbditos vivan en la mejor y más feliz de las ignorancias. La manipulación se hace más fácil. Si tienes fe, ya no hace falta nada más; ni siquiera que indagues en lo concerniente a tu propia religión. Si en la vida todos viviéramos acorde a dicho principio fundamentalista,  todos seguiríamos pensando que el mundo es plano, que la Tierra es el centro del universo y que el sexo es poco menos que antinatural. Fueron seres sensatos los que perdieron su vida en la hoguera luchando contra este tipo de superstición, llevando la vida y su sentido hacia cotas más elevadas, desarrollando la civilización y el progreso. Si nuestro pensamiento fuera eminentemente religioso, aún estaríamos con velas, sumidos en la más retrógrada de las conductas. Porque es bien sabido que la religión ha condenando a los demonios que la fustigaban con sus molestas propuestas y descubrimientos.

 

En las misas se repiten una y otra vez las lenitivas oraciones, pidiendo por las guerras, la ambición, las enfermedades, etc. Pero no he observado cambio sustancial. La más absoluta inanidad; como si la corriente de la vida fuera ajena a tales credos.

Los seres humanos siguen naciendo y muriendo, luchando y sufriendo, como las guerras, las pandemias, los desastres, las enfermedades. Los padres rezan, y los hijos se salvan o perecen dependiendo de la circunstancia, sin un patrón fijo, exceptuando el sentido aleatorio.

Me resulta graciosa esa antinomia sobre la lucha entre el Bien y el Mal, entre Dios y el Demonio. ¿Qué batalla puede existir cuando uno de los dos bandos es todopoderoso? Resulta tan ridículo que me resisto a seguir escribiendo sobre ello.

Tal vez, si Dios no fuera omnipotente, sería todo más plausible. Ya no habría que culpabilizarlo de las atrocidades que nos asolan, la inutilidad de las plegarias y otras muchas cosas.

Unos padres que sacrifican a sus hijos es algo que está a la orden del día. Una inmolación para cambiar su mundo. Ofrenda sangrienta de lo más preciado. En el caso de Jesús, nos cuentan que fue para expiar los pecados de los hombres, porque el mero hecho de nacer y vivir la vida de modo natural parece ser motivo de culpa. Tremenda jugarreta que la sexualidad de los humanos sea tan placentera. Podríamos procrear friccionando las narices y así no habría problema, pero el creador lo dispuso de otro modo para fastidiar.  Lo peor de todo es que el susodicho sacrificio no sirvió de mucho, dado que los herederos nos siguen reclamando continua confesión de los pecados.

Pero el pináculo del atrevimiento es arengar a los prosélitos con una filosofía que contrasta tremendamente con la imagen pobre y desvalida de un hombre sencillo que camina entre gentes humildes. Porque el Vaticano, la Iglesia y toda su realeza, nada tienen de pobre. Por lo cual, la religión católica es quizás la más absurda de todas.

 

Mi abierta tesitura podría hacerme parecer un ateo convencido, cuando más bien soy agnóstico. Un hombre que entiende que el ser humano no es capaz de asumir la energía creadora que llama Dios, a la que le ha otorgado un aspecto varonil. No aspiro a una indulgente ósmosis, pues opino que los seres humanos andan algo despistados, interpretando de forma muy humana tales misterios; los que, a su vez, son caldo de cultivo para la dominación. Bien sea por temor, o por la venta de un hipotético paraíso, la añagaza está servida.

Lo cierto es que nadie ha regresado del Más Allá para contarnos lo que sucede; si es que hay algo que contar, y exonerarnos de la carga, por lo cual serán muchos los que íntimamente seguirán debatiéndose en la incertidumbre, a pesar de su dilecta creencia. No siendo persona de extremos, honestamente no puedo decantarme por uno de ellos. Lo exacerbadamente opuesto siempre me ha producido una gran desazón, a causa de esa fanática cerrazón de la que se hace gala. Sobre todo, en cuestiones como la que nos ocupa.

 

Son tantos los silogismos que resulta onerosa toda recapitulación final. Creo que existen motivos más que sobrados para ir dejando atrás ciertos atavismos religiosos que nos impone el entorno particular. La religión frena la creatividad y responsabilidad del hombre, que declina esto en manos de lo incognoscible. Si caemos en desgracia, no es la voluntad de Dios. Ahítos de resignación, debemos rebelarnos, buscando medios para construir un mundo mejor; no dejando nuestras vidas en manos de un ambiguo hacedor, del que cabrá preguntarnos quién lo creó a él. Toda esa energía debería emplearse de mejor manera, mientras haya tiempo. Porque, como diría un buen amigo y excelente pensador,  nadie escapa con vida de la vida.

Esta sí es una realidad.