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Crónica de noviembre de José Ramón Sales -Crónicas rebeldes- "Muñecos de papel"

MUÑECOS DE PAPEL 


José Ramón Sales 






«Un escritor es la suma de sus experiencias». Tan simple, como elemental; pero queda muy bien decirlo. Por dicha razón, a pesar de lo analítico que pueda pretender ser, y aun poniendo en mi parco currículum los onerosos años de ferviente contemplación y análisis social, lamentablemente siempre tenderé a filtrarlo todo a través de mi historial. Pero así son las cosas mundanas, mis queridos lectores.

El mundo de la escritura es tan complejo y visceralmente manipulador como lo pueda ser cualquier otra forma de manifestación humana. Personalmente, puedo y deseo centrarme en lo concerniente a este nefando país llamado España, donde, a pesar de muchos, sigue siendo un acerbo semillero de corruptelas, injusticias, amiguismos y ladrones de guante gris. Un mundo perverso que ahora aflora a la superficie con inusitada virulencia. Era cuestión de tiempo.

Nuestro suelo patrio lidera ya muchos de los aspectos más deleznables de nuestra raza mediterránea. Estamos en el ranking de consumo de alcohol, de adicción al móvil, y de bajo intelecto estudiantil; por citar sólo una pequeña muestra. Claro está, que poco podemos exigir de nuestros jóvenes ante el lamentable comportamiento de los adultos.

Así las cosas, el mismo rasero por el que medimos la política y otras impías legislaciones, podemos aplicarlo al mundo de las artes, incluyendo las letras. Algo parecido acontece con el mundo del celuloide, donde últimamente estamos entrando en debate sobre la calidad del cine español; básicamente un producto ajeno al devenir de los tiempos, cuasi inalterable en su estructura. Y esto sucede, porque, al igual que en el mundillo literario, los nuevos valores no pueden acceder a un ente hermético e indefectiblemente oligárquico. Como en otras cúpulas, todo queda entre los que forman el especial bestiario, sin posibilidad de acceso al hombre sencillo; por mucho genio a raudales que demuestre. Éste es el motivo por el que, las estanterías se llenan con productos desechables, en detrimento de los nuevos valores, siempre relegados al ostracismo.

Como soñadores preñados de infantil romanticismo, aspiramos a un mundo de equidad y exaltación de los buenos principios, donde la valía de la obra se anteponga a la del autor. Desgraciadamente, nada más lejos de la realidad. En España, y lo grito a pulmón abierto, nada puedes hacer como novelista, de no mediar un buen currículum; a ser posible, enraizado con el mundo de las letras. Si no estás bien relacionado, apadrinado, o tienes enchufe, no hay nada que hacer. Es ésta una sociedad donde la imagen lo es todo. Recuerdo el caso de un famoso escritor —cuyo nombre no citaré—, el cual, bajo pseudónimo, se dedicó a enviar una novela —que más tarde publicaría— a varios concursos literarios. Obviamente, no tuvo ningún éxito. Si nos fijamos, podemos ver cómo en cualquier certamen literario de cierto nivel, los premios siempre se conceden a personas con un buen historial. Otra cosa es la calidad de la novela en cuestión, a tenor de muchas de las opiniones que dejan los lectores en la red.


Convendría tal vez hablar un poco de eso que llamamos el síndrome del escritor. ¿Se trata de un simple oficio; o es algo más? Como empeño laboral con el cual podemos ejercer una actividad lucrativa y obtener un cierto status, habrá que aprender los rudimentos de la ocupación. Deberás aprender gramática e ir a clases de escritura, asistir a talleres de narrativa, estilo, estructura, etc. Aprenderás cómo debes orientar tu futuro trabajo, puliendo defectos e inclinaciones naturales, para adaptarlo a la demanda del gran público, y por ende, a la de las posibles editoras. Al final, puede que seas escritor; pero sin alma, y las obras sin alma, aunque puedan llegar a las estanterías de una librería, están condenadas al olvido eterno.

Deseo creer que hay seres humanos que poseen un don natural; una especial sensibilidad ligada al mundo de las artes, arropada en el escritor con un impulso irrefrenable que provee la necesidad de plasmar en papel las ideas que asaltan su corazón, fustigado por una mente ensoñadora. Estas personas necesitan algunos sabios consejos, muchos de los cuales se los brindarán los propios autores consagrados, a través de sus obras. Quien aconseja que un escritor se crea escribiendo y leyendo, no va mal encaminado. Pero no todo el mundo tiene las mismas aptitudes; motivo por el cual unos necesitarán más aprendizaje que otros.

También deseo convencerme de que, muchísimas veces, lo verdaderamente importante y eterno, está reñido con las fútiles ideas contemporáneas de un momento dado. Muchos de los grandes, comprometidos con el espíritu de su obra, con su carne vertida en el papel, apenas fueron reconocidos en su época, y no aumentaron su peculio con tan dilatada pasión. Fueron los años venideros los que les otorgaría la inmortalidad. Cierto es, que siempre aspiramos al equilibrio que cimente nuestro anhelo, consolidando nuestra meta; pero no es cosa fácil. Creo sinceramente que a todo escritor serio le llegará un momento en el que deberá hacer frente a su ambición, decantándose por lo comercial e intrascendente, o por su antítesis.

Quizás —y gracias a las nuevas tecnologías— hoy más que nunca, se profana el sacro principio de la integridad, en aras de lo superfluo, con tal de que genere buenos dividendos. Librerías, grandes superficies y servicios online conforman un bucólico paisaje lleno de materiales muertos; una marea de libros devorándose entre sí, regurgitando su propia inanidad y concupiscencia; una guisa de impúdicos libelos ofreciendo su servicio de comida rápida. ¿Cuántos de estos títulos serán recordados con el paso de las incontables generaciones? Claro está, que si lo que uno ansía no es permanecer en la memoria de uno o muchos, cuando se abran las páginas de un solo libro, silencioso y a la vez lleno de vida, ínfimo y a la vez intemporal, no hay de qué preocuparse.



El negocio editorial en nuestro país es harto deplorable. Las editoras que ofrecen coedición y autoedición han proliferado de modo alarmante; la red está llena de las quejas de los pobres incautos que han sido engañados, de los abusos cometidos contra los inocentes aspirantes a escritor. Son muchos los desaprensivos que viven de los anhelos y sueños de  los futuros escritores; muchos de los cuales fenecen en esta primera y desalentadora etapa. Las editoriales de renombre se reagrupan en fuertes consorcios, creando un muro ciclópeo ante ese escritor sin más credenciales que su propia obra. Por otro lado, estas entidades están saturadas con su propia cartera de clientes; y las editoras de nivel medio reciben tal cantidad de manuscritos, que apenas pueden atender la oferta. Es en las editoras modestas donde el novel puede, con algo de suerte, conseguir que le lean; sin embargo, la misma falta de medios, obligará en la mayoría de los casos a que el autor tenga que poner algo de su bolsillo si quiere ver publicada su novela. Aun así, quedan otros muchos sinsabores esperando a la vuelta de la esquina.

La mayoría de las editoriales pequeñas y medianas no cuentan con una buena distribución, y al final, sus obras no llegan a todos los lugares que uno desearía; y si lo consiguen, al no contar con un sello editorial de primer orden, el libro es relegado indefectiblemente a una estantería, pasando obviamente desapercibido. Esto es posible gracias a un gregarismo tal, que sólo las obras de las editoriales importantes se colocan en los expositores de cara al público. Así pues, y en definitiva, si un escritor no logra publicar bajo un sello de nivel, su obra seguirá permaneciendo en el anonimato, por más presentaciones, halagos y apariencias de bolsillo que se den alrededor. Me gustaría ser más halagüeño y positivo; pero esto es lo que hay. Todo se basa en una cuestión de castas. Esto me es familiar, ¿dónde lo habré oído?

Existen excepciones, que este cronista no entiende como tales, puesto que si suprimimos el verbo eliminamos el significado. Estoy hablando de una serie de personas que, sin ser escritores, ni individuos relevantes, publican de primeras una obra. Son casos puntuales, como quien ha sufrido un cáncer, un acto terrorista, ha penado en la cárcel, o cualquier otra desventura de las que vende mucho. A fin de cuentas, la sangre siempre atrajo al público a los anfiteatros. Otro caso es el de los famosos que escriben —o les escriben— sus memorias. En cualquier caso, tras estos trabajos toda carrera literaria tenida como tal es algo inexistente.



La nueva herramienta llamada internet crea cierta ilusión y expectativa. Todos crean su blog y utilizan las redes sociales. Un conglomerado tan farragoso como el de la saturación de manuscritos en las editoras y de libros en las librerías. Escritores de segunda o de tercera, en cuanto al éxito se refiere, cuyo eco tiene un círculo delimitado. Todos luchan por extrapolar su trabajo más allá del sucinto núcleo en el que se mueven. Mezcolanza de voces creando una cacofonía reverberante. El tiempo los barrerá a todos, implantando las siguientes generaciones de muñecos de papel, empeñadas en hacer leer sus ideas, para lo cual llegarán incluso a costear ellas mismas una pequeña tirada de sus obras, repartiéndolas después entre amigos y conocidos. Y, en el todo vale, hoy día hay quien llega más lejos, regalando sin pudor su libro y, de esta guisa, elevando un altar monumental al desprestigio. Todo, con tal de que a uno le lean sus genialidades y alaben su intelectualidad. Una homérica odisea embistiendo a editores y libreros, a la par que engrosa las arcas de los espabilados que ven florecer sus negocios, lucrándose con las ansiedades de los necios. No digo nombres.

Llegados a este punto, ¿qué puede hacer un decente y honrado aspirante a escritor en este país? Respuesta: si no tienes un buen currículum profesional en un área noble, nada de nada. Si no tienes dinero para invertir en tu futura carrera, creándote una buena web y publicitándote con asesoramiento profesional, escalando estrategias de mercado, nada de nada. Por el contrario, si tienes lo que hay que tener, es decir, un buen historial y, consecuentemente, estás bien relacionado, la novena puerta puede abrirse.



Al leer esta crónica, los que sienten el hálito creador, pueden llegar a sentirse desesperanzados, o quizás ofuscados por el cariz de mis palabras. La verdad siempre fue cruel y dolorosa; sobre todo, cuando alguien te dice que, sin ciertos aditamentos, no importa lo bien que escribas, la calidad de tu prosa, el dominio de la narrativa, el equilibrio de las oraciones, el pulso argumental, la eficacia de la gramática, el pulido de la estructura, el sentido del ritmo, o la adecuación del estilo a la necesidad práctica del lector, no llegarás a nada. A no ser que, al igual que a los pastorcillos de Lourdes, se obre un milagro, o que un inefable Moisés te abra las puertas de tu inescrutable destino, emulando las aguas del Mar Rojo.

Entiendo que lo último que un humano puede perder es la esperanza, el alimento del que se nutren todos los desvalidos, rechazados e ignorados de este mundo, a los que sólo les queda la simple opción de seguir caminando hasta el final. Los crédulos esperarán la segunda venida del Mesías; los realistas deberán aprender a vivir con lo que tienen, y el ignorante seguirá meciéndose en la felicidad de su inocencia. Pero sigamos.

Muchos puntos de venta apenas disponen de espacio para colocar la incesante marea de libros que les llega cada semana; saturación que les obliga —sobre todo en épocas navideñas— a ni tan siquiera sacar de las cajas algunas obras menores, que son devueltas tal cual. Algo que también puede darse sin atisbo de moralidad, puesto que las obras son distribuidas en calidad de depósito. Es decir, lo que facturas es lo que te facturan. Un trabajo sobre seguro, al que aspiraría todo comerciante de este país en quiebra. Sobre un aura de engaños y falsas apariencias, nuestra sociedad comienza a mostrar un parte de su auténtico cariz: la de la mentira universal. Todo son espejos, engaños y falsos altruismos. Sólo impera la ley del negocio personal.

Puedo denominarme escritor en el momento en el que tras muchísimo esfuerzo preparo mi quinta novela. Dejando las borrosas etapas intermedias, he buscado la luz en los orígenes y la conclusión de todo esto. Desde luego, es mi experiencia; pero a través de ella me he relacionado con libreros y encargados de firmas importantes, como Fnac o El Corte Inglés, donde presenté uno de mis libros. También he mantenido diálogos con las personas cercanas al libro en su última y más importante etapa: los empleados que los venden. Y para finalizar, he charlado con muchas otras personas vinculadas al mundo del libro, incluyendo a los lectores empedernidos.

Aspiramos a subvertir las reglas, a que algún día todo cambie; pero tan sólo puede hacerlo por un corto período, pues lo que yace en su génesis prevalecerá por siempre. Mientras tanto, los heroinómanos de la escritura seguiremos vertiendo nuestro amor y lágrimas en el papel, esculpiendo a sangre y fuego lo que necesita aflorar bajo el signo de tan estoica y despiadada demanda. ¿Qué otra cosa podemos hacer? ¡Sí, ya lo tengo! Tal vez leer «Un mundo feliz» de Aldous Huxley, arrellanados en nuestro sofá, con los vapores de un discreto brandy acariciando nuestro último atisbo de sensibilidad.