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Crónica de junio de José Ramón Sales. Crónicas rebeldes. "El demonio de la coerción II"

EL DEMONIO DE LA COERCIÓN

II

José Ramón Sales

 

 

 

La estructura coercitiva es la misma para el tríptico: político, religioso o deportivo.

En la Edad Media el poder coercitivo de la arquitectura tomó forma en sociedades destinadas a mantener tales secretos, así como en su combinación con el misticismo, donde obtenía una gran capacidad de influencia.

Observemos como el triforio, la ensombrecida banda de arcos y columnas situada bajo las ventanas más altas, es un truco óptico con la  mera función de provocar temor. Portales ocultos y lugares inaccesibles —que a menudo no llevan a ninguna parte—, acapara nuestra atención, sin darnos respuestas, pues su finalidad es recodarnos los misteriosos y ocultos saberes de la iglesia.

En su simbolismo, los gigantescos y puntiagudos arcos tocan el cielo, y las colosales vidrieras esparcen lentamente su luz, provocando sobrecogimiento. El órgano lanza sus notas, y la perfecta caja de resonancia compuesta por el edificio, se encarga de llenarnos los sentidos. El mundo externo se desvanece, siendo lanzados a las entrañas de otro, donde ya somos vulnerables a la siguiente batería de técnicas psicológicas.

La retórica coercitiva que se utiliza en cualquier mitin, u homilía se ha mantenido de forma similar hasta nuestros días, con el fin de garantizar el efecto emocional. En este sentido, es conveniente contar con un entorno espectacular que empequeñezca al individuo. Muchos habréis contrastado este efecto, cuando la prédica es realizada en un entorno grandioso, cuasi divino, que induce a la exaltación de los sentidos. Y así, todo parece incuestionablemente real; puesto que el entorno grandioso y elocuente es una poderosa arma retórica al servicio de una ideología.

Cuanto más deprimida está una cultura, más reprimida está su rabia. Deseamos expresar una serie de sentimientos. Religión, política o deporte, necesitan identificar esta sensación en el momento adecuado, con el fin de conducir satisfactoriamente la energía emocional de los reunidos hacia el objetivo, abrumando la capacidad de reflexión con la grandeza, y enmascarando la retórica con la emoción, suspendiendo así la lógica.

Siempre se ha utilizado la ley de los tres actos. A saber: el primero, unificar a la multitud; el segundo, avivar su pasión, y el tercero, hablar como Dios o la Naturaleza. Se suele hablar de religión, historia, opresión, conspiración, usar metáforas, y, en general, exponer las necesidades íntimas, necesitadas de apremiante solución. Los individuos se sienten radiografiados, y  por lo tanto, no pueden cuestionarse la verdad que les venden. Arrastrados por el entusiasmo, los más débiles son transportados a un estado infantil en el que ansían recibir órdenes y obedecer; momento idóneo para que el orador adoctrine a su audiencia sobre la guerra espiritual, consolidando a los soldados de Dios, los seguidores políticos o a los deportivos. Con alguna ligera diferencia, la base es la misma: la unidad de la multitud es un objetivo que se debe alcanzar a toda costa, y el orador debe distinguir y aprovechar aquello que los asistentes tienen en común. En el medio político también juega la escasa memoria histórica de los individuos, cimentada en la muerte de las generaciones y en intenso ajetreo de las vidas, donde poco tiempo queda para mirar atrás. Este hecho hace perder en la bruma la asimilación, en todas sus vertientes.

Pongamos un ejemplo que podemos extrapolar a otros medios; un proceso que también sigue tres pasos: primero, descubrir los mitos dominantes de la población; segundo, encontrar supersticiones y lagunas en sus creencias; y tercero, reemplazarlas e incrementarlas con hechos que modifiquen las percepciones.

Los misioneros cristianos estudian y evalúan el sistema de creencias de los indígenas para obtener su amistad. Después, asocian a los dioses locales con los santos o deidades católicas, para convertirlos. Como en el caso de san Francisco, presentado a los nativos como el dios de los animales; o como en el caso de los rituales en los que bebían sangre de pollo, donde se les dijo que era una versión  del sacramento de la comunión. De esta manera, a lo largo de dos mil años, el cristianismo ha ido fagocitando las creencias de los pueblos a los que convertía. Sin ir más lejos, la tradición del árbol de Navidad era parte de un ritual del solsticio de invierno de los pueblos germanos para iluminar la noche más oscura del año. Siendo evidente la relación del miedo con la oscuridad, los avispados misioneros sacaron partido de esta leyenda pagana, llevándola a su propio terreno, sirviendo de mejor abono para la conversión. Y sin ningún tipo de escrúpulo identificaron el abeto con la cruz sagrada y el nacimiento de Cristo, dirigiendo su significado de esperanza hacia su propio Mesías.

Mi enfático proceder en estas arduas cuestiones —cual infatigable Antonio Piñero— desmantelando el mito religioso más cercano, a veces me hace perder el rumbo. Y es que, en pleno siglo XXI, mi capacidad de asombro no tiene paragón ante la inopia intelectual de este país, que todavía parece pastorear por recónditos parajes, llenos de singular arcaísmo. Tal y como expresa la realizadora del magnífico y aleccionador documental «Planeta Océano», en su alegato contra la inmisericorde tala de los recursos humanos del planeta, ningún Dios, o religión, no salvará, a no ser que emprendamos conjuntamente las acciones necesarias para salvarnos de los graves problemas venideros.

Esto me lleva a retomar sensatamente las claves de la presente crónica, emplazando convenientemente el jugoso tema deportivo para una próxima entrega.

 

Los mítines políticos de Adolf Hitler se caracterizaban  por la simetría de los tres actos, su carisma retórico y la parafernalia del buen decorado a cargo de su jefe de propaganda, Joseph Goebbels. La lógica que utilizaba era muy simple: las victorias nazis eran tratadas como una señal de la providencia y gracia divinas; y las derrotas eran un signo evidente de la conspiración judía. En otro tipo de lectura: todo logro es una bendición divina, y todo contratiempo el efecto de un conspiración diabólica.

Una vez más, la unificación era fundamental, y esto se llevaba a cabo mediantes unos rituales previos; tal y como hoy día utiliza la técnica que precede a los eventos de la NBA: «Hemos venido desde diferentes lugares para estar juntos aquí esta noche».

El ataque contra un símbolo es más contundente que el utilizado contra seres humanos porque es universal, provocando una respuesta emocional; y así, resulta más fácil utilizar los simbolismos para unir e incitar a las masas. Cuanto menos específicos sean los detalles, más icónica y universal será la referencia.

Una vez logrado que la multitud pase de la rabia/necesidad individual, a la colectiva, el orador ya puede seguir con el tercer y más difícil acto: presentarse como el espíritu de una nación, la voz de Dios, o el padre de una determinada raza.

En 1936, Hitler utilizó el elemento religioso para asignarse ese papel mesiánico, tan recurrente en la historia de las civilizaciones. Sea él quien despida esta inquietante exposición, donde todos sus elementos son intercambiables, pues tan sólo hay que ubicarlos en cada contexto para descubrir la manipulación coercitiva y la mentira en la que sustentamos nuestras necesidades y vidas.

«¡Cómo no podíamos sentir una vez más, en esta hora, el milagro que nos ha unido! En una ocasión escuchasteis la voz del hombre que encendió vuestros corazones. Os despertó y la seguisteis… Ninguno de vosotros me ve, ni yo os veo a vosotros. Pero os siento, ¡y vosotros me sentís a mí!... Es algo maravilloso ser vuestro Führer».

 

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