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Crónica de febrero de 2014 de José Ramón Sales. Crónicas rebeldes. "La ley del silencio"

LA LEY DEL SILENCIO

 

José Ramón Sales

 

 

No, no tiene nada que ver con la excelente película de Elia Kazan; aunque, en cierta medida sí lo tiene. Hablamos de un silencio tan real, como el hecho mismo que se pretende ocultar. Un silencio como la materia oscura del Universo, que está presente en nuestras vidas, de principio a fin.

El alabado pensamiento crítico, tan ausente en nuestras mundana existencia, entiende a la perfección que nuestros juicios están seducidos por nuestros instintos naturales; tal y como perfectamente representa el estudio denominado «Pirámide de Maslow». Uno de estos instintos versa sobre la negación, y consecuente silencio, de todas aquellas cosas que nos son molestas. De entre los ardides de la mente, cabe destacar la amputación de todo lo que consideramos nos hace infelices; ya sea moral, física, o simplemente inoportuno para la consecución de un buen juicio, adaptado convenientemente a nuestra forma de ser. Y es que rehuimos lo que pueda acibararnos, siempre a la zaga del pensamiento más acomodaticio.

Existe un arquetipo reflexivo, adunado a la carencia de rigor informativo. Para empezar, las personas más cercanas, amigos o conocidos, siempre nos dan su impresión de los hechos. Es sólo un punto de vista, objetivo o no. Deberíamos conocer todas las versiones, con el fin de obtener una cierta calidad referencial. Pero, básicamente, nos contentamos con lo valorado por unos y otros y las noticias que nos puedan llegar, siendo del todo insuficiente para emitir un juicio riguroso. Y luego nos quejamos de la falta de justicia en los países civilizados, cuando el estereotipo está fijado de antemano  en sus estamentos.

De entre todos los silencios, tal vez el de la muerte sea el más conocido. Dejando atrás los tiempos en el que los pueblos convivían en equilibrio con el sentido de la muerte, nuestra sociedad actual lo ha excretado de nuestras vidas, tanto como para convertirlo en un hecho horroroso y repugnante. Vivimos de espaldas a nuestra mayor realidad. Esto en sí, condiciona todo tipo de pensamiento en cualquier materia. Empero, sigamos.

Son muchos los silencios. Escogeré uno más entre muchos.

Con un sentido indeleble incidimos desaforadamente en la idealización del primer encuentro amoroso. Películas, novelas, poemas y canciones, no dejan de hablar de tal instante de ensoñación en el ser humano, arrobado por un impulso irresistible, tan físico y pasional, como emotivo y espiritual. Muy bien, ¿y después? ¿Qué ocurre con el paso de los años? Porque las parejas pierden el amor, se divorcian y hasta se matan.

Las generaciones que nos preceden intentan extrapolar a la siguientes las costumbres e ideologías en las que se han educado, perpetuando una tradición y los valores que contemplan como mejores. Toda persona de edad disiente del nuevo mundo y se resiste a tomar unas directrices que no son las suyas. Es una separación real, previa a la muerte del individuo, que ya no se adapta a los cambios. Y es la forma básica en la que nos aleccionamos a través de nuestros mayores; por lo que separar el polvo de la paja no es nada fácil.

El ejemplo en sí viene dado como una referencia a un hecho auténtico dentro de nuestras vidas, y del que poco a nada se habla: el sexo en la pareja que rebasa el umbral de la cincuentena, tras unos treinta años de relación. La realidad es tan cruda, que parece sensato ocultarlo por muchos motivos. En consecuencia, y si no fuera por el índice de divorcios, rupturas, y valientes alegatos como «Antes del amanecer», «Antes del atardecer» y «Antes del anochecer», la masa humana apenas dispondría de otras perspectivas, puesto que nuestros padres y mayores, considerando su postura, siempre la alabarán, ejemplarizando con ello a su descendencia.  A fin de cuentas, tanto sacrifico caído en saco roto, no gusta a nadie.

 De esta manera vemos cómo nuestra percepción de la realidad es engañosa. Aquí, antes que leer sobre la materia —al parecer un procedimiento aburrido y costoso en la actualidad— les recomiendo el documental «La gran historia de la pareja», emitido en la «Noche Temática» de la 2, y que pueden descargar en la red.

 

Los silencios trascienden el umbral de lo doméstico. Los medios, ateniéndose a brumosos intereses, omiten y mienten, deformando perversamente nuestros conceptos. Me viene al encuentro el tema de las bombas de Hiroshima y Nagasaki. Toda una generación ha vivido y muerto en la creencia de que tal solución final sirvió para terminar la Segunda Guerra Mundial y salvar vidas americanas. Hoy día la verdad se ha revelado como mucho más cruenta. Recomiendo otros prácticos documentales: «La cara oculta de Hiroshima», y «Luz blanca, lluvia negra». Lo innegable era que al gobierno japonés ya había enviado su propuesta de rendición a EE.UU, con la única condición de que el emperador Hiroito permaneciera en su puesto, y que la propuesta fue rechazada, porque a EE.UU le interesaba lanzar sus bombas. Por un lado, habían empleado años, dinero y esfuerzo en la carrera atómica, y deseaban resultados, tanto como investigar los posibles resultados. Por otro, la intervención de la Unión Soviética en la guerra, conquistando ya territorio japonés, representaba un avance del comunismo, con posibles asentamientos en otras partes del mundo. Lanzar las bombas frenaría a los soviéticos radicalmente.

Tras la cruenta batalla de Okinawa, Japón quedó a merced de los aviones americanos, que bombardearon a placer las ciudades japonesas, ya sin resistencia. La mayoría de las víctimas eran civiles. Se utilizaron bombas incendiarias, arrasando en una sola noche las fungibles casas japonesas, devastando amplias áreas y creando incendios de colosales proporciones, quemando a una infinitud de seres humanos. El posterior horror de las dos bombas atómicas tuvo, y tiene hoy día, consecuencias trágicas. Después de su lanzamiento EE.UU aceptó la rendición de Japón, dejando al emperador en su puesto regente, ya que esto poco importaba.

 

La ley del silencio abarca la memoria histórica. Si, como muchos pensadores han dilucidado, sólo podemos vivir el presente, tendemos a perder de vista nuestro pasado, como medio más ferviente de erudición reflexiva. De esta forma, de un plumazo evitamos el horror de las guerras y tragedias del ayer, como el genocidio judío de los nazis. Los Juicios de Núremberg pusieron al descubierto una parte de la poluta «Solución final». Por primera vez el mundo quedó globalmente horrorizado ante unos hechos que ya nunca podrían erradicarse de la historia humana. A pesar de las cruentos conflictos y guerras fratricidas, el Holocausto conformaba un antes y un después; un punto de inflexión en las atrocidades de los pueblos. Allí se expuso una película tomada por los aliados mientras entraban en los diferentes campos de exterminio; una cinta que debería ser de uso obligatorio en todas las facultades y universidades de nuestro culto mundo. Porque, y a pesar de que sólo se trata de una pequeña muestra de una fatídica monstruosidad, nadie puede quedar indiferente ante las imágenes. Ni nadie puede volver a pensar, analizar y reflexionar, como lo hacía antes. Un nuevo silencio pues, que socaba nuestros elementos de juicio y valores.

En suma, si nos dedicamos a silenciar lo que nos molesta, ofende, agrede y hace daño, nunca podremos acercarnos mínimamente a eso que denominamos la verdadera esencia de lo real, sumiéndonos en un estado de pueril ensoñación, tamizada por débiles y mutiladas propuestas. La mía, al terminar este escrito, es que todos aquellos que sigan a este cronista, ya sea por interés, morboso aborrecimiento, o divertida curiosidad, no se pierdan la próxima; un plato especiado y diferente, digno de los variopintos paladares que se sientan a esta insigne mesa.