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Crónica de enero de 2014 de José Ramón Sales. Crónicas rebeldes "El pensamiento crítico"

EL PENSAMIENTO CRÍTICO

José Ramón Sales

 

 

 

Son muchas las personas que adolecen de una patente falta de conocimiento; algo que presiona, constriñe y moldea nuestra sociedad, conduciéndola a lugares no deseados; desde los desmanes gubernamentales, hasta las guerras genocidas, pasando por toda una iconografía representativa.

También es cierto que la mayoría se las dan de sabios, aún cuando apenas han estudiado, o leído, basando tan sólo su dogmatismo en la experiencia personal, y por lo tanto limitada en todos sus aspectos. Se trata de una sabiduría urbana, y, aun cuando me pese, tengo que admitir que hay un abismo entre el conocimiento mundano y el de una cierta élite. Desde luego, la ignorancia es atrevida, por cuanto intenta equipararse con aquello que no le pertenece; dejando entrever que no haría falta leer, ni estudiar demasiado para tener un buen nivel.  No estoy hablando de saber cuál es la teoría de Pi, o la capital de Ecuador; eso es cultura. No, estoy hablando de conocimiento.

Todo conocimiento es estéril, si no lo analizamos, reflexionamos y pensamos.

El pensamiento crítico está definido como un proceso que analiza y evalúa las articulaciones de los sucesos cognitivos que nos hacen interpretar y representar el mundo que nos rodea; sobre todo, lo referido a las opiniones y afirmaciones que adoptamos como verdaderas en la vida cotidiana. Aquí solemos dejarnos llevar por un proceso emocional; y es precisamente la subjetividad inherente dentro de esta fórmula lo que se presta a la manipulación, puesto que apela a las necesidades primarias del ser humano.

El pensador crítico huye de las falacias y los vicios de razonamiento, así como del pensamiento desiderativo, carente de todo rigor racional, basado en los gustos, ideales e ilusiones, sobre lo que se cimenta toda una serie de suposiciones de pobre fundamento, faltos de evidencia y datos comprobables. Y es que, fuera del sólido marco del razonamiento crítico, la mente suele urdir una mentira feliz, fabricada a través del pensamiento mágico, o desiderativo. Por dicho motivo, el pensamiento crítico está sujeto al pensamiento divergente y al pensamiento creativo, pues organiza el proceso de pensamiento a través de pautas no ortodoxas, moldeando nuevos planteamientos.

No es mi intención construir aquí una ominosa perorata entorno al pensamiento crítico; aquellos interesados que deseen replantearse su modo de pensar, preguntándose si sus cábalas son o no idealizaciones de la mente, deberán preocuparse de seguir el hilo de conocimiento sugerido, sin mucha dificultad, puesto que hoy en día podemos acercarnos a cualquier área a través de la red; algo que en mi tiempo era inexistente, para mi mayor pesar. Y creo oportuno ejemplarizar, hablando un poco de mi propio proceso.

 

No han sido pocos los envites que he sufrido a lo largo de la vida, cuestionando las opiniones y afirmaciones de mis coetáneos. Ya siendo un mozuelo tendía al abandono de los intereses propios de la edad, y cual transformación anunciada en el plenilunio, me convertía a menudo en un jovencito proclive al hambre más desaforada, en cuanto a conocimiento se refiere. A estas edades tempranas mi instinto me hacia cuestionar muchas cosas de mis mayores, pues recuerdo lo inverosímil que se me antojaba muchas de sus reflexiones. Mi tendencia era la de urdir otras alternativas que, sin ánimo de menoscabar las establecidas, parecían injuriarles, procurándome un macilento favor. Veamos a un adolescente teorizando con firme razonamiento las sólidas convicciones de los adultos, y pronto veremos que aquella desfachatez era poco menos que un insulto.

Con el paso del tiempo, huyendo de cualquier dogmatismo, fui adentrándome en el sincretismo sin apenas darme cuenta. Hoy día lo percibo como una búsqueda de la razón. Y es que, al no encontrar respuestas entre las gentes que me rodeaban, tuve que ir yo en su busca. Ojalá alguna persona me hubiera tachado de iconoclasta, o hasta de nihilista; porque hubiera tenido un punto de partida. Pero aquellas palabras no estaban en el acervo de las personas a mi alcance, por lo que lentamente fui sometiéndome a una especie de soterrada aculturación que influyó inevitablemente en mi vida y en las más cercanas. De adolescente rebelde a petulante —dependiendo de la edad y la exposición de mis ideas—, hasta mediados los cuarenta, donde la cepa de los diversos calificativos mutó, transfigurándose en algo mucho más maquiavélico. A partir de aquí fui un tipo raro y extraño. En los cincuenta asistí a las exequias de tan lindas observaciones, ya que en la madurez se me comenzó a ver como una suerte de bohemio trasnochado; comienzo de una etapa intelectual, mejor avenida con el público, incluso hasta alabada por un sector crítico. Lo curioso, es que apenas cambié mi postura desde la juventud. De hecho, muchos de los cambios que en su día enfatizaba y escandalizaban, hoy día son una realidad.

Así pues, me he pasado toda la vida inducido por un vehemente deseo de comprender el mundo que me rodea, y en el camino hubo un momento en el cual quedé exangüe, por la consternación que me supuso un hecho irrefutable: la mayoría de los seres humanos son vividos de alguna forma a través de las inculcaciones que en ellos se hace desde niños. Una especie de clonación elemental que afecta al proceso de percepción de la realidad. Si esto era el epicentro del cual emana nuestra sociedad, los devastadores efectos ya tenían nombre propio. Había entendido el malestar que suscité y los epítetos a los que me hice acreedor. Al mismo tiempo había llegado al final de mi viaje.

Globalmente soy capaz de ver y entender el efecto que produce en los seres humanos la ausencia de pensamiento crítico. Atañe a todas las épocas y civilizaciones, con la sola excepción de pequeños grupos aislados. Ahora puedo entender el mal que nos asola constantemente, así como el comportamiento de la mayoría, y esa suerte de algoritmo mental que me ha perseguido desde la niñez se ha relajado. Las relaciones con mis congéneres son afectuosas, siempre y cuando no les moleste con una serie de conceptos que no pueden asimilar, y ante los que se defienden, como si la estabilidad de su mundo dependiera de ello. Gracias a los dioses, la conversaciones suelen ser triviales, no abundando mucho las de carácter existencial; aunque sí las de corte social. Ante ellas sólo me limito a escuchar las sentidas o acaloradas conjeturas, sin poder remediar una pizca de sana ironía en mi interior. Entiendo su proceso mental, y las consecuciones a las que son conducidos. Personalmente, algo de positivo tiene. Ya no me influencia la tosquedad de muchos razonamientos, ni el aciago atrevimiento de la ignorancia. Y Aristarco de Alejandría, el personaje de mis novelas, se ha visto favorecido con un talante muy peculiar, alejado de otros detectives al uso, permitiéndome desarrollar unas novelas donde la filosofía más sentida puede hibridarse con el misterio y la aventura histórica.

 

No son pocos los que claman al cielo, denunciando los defectos de la sociedad. El crítico Antonio José Navarro apuntó: «Nuestra sociedad, conviene reseñar, atempera sus miedos invirtiendo grandes cantidades de dinero para procurarse una falsa sensación de seguridad, para articular una débil ideología moral en torno a la «corrección política», para sentirse más guapa y saludablemente «libre», cuando en realidad está muerta físicamente, espiritual e intelectualmente». En este preciso instante, nunca mejor visto ante la inconsistencia de la justicia, el tema de los derechos de la mujer y el triunfo de lo banal. Porque señores, en España estamos de luto, cultural e intelectualmente, al encumbrarse como número uno en ventas, con varias ediciones en su haber, el libro de Belén Esteban. Por lo menos a este cronista ya no le sorprende, enjuiciándolo con la frialdad devenida por la causalidad.

No puedo terminar la crónica sin resaltar algunos elementos que contribuyen a empañar las aseveraciones y análisis comunes. El más arraigado es el que tiene que ver con la alteración informativa, sea consciente o no. Ya sea por oscuros motivos, o mala profesionalidad, muchas noticias llegan tergiversadas, y muy pocas veces conocemos la profundidad del caso que se nos cuenta, sólo lo que nos llega a través del periodismo, siempre en la infatigable búsqueda de niveles de audiencia. Y  no es menos cierto que el tráfico de influencias, los intereses, y la exacerbada competitividad, impone reglas bastante sucias. Otro factor clave es la omisión. Éste discurre por múltiples vías, y, dada su importancia es motivo de una siguiente y sentida crónica, bajo el título de «La ley del silencio». Entre tanto, mientras afilo las uñas para clavarla en la carne emancipada, les deseo a todos ustedes un feliz Año Nuevo.